—¡¿Puedo ayudarte en algo?!—una exaltada voz irrumpe en mi silencioso pensar. Doy la vuelta y me encuentro con la encargada de la tienda, quizás más cerca de lo necesario, y no me opongo a ello con semejante escote.
—No, gracias. Estoy esperando a…— señalo hacia los vestidores, sin saber qué decir exactamente. ¿“Mi ex”, tal vez? No me lo creería si se lo dijera.
—Muy bien, si necesitas cualquier cosa, no dudes en decirme.
Asiento y le sonrío un poco. Y sonrío un poco más cuando da la vuelta y se aleja, mostrándome un espectáculo de glúteos bien ajustados en unos jeans. Los disfruto hasta que se pierden de vista un poco más allá y vuelvo a “concentrarme” en escoger un vestido que haga justicia a una noche de cumpleaños.
—¿Qué te parece?— me pregunta una voz que apenas está saliendo desde dentro de un cubículo de un metro de ancho. Giro la vista en su dirección y la detengo justo en el vestido color mostaza que a duras penas conseguía ajustarse a la delgada mujer que lo vestía.
—Te queda algo…
—¡ENORME!— la chica mira la falda de su vestido y tira de ella como si quisiera arrancarla con desespero — Aguarda, ¿qué es eso?
Ya no veía lo que llevaba puesto, sino el negro vestido que sostengo en mi mano. Lo levanto a la altura de su torso y voy acercándome, ya imaginando cómo debía quedarle.
—Intenta con éste.
—Por supuesto que lo haré— por poco y no me arranca la mano cuando haló de él con euforia. Y vuelve a ocultarse tras la cortina.
No puedo creer que me encuentre en esta situación, escogiendo el vestido que mi exnovia usará el día de su cumpleaños. Sin dudas me sorprendió encontrarla en medio del centro comercial, con su cabello negro tan corto que me costó reconocerla, pero no puedo negar que le queda bastante bien. De inmediato me pidió que la acompañara en su búsqueda de algo qué usar en su fiesta y aunque lo pensé varias veces, terminé por aceptar.
Ella tenía razón al decir que no había nada de raro en eso, después de todo habíamos cortado por las buenas y seguíamos siendo amigos. Su argumento era válido pero seguía sintiéndome extraño caminando junto a ella sin tomarla de la mano.
De nuevo, el sonido de los aros contra el metal al abrirse las cortinas, me llevan a mirar donde está. Sólo que esta vez la boca casi me llega al piso frente aquella revelación. Parada de puntas con las manos en la cintura y las piernas cruzadas, la chica sonreía de satisfacción. El vestido encajaba a la perfección en cada curvilínea de su figura, dejando al descubierto las largas piernas, los huesudos hombros y el esbelto cuello.
—Éste es— dice —, creo que jamás habría terminado sin tu ayuda.
—Eeeh… Ahm… —ni por poco le presto atención a lo que dijo. Únicamente pasa por mi cabeza lo que quiero hacer con ese vestido. Arrancarlo, despedazarlo.
Una vez más se pierde dentro del probador y me deja maldiciendo en solitario, imaginando en lo que se hubiera convertido la noche luego que la fiesta acabara y me llevara a su habitación. Pero ese lugar ya era de otro seguramente.
Mucho antes de lo estimado, la cortina vuelve a abrirse y la cara de ella delata algo de fastidio, pero sigue viéndose sensual con el vestido aún puesto.
—¿Me das una mano?— pregunta —. No alcanzo a desabrocharlo.
—Claro —esta vez no lo pienso. La veo entrar al cubículo mientras recorro los pasos que me separan de ella, encontrándola de espaldas a la cortina que me cercioro de cerrar bien luego de entrar. Me topo con nuestros reflejos en el espejo que abarca toda la pared.
Se ve mucho mejor ahora que está tan cerca. Su cabello sobre los hombros deja apreciar la separación entre sus omoplatos, donde una vez saqué a pasear mis besos. Yo por mi parte sigo viéndome como el barbudo chico de veintidós que soy. Alto y delgado, con las profundas ojeras que me acompañan desde la infancia y el cabello espeso disparado hacia arriba.
Con torpes manos tomo la cremallera y la deslizo con suavidad, mientras que en un reflejo como accionado por el movimiento, los poros de su piel empiezan a erizarse, hasta llegar a su máximo punto cuando mi mano alcanza la parte baja de su espalda. El vestido cae un poco al aflojarse, irreverente, dejando al descubierto un brasier negro que apenas cubre un par de senos firmes y erizados en lo absoluto. Los ojos se me abren de la sorpresa y cuando veo el rostro de ella en el espejo, su reflejo me recibe con un guiño y una sonrisa.
