Nacimos solos y nos vamos a morir de la misma manera.
Ésa es una sentencia que, aunque cruel, tratamos de asimilar desde pequeños para no tener que sufrir la terrible sensación que produce ese destierro al que fuimos condenados —según la filosofía platónica—, misma que nos orilla a sumergirnos en una eterna lucha por sobrevivir sólo para encontrar a esa alma que también vaga por el mundo tratando de encontrarnos. Por más romántico que parezca, el mito del andrógino nos define casi a la perfección, al menos aquella parte que compete al eterno vagar del ser humano.



No importa cuánto nos jactemos de tener a nuestro lado a una persona maravillosa y dotada de virtudes, en cualquier momento, no importa si es en una avenida en medio de la tarde caminando al encuentro con aquél individuo o en una noche después de verle, la perra hambrienta que es la soledad se abalanza sobre nosotros haciéndonos dudar incluso de nuestra propia existencia.



En vano mandamos entonces mensajes de “te extraño” disfrazados de amor, porque al final todo desemboca en la desesperación surgida de sentirnos completamente solos; sobre todo porque, como seres sociales, al estar aislados sentimos que algo dentro de nosotros se apaga y ello amenaza nuestras vidas. Buscar la compañía no es sólo una cuestión afectiva, también es un asunto de supervivencia en el que intervienen nuestros instintos más primitivos: aquellos que nos dictan estar en manada para asegurar la existencia.



Cualquiera que sea la causa, lo único cierto es que la soledad siempre está ahí, acechándonos aun cuando a nuestro alrededor rondan millones de personas ─también solas─ tratando de buscar a alguien que le complemente justo como en las fotografías de Paola Zanni, quien a través de su lente nos regala una visión general de la soledad que azota a las personas que caminan a lo largo de grandes avenidas como pavoneándose de su aislamiento.



Si bien las tomas de Zanni pertenecen a calles japonesas, éstas podrían mutar en cualquier otro sitio; desde los más urbanizados hasta una comunidad alejada de las grandes capitales, el aislamiento está presente y no hay nada que la gente pueda hacer para impedirlo, solamente continuar su camino como ermitaños eternos dueños de una única carga: su propia persona, aquélla que necesitan compartir con alguien más a fin de que la vida se convierta en un asunto más llevadero.



La eterna caminata de las personas en las fotografías que conforman la serie Japanese Loneliness sólo puede frenarse para comer o cuidarse de la lluvia, pues no pueden compartir una vida raída. Todos, aunque nos empeñemos en negarlo, queremos llegar a los brazos de una persona siendo los mejores; aquellos que ofrezcan felicidad y la seguridad de que esa búsqueda que emprendieron desde de su nacimiento, de una buena vez y ─quizá─ para siempre ha terminado con la llegada de alguien que, sin anunciarse, le ha podido ofrecer todo lo que la vida le negó desde tiempos míticos como señal del castigo eterno por la imperfección humana.
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Para seguir viendo el trabajo de de Paola Zanni puedes dirigirte a su sitio web.
