Fernando Botero: una celebración fue una exposición que acogió el Museo Palacio de Bellas Artes y con ésta se marcaron 80 años de vida del artista que nació en Medellín, Colombia en 1932. Con su primera exposición individual, llevada a cabo en la Galería Leo Matiz de Bogotá en 1952, forjó desde el inicio de su carrera el lugar que más tarde afianzaría en el desarrollo del arte de los últimos sesenta años.

Su estilo, caracterizado por explorar el volumen y la sensualidad, ha sido el camino mediante el cual ha trascendido en el mundo del arte. Su constante búsqueda y experimentación con aquello que lo obsesiona —la técnica, la composición, la forma, el volumen, la luz y el color— son los motores que impulsan su continua evolución. La capacidad que tiene su obra de generar placer, y de estar al alcance del espectador sin necesidad de explicaciones ni intermediarios, lo han convertido en un artista de alcance universal.

Durante la primera etapa de su formación y en la búsqueda de un lenguaje propio, Fernando Botero recibió influencias tan diversas como el arte colonial y popular, el muralismo mexicano y el expresionismo abstracto. En la acuarela titulada Mujer llorando, que pintó a los diecisiete años de edad, ya se intuye su interés por el volumen. En 1952 viajó a Europa gracias al premio que obtuvo por el segundo lugar en el Salón Anual de Artistas Colombianos; empieza entonces uno de los periodos más importantes de su formación. Luego de una primera estancia en Madrid y París, viajó a Florencia, donde descubrió el Renacimiento, en particular la pintura florentina del Quattrocento, con especial fascinación por artistas como Piero della Francesca y Paolo Uccello. Su admiración por los grandes maestros de la pintura marcó su obra de manera definitiva.
En 1956 viaja a México, donde conoce el muralismo mexicano. Después de su formación europea, el reencuentro con América Latina, con sus formas y su color, será determinante en el desarrollo posterior de su obra. En México, en 1956, pintando una mandolina en su estudio, en vez de trazar el hueco del instrumento de tamaño normal, deliberadamente decide hacerlo más pequeño, y descubre así la monumentalidad de la desproporción. A partir de ese momento, surge el elemento fundamental de su estilo.

A lo largo de su carrera, Botero pinta la Colombia de su infancia y su adolescencia, fundada en sus recuerdos. En Apoteosis de Ramón Hoyos destaca el brochazo libre y la pincelada gruesa que exalta la materia. Más tarde comienza a experimentar con las formas a partir de un homenaje al pintor español Diego Velázquez al retratar a diversos personajes de la Corte, como Niño de Vallecas, del que realizó diez versiones.
En la década de los años sesenta se traslada a Estados Unidos, donde la tendencia artística predominante era el expresionismo abstracto con figuras como Jackson Pollock y Willem de Kooning. Su propuesta estética y figurativa, basada en el rescate de las más importantes tradiciones plásticas de otras épocas, lo colocó exactamente en la contracorriente del arte dominante. Fueron épocas difíciles de trabajo en medio del rechazo y del vacío. Su tenacidad y disciplina lo sacaron adelante aun en los momentos más difíciles de ese entonces. “Yo soy una protesta contra la pintura moderna” solía decir.
El punto de partida de gran parte de la producción artística de Botero surge de sus raíces en su natal Medellín, Colombia. A partir de los recuerdos de su infancia y juventud realiza la propuesta central de su obra, en la que conjuga la tradición estética occidental —principalmente la del Renacimiento italiano— con la experiencia latinoamericana. Sin embargo, el artista no pinta América Latina, sino imágenes de esa latitud, producto de sus recuerdos.

En sus pinturas utiliza el color para hacer énfasis en lo popular latinoamericano y exhibe un caleidoscopio iconográfico formado por personajes de diversas clases sociales, razas, profesiones y oficios. En palabras del artista: “la obra debe gozar de una identidad clara con raíces profundas para que tenga validez y honestidad”, con lo cual afirma que el arte, cuanto más local, es más universal.
Para Botero, el objetivo principal del arte es generar placer. Su propuesta, lejos de agredir o escandalizar, brinda una realidad alterna y poética, un placer estético y una sensualidad visual. Su obra es directa y no necesita de intermediarios ni explicaciones para ser comprendida.
Como afirmaba el famoso crítico norteamericano Bernard Berenson: “Lo que le concierne al arte no es lo que el hombre sabe, sino lo que el hombre siente. Lo demás es ciencia”. A lo cual Botero agrega: “Yo creo que el arte se debe basar en temas más amables, que dramáticos. La gran pintura tiene una actitud positiva ante la vida”.
Sin embargo, los acontecimientos de violencia que tocaron a Colombia en su historia más reciente, obligaron al artista a realizar un paréntesis en su filosofía conceptual; llevándolo a ejecutar en los años noventa una serie de cuadros sobre estos hechos, obras que más tarde donó al Museo Nacional de su país.

