La exclusividad, el glamour y lo distinguido parecen ser ideales que comparten ciertos grupos sociales cuando hay una necesidad de destacarse. La filosofía capitalista en los medios publicitarios, sistemas económicos y lógicas mercadotécnicas aceleran la novedad de los productos trayendo series futuras de nuevos modelos al alcance del consumidor a precios elevados, con el supuesto objetivo de que éste no tenga que esperar a conseguirlos el próximo año. Este producto futuro-presente, excluye a los grupos que no puedan comprar las prendas del “próximo verano”, como si acceder sólo a “lo actual” fuera un estigma social o la temporalidad fuera algo distintivo y excluyente.
La realidad es que el concepto de lo nuevo o moderno se ha acelerado, vuelto desechable y efímero, pero manteniendo constante la necesidad de estar a la vanguardia puesto que atrasarse está pasado de moda. Frente a estas circunstancias es necesario preguntarnos hasta qué punto las grandes marcas podrán decidir qué se tiene que consumir y de qué se debe prescindir por ser obsoleto. Se trata, sobre todo, de cuestionar nuestras decisiones como consumidores y en qué medida legitimamos las propuestas de estas marcas como verdaderas.

Con estas reflexiones, la serie fotográfica del artista Linus Morales, cuestiona y protesta por el consumismo acelerado en un elemento cotidiano y vital de la sociedad: la comida. Nacido en Suecia, Linus mostró habilidades con la cámara, lo que lo condujo a trabajar en Nueva York e Inglaterra como asistente fotográfico. La cercanía con la fotografía de moda fundamentó el enfoque de la mayoría de su trabajó, pero también le permitió cuestionar las implicaciones de la moda en la vida de las personas. Lo que comenzó como un proyecto para portavasos en un hotel de la semana de la moda sueca en Estocolmo, terminó por ser una serie fotográfica que le dio la vuelta al mundo por la crítica provocativa que hace frente a los cánones impuestos por marcas de renombre.

El artista titula sus fotografías como Fabfood en consonancia con el término de Fast food, puesto que ambos conceptos buscan precisar la rapidez en que estas comidas son consumidas. La serie muestra alimentos baratos prefabricados que adquieren un nuevo estatus al ser dirigidos a una marca de diseño de lujo. La presencia de un logotipo emblemático cambia totalmente el paradigma del producto, dándole un valor agregado y hasta una sensación de originalidad y exclusividad. Una tostada Louis Vuitton parece ser más sabrosa y más chic que cualquier otro pan tostado, una chuleta Gucci nos hace pensar que es de mayor calidad. Aunque la propuesta busca alertarnos de una circunstancia actual, el problema de una comida de marca parece tener ya un tiempo largo de permanencia en las tendencias de consumo de las sociedades. Los principales afectados son las empresas pequeñas, locales y emergentes cuya calidad viene del tratamiento artesanal y rudimentario de los consumibles de temporal, careciendo de un renombre o experiencia en el mercado. A pesar de que actualmente existen campañas que buscan volver a lo local y hay mayor presencia de productos handcrafted, el problema persiste puesto que la vanguardia sigue siendo consumir todo lo que se presuma “cooked from scratch”.

La solución a este problema de comida de marca es una alimentación no influenciada por los estigmas sociales, sino de necesidades, en la que el producto a consumir sea de calidad no a través de los colores del empaque, sino por las características organolépticas del mismo. La comida fabulosa de Linus nos remite a la banalidad de la moda: que un logo no siempre implica ser la única opción para un producto que satisfaga las necesidades vitales y que, si su propuesta se llevara a la realidad, los sujetos a la moda terminarían mal nutridos pues consumir calorías nunca habría estado tan de moda.

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