A estas alturas, nadie debería estar luchando por equidad. Después de tantos movimientos sociales y consignas en contra de la injusticia del sistema, la barrera de los privilegios tendría que haber sido derribada para dar paso a nuevas formas de vivir. Los prejuicios o malos entendidos que entorpecen la sana convivencia entre todas las partes que conforman a la sociedad deberían estar erradicados. Sin embargo, ese diálogo idílico se ha visto entorpecido por las ideas de algunos que, debido a una educación prácticamente decimonónica, siguen designando tareas y “privilegios” a las personas según su género.


Desde cosas que a primera vista no podrían causar un impacto negativo en el comportamiento de los infantes, como “azul para niños y rosa para niñas”, los problemas de género se han intensificado tanto que, ahora más que nunca, las protestas y la lucha por la equidad se han convertido en una actividad de primera necesidad; considerando, que aún en 2017 una de cada tres mujeres sufre violencia doméstica. Parece que debemos llevar una consigna con nosotros para crear conciencia de todo el daño que ciertas conductas antiguas continúan provocando.


Feministas como Mary Ellmann aseguran que a pesar de la opresión ejercida por el machismo ya no vivimos en un momento histórico en el que la figura masculina, en contraposición con la femenina, es vista como fuerte y activa. Sin embargo, ésta piensa que es necesario rescatar las causas que han ayudado a que esta visión de la sociedad vaya “disminuyendo”, pues no es un cambio que se haya dado de la noche a la mañana y mucho menos por sí solo.


Partiendo desde la década de los sesenta, el feminismo pasó de ser una ideología a convertirse en todo un estilo de vida; es por ello que aislarlo y designarlo sólo para un aspecto determinado de la vida es algo imperdonable. Demostrar amor propio y exigir la reivindicación de la figura femenina son dos ideas que deben abarcar cualquier terreno y dejarse ver incluso en los momentos más cotidianos.


En un momento en el que tomar las calles y gritar “¡Mi cuerpo, mis reglas!” se considerado por alguna como un acto demasiado radical, una excelente forma para demostrar y exigir esa autonomía es un tatuaje. Al igual que el feminismo, estos diseños han sido considerados como una expresión contracultural que curiosamente también se ha levantado del underground durante los últimos años.


La belleza de estos tatuajes no dependerá completamente de su complejidad, sino del mensaje que transmitan. Sobre todo porque se mostrarán como una expresión sincera del sentir y pensar de una persona que ha decidido manifestarse en contra de prácticas que no empatan con la manera de asumir el contexto histórico que se vive en la sociedad.


Cada tatuaje en pro del feminismo representa una forma única de ver la vida y asumirla desde un enfoque alejado de las prácticas arcaicas de una sociedad. Más aún, estos trazos aparecen en la piel de cada mujer como consignas de un cuerpo que grita y lucha contra los ideales fijados por un modo de pensar que se resiste, sin mucha fuerza o argumentos válidos, a ceder su poder en una escala de valores y costumbres caída en desuso.