De inmediato siento que una mano se cierra en mi entrepierna, y entonces también yo sonrío.
Me abalanzo instintivamente con un mordisco en la perfecta curvatura que se forma entre su cuello y hombro. Y me clavo ahí, dirigiendo mis manos con la velocidad de un felino directo a sus senos, dejándolos al desnudo al mismo tiempo que el primer gemido hace eco en mi oído. Los dedos que me toman se aferran con más fuerza, a la vez que mi boca busca otros labios que morder. En pleno beso, con las lenguas agitándose como serpientes en un ritual de apareamiento, la volteo para tenerla frente a frente, ya que necesito con urgencia tener sus pezones en mi boca.

Su mano parece haberse quedado pegada a mí y estimula mis reacciones, a lo que respondo mordiendo y lamiendo su pecho, como si estuviera sediento y mi vida dependiera de beberla por completo. Cuando me incorporo para estar de nuevo a la altura de su rostro, me sujeta la barbilla, me mira a los ojos y me lame los labios, para luego voltear mi cara hacia la derecha. Shhhh, susurra en mi oído, y entonces la veo: colgada del perchero casi con inocencia, una panti se balanceaba alegremente.
Mis dedos se apresuran desde su espalda hasta el borde inferior del vestido y lo levanto hasta que incluso su ombligo está al descubierto. En el mismo movimiento la tomo del trasero y la cargo contra el espejo, a la altura justa para que nuestras pelvis se encadenen. El beso que prosigue es tan profundo, tan consumado, tan letal. Tan acorralada como está, tomo sus manos y las aprieto por encima de su cabeza. Ella se resiste únicamente para que me sienta complacido, pero realmente disfrutaba que la sometiera, los dos lo sabíamos pero nunca habíamos hablado del tema.
De un segundo a otro la desplazo tanto hacia arriba que nada me costó terminar de llevar su vientre hasta mi boca, de donde bebí todo su veneno con la ligereza y la habilidad por la que han premiado mi lengua. Desde ese lugar tan alto, opta por halar mi suéter, haciéndome entender con sus gestos que le estorba tanto como a mí. Apoyo sus muslos sobre mis hombros ya descubiertos y vuelvo a dedicar especial ahínco en dirigir una sinfonía con mi boca en su clítoris. La posición en la que nos encontramos me permite ver, tanto directamente como a través del espejo, todo el fruto de su pasión, convirtiendo la imagen en algo tan inspirador que a punto de rayar el cielo, decido arrastrarle al infierno.
Lentamente desciendo su cuerpo, aprovechando para besar los espacios de piel donde el vestido no se entrometía, teniendo fiel atención en sus senos, cuyo mapa ya conocía de memoria. Una vez sus pies tocan el suelo, se apresura por aflojar mi cinturón y desabrochar el pantalón sin reparar en la delicadeza, su objetivo es sólo uno y lo comparto. Cuando ya mi carne está entre sus dedos da vuelta sobre sí misma y apoya todo su torso y el rostro al espejo, curvando su espalda para que su trasero me sonriera por completo.
Y me adentro en ella y el corazón explota de golpe como si lo hubieran acelerado con terapia de choque, y su sudor empapa el espejo. Un gemido agudo se le escapa hasta que tapo su boca con una mano, mientras que con la otra la tomo de la cadera. Muerde mis dedos mientras me introduzco más en ella, una vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez.
Ahora ya no muerde mis dedos, sino que los chupa, lo que sólo significa que cuando deje de hacerlo tendré que llevarlos hasta abajo y estimularla aún más. Mientras espero que suceda reparto besos por su espalda, mezclados con lamidas y mordiscos sudorosos, carnales, seductores. El profesado momento llega e indiscutiblemente lo deseaba, toma mi mano y la lleva directo al punto de quiebre de su cordura.
Unos minutos después, el estremecimiento de su cuerpo me avisa que no sólo yo estoy a punto de venirme. Por lo que la penetro con mayor insistencia, con más pasión, con más deseo y desenfreno. Vuelvo a clavar mis dientes en su cuello para silenciar mis ansias y acabo justo como todo empezó, sintiendo que la amaba cada que vez que terminábamos de follar.

