Cabezas de muñeca sin cuerpo, sonrientes. Bustos de santos con la mirada perdida. Maniquíes que miran al frente en búsqueda de algo. Máscaras que se asoman desde una oscuridad hosca, inapelable. Bebés de plástico con los ojos en blanco y los labios, tal vez, muy abiertos. Claroscuros marcados en los senos descubiertos de modelos de madera, sin manos, sin cuello, sin extremidades: sólo el pecho desnudo a la luz y nada más. Terror y sombra. Sueño y fortuna. Este es el trance onírico que inducen las fotografías de Kati Horna.
Hija del siglo XX temprano, es una más de las mentes creativas que tuvieron que dejar su lugar de origen para expandir sus horizontes artísticos. Más aún, tuvo que dejar el continente que la vio nacer para encontrar un lugar seguro en el cual alcanzar la estabilidad necesaria para desarrollarse como artista visual. Tal vez haya sido esta etapa de cambio constante la que, finalmente, le haya conferido la oscuridad a sus obras: una sombra perpetua con la que el matiz enigmático tomó figura, fuerza, y dio fruto en la forma de cuerpos de plástico mutilados y bebés que se ríen en silencio.

Nacida en Budapest, desde muy pronto aprendió a vivir en constante huida. Su madre siempre quiso que tuviera una profesión con la cual pudiera valerse y, con esta idea en la mente, se fue a estudiar Fotografía a Berlín en 1931. La presión del nazismo la hizo volver a Hungría, pero dos años después partió a París para perseguir el sueño artístico de cualquier novato del siglo pasado. En ese lugar conoció a uno de los amores de su vida, Robert Capa, y juntos se internaron en el consuelo desconcertante del surrealismo.
El contacto con los cafés parisinos y las tertulias literarias los acercaron a las élites artísticas de los 30, y ambos se hicieron de nombre entre los intelectuales más aclamados del momento. Con el estallido de la Guerra Civil en España, y ya con una carrera más o menos notable en la fotografía, la contrataron como fotorreportera del ala republicana: querían que mostrara el otro lado de la batalla, las otras aristas del conflicto. Y así lo hizo, hasta que las tensiones políticas españolas la obligaron a, una vez más, huir.

Antes de escapar, se casó con José Horna y adoptó su apellido. No mucho tiempo después México los recibió como su patria adoptiva, donde pasarían el resto de su vida juntos. Encontraron consuelo en los círculos de artistas también exiliados, y las tertulias en cafés parisinos se tradujeron en tardes calurosas en la colonia Roma. Poco a poco, Honra se empapó del matiz alucinado de la cultura mexicana, con la influencia de los pintores expulsados del continente europeo: se hizo amiga muy cercana de Remedios Varo y de Leonora Carrington, quienes influirían en su obra y le enseñarían la vena surrealista de las calles mexicanas.
Es entonces que la obra de Horna se vuelve mucho más oscura, profundamente más enigmática: deja las imágenes cotidianas de lado para concentrarse en los detalles de la realidad que revelan un estrato superior de conciencia, una señal más allá de las figuras mismas. Algo del palpitar místico de Coyoacán o de las miradas inciertas grabadas en las tazas de café artesanal movió a la fotógrafa húngara, y la llevó a buscar lo insólito entre la masa cambiante de la vida cotidiana. Casi 30 años después de su última huida, Kati Horna se fundió completamente en el transitar onírico del México de los años 70.
Es en esta época es que reúne la serie Una noche en el sanatorio de muñecas (1963), conformada con partes de juguetes que pone contra un fondo que usualmente no les correspondería. Muñecas de plástico tiradas en un charco, acercamientos perturbadores a las cabezas de bebés de plástico, bustos de maniquíes mutilados, figuras de niños Jesús con la mirada perdida hacia una luz que viene desde arriba, perdida.

Se adivina una constante en estas fotografías: la imagen habla por sí misma. Ya sea la mirada penetrante de la muñeca, los labios ligeramente abiertos en una sonrisa ominosa, la cabeza calva o los pedazos dispersos en el piso de un maniquí, todos transmiten al observador la esencia más escondida de los objetos. Al sacarlos de un contexto habitual —al modificar la luz, el fondo, las perspectivas— Horna permite ver el lado oscuro de los objetos cotidianos, que siempre guardan cierta inocencia en su carácter práctico.
Kati Horna sabe manipular las sombras físicas para dar a entender las sombras más sutiles, que mueven el interior del ser humano. Ya sea en la mirada estática de niños de plástico o en la manera en la que los maniquíes sin rostro enfrentan al espectador, la producción fotográfica de Horna en México penetra en el inconsciente de los objetos, que se ve reflejado en la experiencia estética de extrañeza que genera en los demás. No se trata sólo de una perspectiva tétrica de las muñecas sin sonrisa, sino del terror profundo al que apelan sus fotografías.

Para Horna, los objetos de la cotidianidad tienen una esencia alternativa a esa con la que normalmente —o a primera vista— se les concibe, y su mirada fotográfica gira en torno a este principio: uno que eriza la piel de sus espectadores, y genera un sentimiento de incertidumbre ante la visión de un ángulo diferente de la vida de todos los días. De esos detalles que perturban, que aterran y, muchas veces, dan sentido a las sombras más oscuras que nos encontramos así, sin querer. Pero que están ahí: a la asecha silenciosa y sonriente, como cabezas de muñecas de plástico.
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Existe un cuadro en la Historia del Arte que cambió para siempre la perspectiva que se tenía sobre el cuerpo femenino, por eso conoce la vagina controversial que transformó el pensamiento de muchas décadas.

