
Este artículo fue publicado originalmente por Mariana Rey el 5 de octubre de 2012 y ha sido actualizado por Cultura Colectiva.
De madre napolitana y padre florentino nace Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) quien desde niño mostró sensibilidad para la literatura y el teatro. En él todas las artes se unen en una sola experiencia: “en un bello conjunto”. Primero se consagró como escultor y después como arquitecto. Su concepción del espacio compuesto por elementos vivos, se integra con movimientos que coincide con la idea esencial de la obra, en la cual logra reducir un conjunto de ideas e instrucciones a lo más elemental. Hace cantar el material modelándolo en pilares, telas que parecen desenvolverse llevando la piel a su máximo detalle.
Gian Lorenzo Bernini, Autorretrato, 1623 c. / Foto: Wikimedia Commons
Busto del rey Luis XIV que Bernini realizó hacia 1665 y que hoy se encuentra en el Palacio de Versalles.
El agua es el material que exalta la unión entre lo natural y lo artificial, en el puente de Sant’ Angelo proclama su poética con la procesión de ángeles que revolotean entre las aguas y el cielo. Bernini conciliaba el agua y la ciudad, lo cotidiano y lo sublime, lo tangible y lo visionario.

Finalmente, la luz es parte importante de la composición, pues pasa de la percepción artística a la percepción espiritual. Su pasión por el detalle convierte sus esculturas en un acto contemplativo exquisito, apenas puede perdurar el pensamiento de que fueron hechas con mármol, una de las piedras más duras y utilizadas para la escultura ya que al ser lo suficientemente pulidas logran un brillo especial.
La influencia de Bernini parte del manierismo, esas piedras que aman y sufren, del poeta inglés Jonh Donne, y del naturalismo del siglo XVI.
Bernini, Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni, 1671-1674. / Foto: Wikimedia Commons.
Vista de El rapto de Proserpina, una de las esculturas más famosas de Bernini por sus detalles.
El triunfo de su arquitectura se le debe al papa Urbano VIII que lo consideraba apto para recibir cualquier influencia, le encomienda la belleza de la pintura añadida a otras facultades como la arquitectura.
Plaza de San Pedro, en El Vaticano.
En portada: collage de detalles de El rapto de Proserpina, 1621-1622. Fotos: Wikimedia Commons.
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