Enrique era un adolescente con una interesante personalidad y un estilo de vida lo más cercano al promedio, algunas veces también catalogada como “de lo más normal”. Joven en proceso de cambios hormonales y desarrollo cerebral, con las espinillas suficientes para no ser acreedor de un apodo causado por ellas, habitante de una colonia con índices medios en cuanto a desarrollo humano en la ciudad dentro del contexto del tiempo y espacio de su país, bajo la tutela de madre y padre, viviendo en un pequeño departamento propiedad de la familia. Entonces, ¿cómo es la vida de un adolescente parecido a Quique? Bueno, al menos la de él transcurría entre la escuela y su recién formada –así como autodenominada- banda de rock.

Sin embargo, alguna vez se presentó un suceso en su vida cotidiana que, si bien no sería un parteaguas para un estilo de vida totalmente diferente al que llevaba, si formaría parte de sus recuerdos seleccionados que compartiría con personas cercanas. El hecho sucedió un día en que estaba ensayando con integrantes de la banda:
Beto; que tocaba la batería no mal ni bien, vivía sólo con su padre y otro hermano tres años menor que él, desde el día que su madre decidió terminar la relación con su padre e iniciar una nueva con su compañero de trabajo en un supermercado. El más alto de esa banda. Ángela; se encargaba del bajo. Apasionada del blues, las películas de guerra y las castañas de cabello largo y lacio, sus padres eran de los más esplendidos en las ofrendas de la Iglesia. Luis, vocalista, acompañaba con algunos acordes a Quique, sentía que no estaba disfrutando lo suficiente su juventud, es decir su adolescencia, no pasaba más de un mes sin irse de fiesta con sus compañeros de clase. Tuvo una convivencia con su padre de manera esporádica hasta que tuvo ocho años, cuando no salía de fiesta traducía sus canciones favoritas del inglés al español, cualidad que a su madre le gustaba contar a sus vecinas.
Algunas veces les gustaba acompañar sus ensayos con ron blanco, refresco de manzana y agua mineral, el exceso con el alcohol siempre fue la excepción y no la regla, y lo era porque cuando terminaban borrachos los ensayos eran escasos para las siguientes semanas a causa de los permisos parentales. Pero eso sí, los brownies “especiales” no hacían falta en sus convivencias de música.

De hecho, ese era uno de los motivos por los cuales seguían tocando frecuentemente, semana a semana pese a que al principio, a los padres de Ángela no les sonaba bien que su hija se fuera a casa de uno de los integrantes de la banda, acompañada de dos hombres más, o que al padre de Beto no le gustaba que su hijo pasara mucho tiempo a solas con otros hombres, o por lo menos al no dar indicios de tener novia o novias. Pero el no llegar seguido a casa con aliento alcohólico siendo adolescente, daba cierto alivio a los adultos.
Los menores estaban descubriendo a una banda de rock que había dejado de existir antes de que nacieran, les gustaba su sonido psicodélico, el cual buscaban trasladar a sus ensayos. Un día mientras estaban pachecos y tocando un cover de dicha agrupación, acordaron viajarse con algo un poco más fuerte, bromearon con lo “puestos y chidos” que estarían tocando si tuvieran un par de gotas de aquello. Terminaron de tocar y se fueron a sus respectivas casas. A Quique le dieron ganas de seguir escuchando la canción original que había ensayado hace un par de minutos, tomó su guitarra blanca con rojo que le había regalado su padre con la condición de que por tres meses le lavara el coche, ensayó las notas que le eran más difíciles, cenó y se fue a dormir. Su última imagen fue el de la guitarra eléctrica dentro de su estuche recargada en la pared.

En la madrugada, así lo recuerda él, volvió abrir el estuche ya que se le había ocurrido una especie de técnica para tocar mejor: “El secreto está en que los dedos se acoplen al ritmo y el ritmo a la armonía”, se sentía muy concentrado hasta que dejó de sentir las firmes y separadas cuerdas para sentir una piel suave, desconcertante, así que lentamente abrió los ojos. Entonces se topó con la espalda y cabello de una mujer pelirroja, blanca y menuda, sus manos rodeando su cintura y acariciando su vientre. Giró y le dijo: “No me mires así, yo sólo pedí estar contigo”, gesticulaban sus carnosos y rojos labios. Quique, mirando a la guapa mujer con mucha extrañeza, se decía para sí mismo: “¡Pero si yo estaba tocando mi guitarra hace unos segundos! Me pegaron bien chido esas gotas”.

De repente, en su cabeza le vino una idea repetitiva, algo así como “si la besas ya no sales y todo se acaba”, entonces la tomó por la espalda, fijó sus brazos en la cintura, comenzó a rozar sus dedos con su vientre y cerró los ojos. Al abrirlos nuevamente, se vio tocando su guitarra, paró y la guardó en el estuche. La imagen estaba desvaneciendo cuando se despertó sobresaltado al escuchar su alarma matutina, recordó lo ocurrido, se talló los ojos y volteó a ver su guitarra y comenzó su rutina diaria pero de una manera más pensativa de lo “normal”.

Si te gustó este cuento sobre cómo es la vida de un adolescente, además te gusta leer y escribir, envía un texto de prueba a colaboradores@culturacolectiva.com y conviértete en colaborador de una sección de Letras.
Te puede interesar:
El amor imposible entre un poeta y una adolescente que inspiró la canción más triste de toda América Latina
10 cuentos cortos para leer en un día lluvioso

