La pintura de castas más allá del afán clasificatorio

Sábado, 19 de septiembre de 2015 4:41

|Museo Franz Mayer



Texto escrito por Sofía Navarro Hernández

¿Sabías que existe un género pictórico que se desarrolló casi exclusivamente en el México virreinal?

Se trata de la pintura de castas, género practicado en el siglo XVIII principalmente en la Nueva España (de las más de cien series que se conocen, solamente una fue realizada en el Perú) para representar el proceso de mestizaje de los habitantes del virreinato. La mayoría de las series de castas siguen el mismo principio: se componen de entre doce y dieciséis lienzos que presentan una variedad de combinaciones posibles a partir de la mezcla de tres “tipos raciales” de base: español, indio y negro. A cada casta, fruto de estas mezclas raciales, corresponde un nombre, así como una variedad de atributos que la identifican y que se relacionan con rasgos físicos, cualidades y oficios. En general, los personajes de estas series son presentados junto con elementos considerados característicos de la Nueva España, como sus frutas y verduras o sus textiles.

Más allá de los estudios históricos, el interés por la pintura de castas se ha intensificado en los últimos años, en parte como consecuencia de exposiciones como la organizada sobre el tema en el Los Angeles County Museum of Art (LACMA) en 2004, pero también porque el género abre discusiones que preocupan a diferentes disciplinas y corrientes. En efecto, uno de los principales elementos que entran en juego en la pintura de castas es la construcción de discursos sobre la identidad en contextos coloniales, tema que activa categorías tan problemáticas y fructíferas como las de género y raza. Sin embargo, podemos decir que el alcance de la pintura de castas rebasa la vocación clasificatoria del sistema que representa, ya que ofrece posibilidades de experimentación que otros géneros más consolidados no siempre permitieron.

Luis de Mena, Serie de Castas, c.1750, Museo de América, MadridLuis de Mena, Serie de Castas, c.1750, Museo de América, Madrid


Entre curiosidad europea y orden social

Si bien no quedan del todo claros el origen y la manera en la que fueron expuestas las series de castas, existe cierto consenso sobre la posibilidad de que éstas hayan sido creadas para un público letrado y probablemente europeo. Las inscripciones que suelen identificar a los distintos personajes y elementos de la composición apuntan en este sentido, además de que se ha descubierto, en algunas series, que los lienzos estaban hechos para enrollarse y ser transportados fácilmente. Las series de castas cumplirían entonces el rol de vitrinas de lo exótico, comisionadas para alimentar la fascinación característica de la Edad Moderna europea por lo extraño y lo desconocido. Esto no sería sorprendente en un contexto en el que era costumbre que altos responsables públicos enviaran productos a Europa que integraban las colecciones de naturalistas y eruditos o los gabinetes de curiosidades de los príncipes. Ejemplo de esto es una serie realizada por José Joaquín Magón (¿-¿) que fue llevada a Toledo por el arzobispo Francisco Antonio Lorenzana (1722-1804), quien más tarde fundó un gabinete de historia natural en el podría haber sido exhibida la obra del pintor poblano. Existe, además, una serie cuyo primer lienzo está firmado por Ignacio de Castro (¿-¿) que forma parte de la colección del Museo del Hombre de París. Así, en el contexto europeo del siglo XVIII, es posible que más que objetos de arte, las pinturas de castas tuvieran el estatuto de elementos etnográficos o de simples curiosidades.


nueva-espana

Los estudiosos del tema han analizado también las series de castas como un instrumento de propaganda política movilizado por las autoridades coloniales para combatir la idea de que el mestizaje suponía la deriva del orden social y económico. En efecto, según esta hipótesis, la administración colonial necesitaba mandar un mensaje claro a Europa: a pesar de su diversidad, la sociedad novohispana estaba perfectamente regulada gracias a una jerarquización estricta de sus miembros. La pintura de castas sería entonces un intento de demostrar que, si bien el mestizaje era una realidad, la sociedad novohispana no había degenerado: los productos de las mezclas tenían nombre (lobo, chino, cambujo...), un lugar perfectamente identificado en el orden social, al igual que un oficio productivo. En la práctica, sabemos que el orden social era bastante más difuso. Como se ha señalado en diversas disciplinas, las categorías raciales, puesto que construidas, son flexibles; en el contexto novohispano, si tomamos en cuenta la noción de calidad, que se superpone al concepto racial, esta flexibilidad cobra aún más sentido puesto que existen diversos factores de maleabilidad de la identidad individual: nivel socioeconómico, valores, vínculos familiares, percepción social. De hecho, en casos donde existía una duda sobre la identidad de una persona, ésta podía ser objeto de un litigio, de una negociación, en la que testigos y jueces intervenían para atribuir una u otra calidad al individuo.



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1.  Katzew, Ilona, Casta Painting: Images of Race in Eighteenth-century Mexico, Yale University Press, New Haven, 2004, p. 155.

2.  México en el mundo de las colecciones de arte: Nueva España, Grupo Azabache, volumen 2, México, p. 96.

3. El uso del término “raza” en su acepción actual (o en todo caso del siglo XX) resulta anacrónico para el estudio de la pintura de castas. En el contexto novohispano, resulta más pertinente hablar de calidad, que era el concepto más utilizado para diferenciar a los habitantes de la Nueva España. En su uso novohispano, la calidad reúne una serie de cualidades que otorgan estatus a una persona, desde su color de piel hasta su ocupación, pasando por su nivel de riqueza, la pureza de su sangre, su honor o su lugar de origen.

REFERENCIAS:
Museo Franz Mayer

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