Carta para recordar a quien se convirtió en polvo de estrellas

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por febrero 8, 2019
Carta para recordar a quien se convirtió en polvo de estrellas
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Dedica esta carta a un padre fallecido para saber que quienes se adelantan, en verdad nunca se van de nuestro corazón.

Algunas emociones son tan complejas que es casi imposible explicarlas con palabras. Algunas noches cuando intento dormir, mientras doy vueltas en la cama, una ola de ideas y recuerdos invaden mis pensamientos; ahí estás tú, enredado en todos ellos, ausente, pero siempre tan presente. Es inútil luchar contra el insomnio, entonces enciendo la radio; siempre me ha gustado la música tanto como a ti. Me decido por escuchar la canción de Perry Como, que tanto me recuerda a los domingos juntos.

Sin esfuerzo recuerdo las mañanas en las que preparábamos hot cakes para el desayuno, escuchando tu colección de álbumes. Me gustaba escucharte cantar, sé que nunca lo dije, pero tu voz es la más bonita que he escuchado. Eras mi Frank Sinatra y yo tu Nancy.

Yo era tu princesa y tú eras el rey. Sé que en todo momento te esforzaste por pintar el mundo de rosa para mí; convertiste cada casa en la que vivimos en un castillo, diste todo de ti para que no faltara nada en nuestro hogar a pesar de las adversidades. Siempre existió ese rincón del universo donde la vida era apacible. Aunque la escuela era pesada, los niños eran crueles y la maestra un ser de maldad, tus brazos se extendían para consolarme.

Tu sabiduría era infinita, recuerdo aquel inmenso librero que decoraba tu estudio, tus manos deslizándose con agilidad sobre la máquina de escribir. Era de esperarse que tendrías respuesta a cada pregunta que formulaba mi mente curiosa. Me gustaba tanto aprender y era mucho mejor si era con tu ayuda.

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No quiero aceptarlo, pero el tiempo sigue corriendo; entonces cierro con fuerza los ojos e intento traer al presente todas las fantásticas aventuras que vivimos juntos. Codiciosa y sintiendo que alguien podría hurtar lo poco que me queda de ti, lo conservo en el lugar más profundo de mi corazón. Es difícil decirlo, pero en todos estos años me ha atormentado la idea de ir perdiendo aquel tesoro, detesto la posibilidad de que nuevas historias vayan suplantando el pasado.

Al mirar mis ojos encuentro los tuyos. Extraño tu aroma impregnado por toda la casa; extraño tenerte a mi lado, mirarte fumar con expresión reflexiva, vienen a mi mente todas esas veces que jugaba con tus manos y desprendían un fuerte olor a tabaco. En esas tardes donde te busco incansablemente, me invade la desilusión, entonces enciendo un cigarrillo y es sencillo recordar aquellas veces que me dejabas ganar al ajedrez y creías que no lo notaba.

¿Recuerdas aquel asalto a la tienda? Cómo pude ignorar por completo a aquellos tipos armados, tu rostro pálido decía con gestos que me callara mientras yo iba escandalosamente de un lado a otro buscando mis golosinas. Tu amor me volvía inmune a la maldad humana. Recuerdo que siempre buscabas complacerme con una sonrisa cálida en tu rostro.

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Algunas veces –sin que lo supieras– te observaba y parecía que viajabas a otros lugares sin mover un solo dedo, tu rostro se tornaba triste, en esos momentos sólo te acompañaba tu música. Ahora sé que la vida adulta no es algo fácil, están todas las cuentas por pagar y el trabajo parece no tener final; algunas veces eran las discusiones con mamá, quizás algunas otras ocasiones porque las finanzas no iban muy bien, tal vez estabas aprendiendo a vivir, quizás te carcomía la duda, pero jamás te rendiste.

Mamá y tú eran increíbles juntos, por eso es que ustedes son mi historia de amor favorita. Aquellas citas románticas, las rosas sin un motivo en especial, largas pláticas, risas bobas y complicidad acompañada de café o tequila; lealtad, aceptación total, apoyo mutuo y amor incondicional. Al verlos estoy segura que la persona más escéptica creería con absoluta fe en el amor. Y es de ahí que surgen todos mis ideales amorosos, aunque no existe pareja como la que ustedes hacían.

Añoro la famosa pasta a la boloñesa que cocinabas para nosotros, sabes que a nadie le encantaba como a mí; y me permito presumirte que mi hermano piensa que sólo yo la preparo como tú. Lo que no logro recordar es cómo hicimos aquel merengue de limón. Por cierto, recuerdo que, por algún motivo, pensabas que el pay de limón era mi favorito y cada cumpleaños me sorprendías con uno. No quise desanimarte, pero siempre preferí el chocolate.

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Dibujabas para mí, jugabas conmigo a las muñecas y el salón de belleza. Recorrías de mi mano toda la ciudad en busca de algún juguete, un vestido o cualquier otro objeto que deseaba; ahí estabas solapando mis caprichos. La verdad, no importaban las cosas que hubieras podido darme, nada era más importante que el cariño y dedicación que demostrabas día con día. Admiro todo lo que representabas, tu fortaleza, los modales impecables, honestidad y toda la bondad que habitaba en tu corazón.

