La maquinaria sobre la que gira el mundo parece marcar un rígido y cadencioso andar, de la misma forma que las manecillas de un reloj se mueven cronométrica e inexorablemente. Más que cómplices, parecen víctimas del tiempo, relegadas a funcionar siempre de la misma manera, impulsadas por idénticos engranajes que una y otra vez completan una revolución, un ciclo, un día tras otro igual.
Impulsada por la visión positivista de la historia y el racionalismo, se inauguró una época en donde nada más queda por hacer y el descubrimiento de toda tierra, idea o espacio inexplorado ahora gobernado por la razón, asegura que nada más falta por conquistar.




La humanidad alcanzó su máximo estado de evolución y con ella, la organización entre los hombres llegó a una cúspide sin parangón. El proyecto de la historia como fin fue realizado y hoy ante nuestros ojos, manos e ideas, sólo queda el triunfo del progreso y el desarrollo –lo que quiera que esto signifique–. Queda fortalecer las bases sobre las que se desenvuelve la sociedad para preservarlas. Leyes y aparatos políticos gubernamentales, el sistema capitalista de producción y el desarrollo de la ciencia deben ser resguardados como los principios rectores que guían al hombre en la actualidad.
Apenas hace falta mirar de reojo al pasado para asegurarse de que nadie ni nada puede entrometerse con el gris andar del presente que agota el espacio para la aleatoriedad, y con él, elimina toda posibilidad de ruptura o irrupción. Todo riesgo no calculado, espacio creativo o disonancia es un acto indeseable que amenaza el camino ascendente del hombre y como tal, debe ser sofocado.



Ante este panorama, distintos movimientos sociales han tratado de romper con la rigidez mecánica del mundo, los valores y las formas de organización que se presentan no sólo inamovibles, también deseables para conservar el orden y la cohesión establecidos.
Se trata de pestañeos en el relato histórico donde cualquier cosa es posible. Momentos de quiebre donde como nunca, la realidad amenaza con superar a la ficción de golpe. Instantes del orden establecido que hacen de la utopía una realidad y de la imaginación regla. Aspiraciones de igualdad y justicia social que apelan a la épica, al resultado extraordinario entre un mundo de probabilidades que coinciden en tiempo y espacio para dar forma a un ideal que alimenta una llama que parece apagada en el resto, pero se aviva con sublime intensidad, ardiendo todo a su alrededor.
Los estudiantes franceses en mayo del 68, los trabajadores de Barcelona en el 36 o un grupo de guerrilleros internándose en la Sierra Maestra para poner al mundo de cabeza. A veces parece que sólo hace falta una idea descabellada que rompa con el gris y absurdo mecanismo del presente para crear a partir del caos. Los ejemplos son protagonizados por una minoría activa que abre los ojos al poder que tiene para actuar sobre el devenir histórico y más allá de la redención o la victoria pírrica, explora la posibilidad de una transformación radical de la realidad.



No existe receta alguna, manifiesto o fórmula para conseguir una transformación social. Nadie sabe cuál es la mecha que enciende al polvorín, la idea que arde en la mente de un grupo de hombres y se viraliza con anhelos de renovación, cambio y justicia. Es necesaria una dosis de rebeldía y escepticismo, además de un profundo amor con su carga de romanticismo y sobre todo, la convicción de que siempre es posible encontrar la ruptura, el quiebre o el instante creativo en que se pueden construir los ideales más altos de la humanidad.
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Conoce otro instante sin precedentes en que una pequeña minoría logró un cambio en el país más atrasado de Europa y marcó para siempre el siglo XX luego de leer “La revolución que cambió al mundo y se hundió dramáticamente bajo su propio peso”. Descubre cuáles fueron los momentos de épica en la lucha armada que inició en 1910 en México, mira las “Fotografías de los más jodidos y los triunfadores de la Revolución Mexicana”.
