La tumba de Tutankhamon es una magnífica e irremplazable pieza de arte en nuestra civilización, ¿o no?

¿Quién puede decir que el arte es arte? ¿Quién tiene el poder de decidir lo que es considerado bajo esa categoría y lo que no? El concepto de arte es uno de los menos definidos en el mundo y a pesar de ello, uno de los más utilizados; a veces sin fundamento o conciencia de qué es lo que se dice, pero a fin de cuentas, dicho y consensuado. El término de las artes se desenvuelve en el imaginario y el lenguaje de las personas. Aunque la dificultad se torna un poco más seria cuando nos enfrentamos a lo producido en términos de la contemporaneidad y mucho más ligera cuando tenemos ante nosotros a “Las señoritas de Avignon” de Picasso, por ejemplo, podríamos preguntar, sin importar jerarquías ya establecidas o convencionalismos, por qué llegaron a dicho estatuto.
Esas grandes obras de principios del siglo XX que hoy son admiradas por innovación y maestranza, en su momento significaron indignación, repudio y confusión. En sus días cimbraron la mente de sus espectadores y pusieron en un terreno endeble los pensamientos de sus críticos; esos artistas –en su mayoría– no conocieron la fama en vida y tuvieron que esperar décadas para que el ojo público reconociera la valía de su trabajo. Y una vez más, ¿quiénes fueron los detonadores de esa observación?

Pese a que suena desalentador y triste, esa decisión parte del pensamiento o reflexión de todos nosotros y de aquellos que ocupen un cargo de autoridad en el llamado mundo del arte con base en la oferta y la demanda. No importan las discusiones en torno a la calidad del producto, la temática, la originalidad, la técnica, etcétera; lo que suele dar un status sobre éste es la relevancia histórica (es decir, su testimonio o acercamiento con la vida desde un preciso contexto narrativo) y el valor económico que representa de manera intrínseca.
“¿Quién tiene el poder de decidir qué es considerado bajo esa categoría y qué no?”
Periódicos, críticos y galeristas se vuelven entonces agentes de identificación que catapultan el nombre de un artista; así también, estudiosos y textos especializados se ubican como opiniones a seguir o analizar ante personajes (conservadores, curadores, profesores y comisarios) que deciden lo mostrado en museos o subastas para un público que poco a poco ha sido capaz de discernir entre gustos y apreciaciones.
Es de esta manera que individuos como Thomas Hoving, el director más notable que tuvo el Metroplitan Museum of Art en Nueva York, desde su puesto en una institución que en cierto momento le otorgaba la capacidad de dictar la importancia de tales o cuales producciones como arte, aún cuando algunas de ellas no fueran elaboradas bajo esa concepción, pudo dar visibilidad de su parecer en cuanto al tema que aquí tratamos. Cierto es que la formación profesional y académica de este sujeto no es despreciable ni debe tomarse a la ligera, pero ¿se debe seguir su guía sólo porque estuvo al frente del MET por diez años?

Desde una perspectiva en extremo occidentalizada, fascinada por el vestigio ancestral y por la exclamación del arte medianamente institucionalizado, Hoving dio a conocer 15 objetos sin los cuales el relato histórico del arte no sería el mismo.
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La máscara dorada del Rey Tut (ca. 1354 – 1340 a.C.)

La única tumba real egipcia encontrada en condiciones para su exposición. Su producción llevada a cabo con oro, obsidiana, turquesa, vidrio, lapislázuli, cuarzo y comalina la hace uno de los objetos más preciados en cuanto a valor monetario y estético, por su idealización estética de un rostro.
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Las esculturas del Partenón (ca. 447 – 432 a.C.)

El friso del Partenón, a pesar de pertenecer a un contexto que no consideraba como arte a este tipo de construcciones arquitectónicas, por su conformación en mármol pentélico y elaboración en bajorrelieve es vista hoy por algunos como una muestra inigualable del hacer artístico.
“No importan las discusiones en torno a la calidad del producto, la temática, la originalidad, la técnica, etcétera; lo que suele dar un status sobre éste es la relevancia histórica y valor económico”
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El pectoral Escita (ca. 300)

El trabajo decorativo que logró un pueblo ancestral en oro, es pensado actualmente como un trabajo de arte gracias a las consideraciones conceptuales que Hoving abrió en torno a las relevancias históricas y “bellas” de ciertos objetos.
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El altar esmaltado de Nicolás de Verdún (ca. 1230 – 1205)

