En la provincia de Yunan, China, existe una especie de santuario que bien podría haber salido de un juego de rol o alguna novela de J. R. R. Tolkien. Conocido como “El imperio de los enanos”, este parque de atracciones fue creado por Chen Mingjing, quien deseaba hacer “algo bueno por la gente chiquita”, pues se trata de un sitio en el que laboran más de 100 enanos actores que entretienen a quienes llegan hasta su “ciudad” para asombrarse con la increíble estampa que esta representa.

Quizá accidentalmente la ciudad es una copia oriental del Erebor tolkeniano; una localidad construida en piedra casi en su totalidad situada en lo alto de una montaña donde los enanos pueden trabajar y vivir en comunidad sin que nadie pueda molestarlos. Sólo que en la versión japonesa las cosas son completamente diferentes tras bambalinas; las hadas, duendes, paladines y el mismo emperador se despojan de sus prendas cada tarde al cerrar el parque para convertirse en personas totalmente normales.


El fotógrafo Sanne de Wilde decidió retratar esa parte de no-ficción a la que se someten los trabajadores de este recinto, pues además de un parque temático es una villa en la que cada actor tiene una casa adecuada a su tamaño para que la vida le resulte un poco más fácil.


A través de cada toma el espectador puede darse cuenta de lo débil que es la línea que divide la realidad del cuento de hadas creado por Mingjing, un escenario en el que sus habitantes han decidido aislarse para huir de los prejuicios de un mundo que históricamente los ha tratado como fenómenos, despojándolos de todo rastro de humanidad que exista dentro de ellos.


Si bien el imperio de los enanos también se vale de su condición para tratarlos como atracción turística, estos actores prefieren vivir aquí por la cercanía que tienen con sus compañeros. El imperio implica a la vez una marca de identidad; a su alrededor se ha creado un aura de pertenencia que abraza a estos hombres y mujeres que en algún momento se sintieron rechazados por la sociedad.


La comunidad ha alcanzado un grado de unidad tan grande que a la hora de tomar sus fotografías era Wilde quien se sentía como un “bicho raro” del que todo mundo quería tener un recuerdo. Era un hombre alto y blanco en un lugar de China extraído de un antiguo cuento asiático. No obstante, cualquier intento de impedir este comportamiento podría significar el fracaso del proyecto fotográfico, pues el hecho de pedir que se le tratara normalmente insinúa, de cierta forma, anormalidad por parte de sus anfitriones, a quienes quería retratar en la cotidianidad de este espacio que algunos consideran paradisiaco.


Marginalidad e inclusión, dos palabras que en cualquier otro contexto hubieran estado peleadas, encuentran en el “Imperio de los enanos” una línea que las hermana para crear una identidad única en el mundo donde, a pesar de encontrarse relativamente excluidos, los habitantes de esta ciudad aseguran un papel dentro de una sociedad que desde hacía siglos los mantuvo aislados al considerarlos fenómenos e incluso criaturas fantásticas que rara vez salen de sus escondites, irónicamente, situados en las montañas.