El interés de Fernando Botero por los temas religiosos no ha sido más que una excusa para explorar pictóricamente las situaciones, las formas, los colores, el vestuario y el mundo plástico y poético del clero, abordando a sus personajes con humor y sátira. Sus composiciones, con frecuencia inesperadas y sorprendentes, se traducen en un mundo mágico de ocurrencias improbables.
A pesar de no ser un hombre religioso, Botero reconoce el papel fundamental del arte sacro en la tradición pictórica occidental, siendo el Quattrocento italiano su fuente recurrente de inspiración. Fiel a su interés por anclar su obra en la gran tradición temática de la historia de la pintura, el artista hace referencia no sólo a los grandes maestros, y a la pintura colonial, sino también a una de las instituciones más poderosas de América Latina. En ese sentido, las imágenes extraídas de su contexto religioso adoptan el estilo del artista para transformarse en un elemento más de la imaginería “boteriana”, como en el caso de la obra Nuestra Señora de Colombia.

En la actualidad resulta excepcional encontrar un dibujante con la capacidad de Botero; su maestría se revela en diversas técnicas como la acuarela, la sanguina, el carboncillo, el lápiz, el pastel y la tinta, entre otras. Si bien en el Renacimiento florentino la base de la pintura era el dibujo, con el tiempo ha ido perdiendo relevancia. A Botero le interesa mantener viva esta disciplina, la cual se practica cada vez menos en el mundo contemporáneo. Congruente con su admiración por la Escuela Florentina de Pintura, que privilegiaba el manejo adecuado de la línea y el boceto, Fernando Botero concibe el dibujo como una forma de estudiar el volumen y su potencial. En la obra de Botero, el dibujo es siempre rotundo, de tal forma que los personajes y los objetos surgen a partir de trazos continuos; en ocasiones se trabajan posteriormente con la técnica del sfumato (que consiste en difuminar el trazo para matizar los contornos).
A diferencia de otros artistas que trabajan la acuarela en formatos pequeños debido a sus dificultades técnicas, Botero realiza acuarelas a gran escala; como en el caso de Matador, Desnudo y Naturaleza muerta frente a la ventana.
A partir de 1973, Fernando Botero empieza a trabajar la escultura de forma consistente. El volumen de las formas que empleaba en sus lienzos lo llevó de manera natural a explorar la tridimensionalidad. Con respecto a su obra escultórica, el artista colombiano afirma que el objetivo es “crear una opulencia formal”.

En 1983, con el interés de dedicarle más tiempo a la escultura, Botero —como muchos otros artistas de todas las épocas, entre ellos Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564)— establece un estudio en Pietrasanta, Italia, sin duda atraído por su historia, su factura y su geografía. Se trata de una pequeña población en la Toscana, famosa por sus talleres de fundición, pero también por su trabajo en mármol, debido a la cercanía con las canteras de Carrara.
Desde entonces, todos los años pasa una temporada allí dedicado a realizar su escultura, la cual elabora primero en barro y luego termina en yeso, antes de ser entregada a las fundiciones. Ya sea en bronce o en mármol, su trabajo se distingue por la sensualidad de figuras severas con superficies suaves y resplandecientes.
A mediados de la década de 1980, Botero comienza a experimentar con el tamaño de sus esculturas. En 1990, en el Forte di Belvedere de Florencia, exhibe por primera vez su obra monumental. Dos años más tarde, tiene lugar en los Campos Elíseos de París la más importante de esta serie de muestras en espacios públicos. A partir de ese momento y a lo largo de su carrera, ha expuesto en más de veinte ciudades alrededor del mundo, en los escenarios más bellos e imponentes como Park Avenue en Nueva York, el Paseo de Recoletos en Madrid, la Plaza de la Señoría en Florencia y el Gran Canal en Venecia, entre muchos otros.

En esta muestra se colocaron cinco esculturas monumentales en la explanada del Palacio de Bellas Artes, para que el público mexicano experimente el contacto directo que le brinda el trabajo de Botero como escultor.
En 2006, durante una de sus acostumbradas visitas a Ixtapa Zihuatanejo, Fernando Botero descubrió un circo humilde que denotaba un auténtico y verdadero sabor latinoamericano. Ese episodio lo dejó sorprendido no sólo por sus personajes, que mostraban una tristeza contenida, sino principalmente por su inmensa poesía y la plasticidad de sus formas y colores. Este encuentro abrió las puertas de su imaginación a un tema de enormes posibilidades que había sido ennoblecido por el trabajo de varios de los grandes maestros de la pintura como Picasso, Matisse, Renoir, Degas, Toulouse-Lautrec y Léger, entre otros.

