Eres la fatiga y el agua que sacia. El descanso y la sed insoportable. Eres todo lo que pienso y al mismo tiempo lo que quiero ser; con seguridad, justo en ello radica la imposibilidad de lo que se logra (en nosotros), por eso prefiero callar a emitir un sonido. Yo he visto a otras parejas, te lo juro. Busqué en sus palabras y la manera en cómo se toman de la mano lo que, sobrando, quizá nos haga falta. Mas no lo hallé. ¿Será una necedad mía querer ver algo malo y saber que estás allí? O tal vez algo bueno y dudar de su realidad. No lo sé. Especular que siempre necesitamos más o incluso menos. Sobrepensarlo y llevar esta atmósfera hasta los límites de la permisividad. Eres la exploración que en efecto cansa pero eternamente motiva.

Los enamorados a quienes he observado detenidamente, y que sin duda, difieren de lo que está entre nuestras bocas pero se asemejan a las caricias, son como ver un pequeño cortometraje cortazariano que divierte por las calles de la ciudad. El amor, como esa transgresión narrativa que el autor argentino experimentó en 1963, cuando “Rayuela” veía por vez primera la luz de las librerías, es la práctica total de las formas y la estructura artística de la indagación.
La búsqueda constante queda plasmada en el imaginario del autor mediante los símbolos del puente, el caleidoscopio, el ovillo y la rayuela, los cuales evocan la transitoriedad por espacios plenos o intocables. Son también la persecución por otro plano de consciencia donde alcanzar el absoluto –en un sentido filosófico o amoroso– es otro tipo de revelación. Una que anuncia conquistas, pero sobre todo, evidencia fracasos de dominio. Terrenos imposibles de arribo.

Retomando la célebre frase de Cortázar, “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, el amante se pregunta continuamente si hallar a su sujeto de amor será posible. ¿Es ese cuerpo donde sabemos que se concentra el todo, algo ubicable en el horizonte? ¿La frase rayuelezca es quizá un engaño o un confort con el que nos gusta disuadir la inquietud?


La fotografía de Kai Ziehl, artista alemán enamorado de la arquitectura y el paso humano por ésta, en su producción a blanco y negro parece retomar el paisaje europeo, casi jazzístico y acorde a la literatura revolucionaria del escritor argentino más famoso de todos, para componer imágenes del andar tanto en los individuos como en los pares. Dándonos esa fría aspereza visual que podemos traducir como el retrato de seres humanos en una indagación trabajosa, una colisión estrepitosa o un delicado quiebre.


A veces con un romance idílico como protagonista de la situación, en ocasiones con una soledad embriagante que da la sensación de penuria, pero ciertamente de composición perfecta y medidas impecables, la foto de Ziehl juega constantemente con nuestro estrujado corazón, con el background de lo no-acabado y multifacético que representa “Rayuela” para la consciencia que cargamos.

Si bien Kai no realiza su trabajo pensando en esta pieza literaria, las conexiones que emana cada una de sus capturas con ésta recuerdan a cada milímetro lo importante que es para la novela –así como para nuestras vidas amorosas– el contexto puntual donde la destrucción de la lengua, el rompimiento de afectos, el incendio de narrativas y la suerte del collage emocional toman lugar.


Las ciudades y landscapes de Ziehl son aprehensiones exactas que requiere la fotografía (confesional) para admirar una perspectiva crítica, autoreflexiva y resultante del desorden, que se puede leer perfectamente en un texto tan singular como lo es “Rayuela”, pero también como eje central en nuestra vida romántica. Si se cree lo contrario al respecto de los vínculos emocionales y que es una exageración situar el binomio del amor, entonces no se ha amado de verdad y estas líneas salen sobrando en la lección.


El puente de Kai, así como sus cuadros bien formados, sus incisivas aristas de la construcción, son la materialización del andar, buscar, encontrar y, por supuesto, perder. Cuando el protagonista de Cortázar se esfuerza página tras página por asir a La Maga, recorrer las calles de una inclemente París en la apuesta por la completud, solemos pensar que aun sin rumbo seremos capaces de descubrirnos. Pero, ¿y si acaso es esto una mentira?


¿Hemos pensado en ello? ¿Se ha cruzado por nuestra mente? Andamos y andamos bajo la promesa de tropezar el uno con el otro, imaginando que el destino -o como quiera llamársele a esa fuerza de golpe- jugará con las rutas de la seguridad para hacernos encarar definitivamente. Pero también existe la posibilidad de no experimentarlo nunca. Y está bien. Verosímilmente, en un tono mucho más filosófico, la averiguación o la pesquisa serán de mayor excitación que el resolutivo en sí. Rastrearte quizá sea la trama esencial de esta historia, aunque imposible sea permanecer a tu lado.


La fotografía de Kai Ziehl pregunta y responde, se contrapone a lo cortazariano haciéndolo propio a su vez. Nos da la continuación funesta o los vértices potenciales de la famosa cita del dúo buscar-encontrar. Nos localizamos en el abrazo para soltarnos cuando se quiera, nos oponemos a la realidad para hundirnos en este escenario y no somos tan distintos cuando de amor se trata; continuar a la caza de lo idealizado es perder de vista o ensoñar con lo inasequible. Puede consultarse más de este fotógrafo en su sitio oficial o indagar en otras propuestas como la de El triste y cruel proceso de una ruptura amorosa en fotografías o El fotógrafo mexicano que retrata la pasión y el amor en las calles.


