Según datos policíacos, el perfil de un psicópata asesino siempre está relacionado con la imagen de una figura dulce y amigable, siempre abierta a conocer nuevas personas que, posiblemente, terminarán por arrepentirse de haber respondido al saludo agradable de su acecino. Persona cuyas manos acabarán por sostener sus cuerpos sin vida para realizar cualquier tipo de actos pervertidos o inhumanos… El 12 de diciembre de 1978, una de los personajes más queridos de Norwood Park Township, Estados Unidos, fue acusado de asesinar a al menos 33 individuos, 22 de los cuales estaban enterrados debajo de su casa.
Nadie podía creer que John Wayne Gacy hubiese sido capaz de terminar con la vida de tanta gente, de una sola persona. Lo hubiesen sospechado de todos, excepto del hombre que realizaba actos altruistas vestido como payaso y que, bajo el mismo disfraz de bufón, amenizaba las fiestas de sus vecinos, algunas veces sin cobrarles un centavo por ello. Pero luego de su detención, este confesó sus terribles crímenes, así que no había duda de su culpabilidad.

Lo único que pudieron sentir sus vecinos fue el vacío interno que les provocó el hecho de saber que no podían confiar en nadie de nuevo…
No obstante, el de Gacy no sería el primero ni el último de estos casos en los que una persona de aspecto indefenso escondiera dentro de sí una mente perversamente atrofiada. Durante el siglo XIX, en un pequeño pueblo rural de Galicia, vivió un hombre cuya belleza poco inusual para la época nunca levantó sospecha alguna acerca de su vida secreta como asesino.
Conocido por ser el primer asesino serial de España, Manuel Blanco Romasanta se valía de su imagen frágil y tímida para llamar la atención de mujeres pobres acompañadas de sus hijos; mismas que, en busca de algo de comida que llevarse a la boca, respondían al llamado del hombre quien les ofrecía alimentos y poco a cambio de sus servicios realizando la limpieza de su casa. De esta manera, el asesino conducía a sus víctimas a través de la pesada niebla del bosque donde realizaba sus oscuros actos.

Aunque goza de cierta fama entre el pueblo español, la historia de este hombre está llena de huecos, hecho que la hizo aún más interesante ante los ojos de la fotógrafa Laia Abril, quien trató de reconstruir la historia de Romasanta a través de tomas obtenidas en los lugares donde presuntamente operaba el criminal.


«En algunos lugares de Galicia, la tradición dice que aquel niño que nazca en Navidad o Viernes Santo, o que sea el séptimo o noveno en una consecutiva línea de descendientes varones, está predestinado a convertirse en un lobishome (hombre lobo)»

De esta manera inicia el fotolibro donde Abril recoge la vida de este criminal, aunque pareciera que está retratando una oscura historia de terror cuyo protagonista es un hombre capaz de cambiar de forma hasta convertirse en una bestia insaciable. Algo que se comentó durante el juicio de Romasanta, una extraña declaración hizo que los jueces le revocaran la sentencia de muerte: el asesino aseguraba que era víctima de una maldición que lo convertía en hombre lobo, misma que lo incitaba a cazar y devorar a las personas que capturaba.


La fotógrafa, quien siempre se ha sentido atraída por los temas ocultos, a medida que recopilaba información acerca del autoproclamado hombre lobo, se fue dando cuenta de lo fascinante de su historia y de cómo su vida siempre estuvo llena de dualidades. Su mente no sólo estaba dividida entre la figura de un monstruo y la de un hombre, sino que su cuerpo por muchos años se movió entre lo masculino y lo femenino.

«Me pareció muy interesante que el asesino en serie más sanguinario de España no fuera un hombre, sino que hubiese sido en realidad una mujer intersexual»

En 2012 un grupo de forenses e investigadores se dieron a la tarea de reconstruir el perfil del curioso criminal para encontrarse con que éste había nacido hermafrodita. De hecho había sido bautizado bajo el nombre de Manuela Blanco Romasanta. El hallazgo le permitió dar un enfoque totalmente distinto al libro titulado “Lobismuller”, el cual, valiéndose de la ficción con tintes de realidad, retrataría los diferentes puntos en los que se bifurcaba la personalidad del peculiar asesino.

«Me atraía mucho esa constante dualidad en la que se encuentra. Quise dar otro punto de vista a historia»

El trabajo que Laia Abril realizó a partir de su investigación nos muestra el poder que la fotografía tiene para contar historias a través de imágenes. No sólo se trata de preservar momentos, sino de darles voz a esas postales, a modo de que hablen por sí mismas de manera libre y entablen un diálogo con su espectador, haciéndolo reflexionar acerca del cuadro que tienen frente a sus ojos. “Lobismuller” no es el único trabajo en el que la artista cuenta una historia; en su sitio web hay muchas otras narraciones que esperan ser descubiertas.
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Fuente
El País
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