Así inicié un vía crucis sin ser cristiano ni buscar redención. Un viaje quijotesco contra todos los fantasmas que salían al paso, pero sin el ingenio de un hidalgo. El camino de un inmigrante apátrida que sabe su tierra destruida y sin embargo, me mantuve con la esperanza de encontrar de nuevo la fertilidad de tus valles, el dulce vaivén de caderas y la marejada violenta de las noches de luna llena bebiendo de ti.
Cada tarde de verano juntos pedía a gritos un atardecer digno de lo nuestro. Los últimos rayos del sol inundaban tus pupilas día a día, hasta que se desvanecían junto con tu vestido y la demás gente. Entonces tu piel desnuda se llenaba del azul cálido que saluda a la noche. En la inmensidad del cielo, no había espacio para nada más. La bóveda celeste se cubría del impoluto de tu vientre y yo te recorría palmo a palmo en las horas más oscuras, inventando un sinfín de nuevas constelaciones, conectando cada milímetro de tu ser entre lunares aún vírgenes.




La euforia controlaba cada sueño confirmado al despertar. No hay remedio para un par que sucumbe ante la ingravidez de la locura, confirmando cada acción y gesto en el otro, como el aire helado que corta la respiración en un sutil recordatorio que enaltece la vida y arrecia la voluntad para salir a tomarla de golpe.
Entre nosotros no hacía falta nada más, porque todo parecía tomar camino entre los más verdes paisajes y cuando no era así, tu única presencia era capaz de olvidar todo lo conocido y crear una nueva naturaleza a tu tesón, guiada por el deseo más sublime de todo cuanto dispusieras así.




Hoy, después de cuatro años y un par de días, puedo decir que pasé por todos los círculos del Infierno. Conté minuto a minuto las horas más bajas perdido en un bucle sin fin, recorrí de nuevo el cielo estrellado buscando encontrar tu piel, inventé un diálogo banal para el momento de volver a mirarte y nada más terminarlo. Comprendí que no volverías más.
Hoy tu recuerdo es tenue y tu rostro se compone de un centenar de fotografías. Los recuerdos aparecen borrosos en el horizonte cuando algún tema me lleva ineludiblemente hacia ti, sólo para desaparecer entre nubes que se llevan tu silueta, el tacto cálido de tus labios y cada parte de tu cuerpo desvaneciéndose como el recuerdo de un sueño al despertar, del que sólo queda la constancia de que no fue real.




Delante de esas visiones decadentes, el presente aparece con fuerza y la perspectiva real que sólo se adquiere con la distancia, encuentra algo mejor que el recuerdo que se levanta sobre los cimientos de un pasado maltrecho. No se trata del siguiente paso en un camino recto, sino de la virtud de girar hacia el lado opuesto de los claros para internarse en la maleza y descubrir algo nuevo. Hoy reboso de voluntad y sé que puedo entregar todo cuanto soy capaz, pero no a alguien como tú. Es un mito que una parte de mí se haya marchado contigo, porque mi corazón late intacto y busca enamorarse una vez más, otra vez más.
“¿Cuántas veces puedes enamorarte y salir del amor?” de Paolo Raeli es una serie que apuesta al recuerdo de toda relación que marca nuestras vidas. Los recuerdos más preciados y los que quieren omitirse, los momentos de euforia sin comparación y las lágrimas que brotan como bálsamo, el rojo de un atardecer que se consume entre dos amantes y la melancolía que invade el sitio que ocuparon dos voluntades una vez que decidieron unirse temporalmente. Conoce el trabajo fotográfico de este artista en su sitio oficial y el de otros, como Gerardo Montiel, después de ver estas fotografías sobre la liberación espiritual a través de la tortura erótica. Revive el caso de Bettie Page a través de 63 imágenes que muestran la transformación de una diosa pin-up a paciente psiquiátrico.