No me olvido del temor que sentía por las noches cuando aún era muy pequeña; llegaba a tu habitación llorando porque no quería perder a mis padres, entonces deseaba tanto que todo quedara estático. No sabía de ausencias, tampoco de pérdidas, pero necesitaba tu consuelo, tanto como lo necesito ahora. Cuando salías a trabajar y regresabas tarde, esperaba impaciente a tu llegada. Y cuando lo hacías, reconocía tus sonidos, la delicada forma de cerrar la puerta, tus pasos sobre el piso de madera y el tintinear de las llaves sobre la mesilla.

Recuerdo los paseos familiares, tus bromas siempre a tiempo. Mientras mamá organizaba todo, mi hermano siempre refunfuñaba porque tenía planes con sus amigos; no me recuerdo a mí misma, pero sé que era feliz. Algunas noches veíamos películas juntos y yo me quedaba dormida, pero al despertar al día siguiente, estaba en mi cama y ésta era una forma de saber que alguien me protegía.

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No puedo mentirte, cuando te fuiste me enojé mucho, me dominó la decepción e incluso un bloqueo que no me permitía ver la realidad; estuve esperándote por años. Mamá –desconsolada– me explicaba que no volverías. Creía que era tu decisión el irte así y me indignó más saber que no tomaste el tiempo para despedirte.

Todo sucedió muy rápido, tu muerte fue una mala jugada de la casualidad; un momento estábamos brindando con vino y al siguiente estaba en la sala de espera de aquel frío hospital. Papá, estabas en terapia intensiva luchando por tu vida, pero también por la mitad de la mía. Aunque estabas inconsciente, mamá decía que podías escucharnos, entonces te pedí que no te fueras, prometí que dejaría las fiestas y que todo volvería a ser como antes de mi adolescencia; nunca quise alejarme de ti, pero lo hice y estaba dispuesta a corregir mis errores.

Con esa llamada por la madrugada todo cambió de forma drástica y aunque no lo decían aún, sabía que no estarías más. Cuando mi hermano y yo llegamos al hospital, mamá se quebró y nos dijo llorando que ya estabas con Dios. No sé si mi corazón se detuvo o, si por el contrario, palpitaba apresurado. Recuerdo las luces de una ambulancia, también la sirena absorbiendo todos mis sentidos. Pretendí no escuchar o tal vez no entender lo que pasaba.

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Fue en tu funeral cuando empecé a sentir la soledad mientras abrazaba con fuerza el osito que tú me regalaste. Las incómodas palabras de aliento que lanzaban los familiares, llegaban a sentirse como amenazas: “tendrás que ser fuerte”, “debes apoyar en todo a tu madre”, “reza para encontrar la calma” y un sinfín de frases prefabricadas para la ocasión.

Entonces repetía una y otra vez en mi cabeza que habías ido de viaje, que pronto volverías con muchas de tus fabulosas historias y regalos para todos. El resto de la familia y yo comenzamos con un juego de fortaleza, mientras la comunicación se debilitaba. Consistía en pretender que nada estaba pasando, fue un pacto sin palabras en el que se prohibía demostrar debilidad por no preocuparnos o quizá causarnos dolor entre nosotros.

Hace 12 años que te fuiste y desde entonces han pasado tantas cosas; tantas veces me he preguntado dónde estás. He necesitado tu abrazo en esos momentos en que me invade la desilusión y mi grito ahogado se dirige al cielo. En algunas ocasiones encuentro a mamá en la mesa con la mirada perdida y una taza de té donde antes había dos; en todos tus cumpleaños se escucha su llanto.

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Siempre habrá un enorme vacío, el que dejó tu ausencia, porque sé que eres y siempre serás irreemplazable; pero con el tiempo he aprendido a valorar la oportunidad de haberte tenido en mi vida, aunque no fuera eterno, porque gran parte de lo que soy lo aprendí de ti y cuando tengo dudas sobre la vida, tu recuerdo se convierte en una luz que me permite buscar en mí la valentía que te caracterizaba.

Es hasta este momento que comprendo que nadie podrá ocupar tu lugar y que, por más personas que logren entrar en mi corazón, nadie robará tu lugar. Es tiempo de parar, dejar de correr de un lugar a otro tratando de encontrarte, he comprendido que permaneces en mí. Soy feliz por tener un hermano tan parecido a ti, alguien que cuida de mí como tú lo harías. Me enorgullezco de tener una madre tan maravillosa, la misma mujer que cada vez que narra alguna de tus vivencias, brillan en su rostro todos esos momentos mágicos y el amor que todavía siente por ti.

No te has ido, tus cenizas ahora son polvo de estrellas, recorres el cielo como un ave, brillas en el sol de primavera. Estás en el mar, el único lugar donde he encontrado el color de tus ojos, aún brillando majestuosamente.

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