A pesar de mostrarse en plena acción, los actores de las escenas del circo en su obra reflejan la serenidad y la estática propias de los personajes “boterianos” y transmiten una sensación paradójica que oscila entre el dinamismo y la quietud. Las imágenes del circo producen una reacción ambigua en el espectador: un sentimiento de compasión aunado a una sonrisa inevitable, lo que para Botero se traduce en una “alegría matizada por las dificultades de la vida”.
En 2004 Botero se aleja nuevamente de aquellos temas característicos de su producción, para crear una obra aún más brutal y conmovedora. Se trata de los cuadros y dibujos que realizó sobre el tema de Abu Ghraib.

Esta serie surgió de la profunda indignación del pintor al enterarse de los crímenes perpetrados en la prisión iraquí de Abu Ghraib, donde miles de prisioneros fueron víctimas de terribles torturas en manos de soldados estadounidenses. Al entender la tortura como una de las diferencias fundamentales entre la civilización y la barbarie, Fernando Botero denuncia la doble moral del gobierno de Estados Unidos. La acusación es clara: no se trata de tormentos que surgen de un pueblo ignorante, sino de actos innombrables, con conocimiento de causa, cometidos y avalados por una potencia mundial, lo cual le agrega perversión a la violencia.
Las escenas de la serie Abu Ghraib se hallan enmarcadas en espacios cerrados y sofocantes, delimitados por barrotes, donde rara vez aparece el verdugo, aunque ocasionalmente delata su presencia la correa que detiene a sus perros, o la mano enfundada en un guante de látex, inmaculado y distante. Los personajes centrales son las víctimas, que aparecen enormes, abarcando la mayor parte del lienzo, pero reducidas a una humillación indescriptible.

Botero, con la convicción de que no se debe lucrar con la miseria y el sufrimiento ajenos, decide donar todas las piezas de la serie, principalmente al Berkeley Art Museum de la Universidad de California. Las diez obras que aquí se presentan pertenecen a esa colección.
En 2006 Abu Ghraib fue nombrada por The New York Times como una de las diez mejores exposiciones del año en Estados Unidos. “El arte es una acusación permanente”, dice Botero. “Su propósito es hacer visible lo que es invisible, y su intención es crear un testimonio artístico de un episodio dramático que no se debe olvidar”.
A mediados de la década de 1980, Fernando Botero se interesa por trabajar en una de sus grandes pasiones en la vida: la fiesta brava. De niño, en Medellín, su tío lo inscribió en la escuela taurina del banderillero “Aranguito” y, a los quince años, su entusiasmo por ese mundo lo llevó a pintar una serie de acuarelas que se exhibieron en la taquilla de la plaza de toros La Macarena, donde vendió la primera obra de su vida. A partir de 1983, la corrida se convierte en uno de los temas predominantes de su obra. Desde entonces, las escenas taurinas han constituido una fascinación plástica para el artista, que ve en su riqueza cromática “un pretexto para el color”.

Al retomar la tradición temática de sus predecesores —Goya, Picasso, Manet y Francis Bacon, entre otros—, Botero experimenta con las posibilidades y los retos que implica un tema de esta índole en cuanto a la composición y el dibujo de un espacio limitado y circular como lo es el de una plaza de toros. A Botero no le interesa la representación fidedigna de la corrida, sino las posibilidades plásticas de las escenas, es decir, el color, la composición, los volúmenes y la sensualidad poética de este tema tratado por los grandes maestros. Su compromiso no es con la realidad, sino con la obra de arte, donde lo que importa es la coherencia estilística de cada uno de los trazos para crear un universo propio y poético.
Su reencuentro con esta temática inspira una de las épocas más prolíficas en la vida del artista. La corrida y sus múltiples variaciones fueron el tema central de varias de sus más importantes exposiciones no sólo de aquella época, sino de toda su carrera, principalmente la que se llevó a cabo en el Grand Palais de París, en noviembre de 1992.
En la actualidad pocos artistas trabajan la naturaleza muerta, un género que, después del retrato, ha sido una constante en la obra de Fernando Botero. Sus pinturas muestran una clara referencia a la tradición pictórica holandesa del siglo XVII, cuando surge el bodegón como género independiente, y se apropia de él de tal manera que logra reflejar su origen latinoamericano.

La naturaleza muerta le ha permitido jugar con un tema donde lo que importa es más el estilo, que el tema mismo. Para Botero “la forma más simple de la naturaleza es la naranja, sin embargo es también la más difícil de pintar”. Una naranja de Van Gogh es distinta a una de Picasso, o a una de Cézanne; en la de Botero lo que está presente es la carga de sus convicciones estéticas y de sus reflexiones artísticas, que se traducen en su estilo singular e identificable. Este género confirma que para Botero “el estilo de un artista se debe reconocer plenamente en las figuras aún más sencillas”.
Para Botero, la mejor manera de aprender de los grandes maestros es recreando su obra. Así, a la vez que en ellos conserva sus convicciones artísticas, estos trabajos representan una suerte de apropiación, de tal forma que por medio de su lenguaje se pueda reconocer en una misma obra tanto al artista colombiano como a los pintores más destacados de otras épocas, en una simbiosis anacrónica e irreverente.