Conocido también como el “Altar de Klosterneuburg”, este retablo de 51 esmaltes que representa escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, a pesar de no haber sido ejecutado como arte dadas sus conexiones de representación divina, hoy es una de las piezas más reconocidas en cuanto a técnica estética.
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La Capilla de Arena (ca. 1305)

La capilla de los Scrovegni alberga los célebres frescos de Giotto, piezas cumbre del arte occidental por su disposición espacial para los vicios, virtudes y narraciones bíblicas en un edificio destinado para el sepulcro.
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“El Políptico de Gante”, de Jan y Hubert van Eyck (ca. 1432)

Víctima de varias agresiones, robos e incertidumbres, este retablo de motivos religiosos es considerado una de las piezas vitales en el arte y un esfuerzo sin precedentes en la técnica de producción dentro de un taller.
“La Mona Lisa” / “La Gioconda”, de Leonardo da Vinci (ca. 1503 – 1519)

Esta enigmática y diminuta pintura del maestro renacentista es el ejemplo perfecto del sfumato, técnica que se basa en la aplicación de muchas capaz de pintura extremadamente delicadas. Además, se convirtió en una obra fundamental para demostrar los intereses conceptuales que dieron cabida a nuevas representaciones del paisaje, la mujer y la historia.
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“El David”, de Miguel Ángel Buonarroti (ca. 1501 – 1504)

Obra maestra del Renacimiento, según la opinión de los historiadores más importantes; realizada por encargo para adornar la catedral de Santa María de Fiore, representa al rey David bíblico en mármol y una proporción gigantesca que ensalza la importancia de lo religioso en una época que buscaba conjugaciones de todo lo divino con el hombre.
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“El Retablo de Isenheim”, de Mathias Grünewald (ca. 1512 – 1516)

Formado por 9 paneles y pintado al temple y óleo, este políptico es considerado como una obra culmen del arte interdisciplinario por sus perfiles pictóricos y escultóricos en una sola materia.
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“El entierro del Conde de Orgaz”, de El Greco (ca. 1586 – 1588)

Este cuadro realizado para la parroquia de Santo Tomé de Toledo, España, se piensa como uno de los más increíbles, importantes y admirados del autor. La pasión con que leyó las escrituras sagradas facilitó en sus manos la magistral representación milagrosa que le fue encargada.
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“Las meninas”, de Diego Velázquez (ca. 1734)

Sea cual sea el horizonte interpretativo desde el que se lee esta pintura, sus figuras al óleo han posibilitado un sinfín de estudios y experimentaciones a lo largo de la historia, situándose así como una de las producciones vitales para el curso del arte mundial.
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“El retorno del hijo pródigo”, de Rembrandt van Rijn (ca. 1662)

Representando un momento cumbre en los relatos bíblicos, Rembrandt captura en su pintura conceptos tales como el perdón, la culpa, el arrepentimiento, el amor y demás conexiones morales con la figuración divina.
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“El tres de mayo en Madrid”, de Francisco de Goya (ca. 1813 – 1814)

Más allá de sus valores artísticos o técnicos, esta pintura guarda aspectos cronistas y de revisión en torno a hecho históricos que compartían con su época imágenes de destrucción, oscuridad y terror en la sociedad española de su tiempo.
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“El almuerzo de los remeros”, de Pierre-Auguste Renoir (1881)

Una captura esencial de su era y del movimiento impresionista en toda la extensión de la palabra; en este cuadro, Renoir logró una de las mayores apreciaciones lumínicas en el arte, apoyándose en estudios geométricos y de perspectiva que pocas veces se habían visto con tan buen resultado en el hacer pictórico.
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“Las señoritas de Avignon”, de Pablo Picasso (1907)

Cuadro iniciador para el período africano o protocubista de Picasso; sin esta producción en específico no hubiera sido posible ese salto entre el Realismo y cualquier otra representación lejana. Este cuadro posibilita dialogo estéticos entre El Greco, la artesanía africana, Cézanne y demás pintores de la actualidad.
Aún si guardamos o no dudas en torno a qué le da un estatuto de arte a tales o cuales producciones humanas, hay obras a las que no podríamos renunciar tan fácilmente. Por ejemplo, en Las vaginas más bellas y reconocidas en el arte o Las mujeres más hermosas en la historia del arte podrás poner a prueba qué es lo que nos hace decir que son las obras más importantes y por qué son cruciales para nuestro pensamiento.
En caso contrario, si ya tuviste demasiado al leer de artistas, revisa Las mujeres más poderosas del mundo en la actualidad según Vogue para ver desde otro ángulo el mundo en que vivimos.

