
La mira telescópica apuntaba con precisión a su garganta, mientras su dedo índice tocaba suavemente el gatillo de su poderosa arma (un rifle Schalke de fabricación alemana), llegó la señal que esperaba y una bala de treinta milímetros salió disparada.
Ramón Soto se sentía frustrado, de malas e impotente cuando compró la cartulina blanca y el plumón Esterbrook en una papelería de la colonia Anahuac. “Se renta cuarto”, escribió y añadió el número de su teléfono al costado. Ramón sacrificaba espacio en el pequeño departamento de su familia para cubrir deudas y gastos, pues luego de un año sin trabajo había que hacer sacrificios en todo lo que no era absolutamente necesario. Ya no tenían lujos, como los dos autos del año y la casa en Piracantos. “Todo es mi culpa”, pensaba cuando recordaba su lamentable error mientras trabajaba en la Agencia Federal de Investigación. Mi maldita culpa. Entró a la corporación con el grado de Mayor, ya que contaba con un título profesional en Derecho que lo adelantaba en las posiciones burocráticas precedentes. Quiso especializarse en el campo y, después de mucho entrenamiento, preparación y trabajo, lo nombraron Coordinador del Grupo Especial contra el Secuestro y el Plagio. No obstante, la mala fortuna lo hundió hasta el fondo apenas en su primera misión. Maté, por error, al sujeto equivocado. Dos disparos en el pecho luego de haber herido a su captor en un intenso tiroteo mano a mano, sin embargo, lo que Ramón no sabía era que éste se encontraba acompañado por el plagiado, quien estando a un lado recibió la mayoría de los disparos. Luego de ser juzgado, y aunque no fue sentenciado, fue destituido deshonrosamente de su cargo. La vergüenza lo hundió en la depresión, comenzó a gastar mucho en alcohol y, poco a poco, sus amigos y conocidos lo abandonaron. “¿Quién quiere estar a su lado?”, era lo que Ramón pensaba que los demás pensaban de él. “Es un pobre diablo.” Por ello le deprimía no tener trabajo, porque ahora tenían que dormir todos juntos (su esposa, el niño pequeño y su hija puberta) en un mismo cuarto. Luego de poner el anuncio en su ventana, los cuatro se sentaron a cenar y Ramón se disculpó por la situación, su esposa lo entendió y le dijo que ella podía conseguir trabajo para juntos liquidar las deudas y los gastos. Comenzó a llover, Ramón sollozó y sonrió como si el agua del cielo anunciase nuevos tiempos; se sentía dichoso de la comprensión de su mujer y se acercó a ella para besarla apasionadamente cuando… El timbre.
—¿Quién es? —preguntó Ramón.
—Vengo a rentar el cuarto —contestó una voz ronca con acento norteamericano.
Ramón abrió la puerta, frente a él estaba una silueta oscura que se iluminó, por un momento, con el anuncio titánico de un relámpago y su trueno. La lluvia se soltó más fuerte. Era un sacerdote alto, rubio y de ojo claro. Se presentó y sonrió a todos amablemente, los hijos devolvieron la sonrisa y la esposa mostró su simpatía. Ramón lo hizo pasar, lo invitaron a cenar y al terminar explicó su situación. Se llamaba Michael Bates y era originario de Boston, Massachusetts, se encontraba en Pachuca para evangelizar de manera libre, rebelde y franciscana. Era simpático, en sus modales y amabilidades se ganó a la familia de Ramón, incluido él, más aún cuando ofreció pagarles diez mil pesos sólo por un mes de alojamiento.
—Sólo necesito un mes para cumplir con mi misión.
Y así comenzó su estadía con Ramón y su familia. Primera semana. Michael se levanta temprano y sorprende a todos haciendo el desayuno (huevos con tocino, café y jugo de naranja), cuando la familia se levanta ya está la mesa servida, la comida preparada y la cocina limpia y escombrada. Sale todo el día y regresa hasta la madrugada, pero no deja de hacer el desayuno por las mañanas. Segunda semana. Michael está todo el día en la casa, ayuda a la reparación de un mueble de la sala y, otro día, acompaña a la esposa de Ramón por la despensa de la semana. Otro día juega futbol con el hijo y otro día aconseja a la hija en sus problemas con sus amigas en la escuela. Ramón comienza a sentir celos por su presencia. Tercera semana. Ramón lo vigila, observa todos sus movimientos e intenciones y lo sigue todo el día. Un día lo espía en un parque, donde se encuentra con unos hombres de traje que le entregan un paquete largo y una maleta de equipaje. Otro día lo sigue a una iglesia y lo pierde de vista cuando éste se escabulle por la parte trasera. Al día siguiente irrumpe en su cuarto y esculca todas sus cosas, quedando sorprendido al encontrar, dentro de la citada maleta, partes desmontables de una poderosa arma. Un rifle, con mira telescópica, de fabricación alemana. Cuarta y última semana. Ramón le platica a su esposa lo hallado en el cuarto y ella no hace caso, piensa que sólo está celoso y, al fin y al cabo, sólo restan pocos días para que Michael se vaya a otro lado. Ramón insiste en que algo está raro y vuelve a seguirlo, una noche hacia el centro, por Revolución y subiendo por Guerrero. Michael entra a un edificio y sube las escaleras hasta llegar al techo, Ramón lo sigue de cerca y en silencio; lo mira encontrarse con una mujer despampanante y encuentra una barda que le permite esconderse y acercarse. Entonces se pone a escuchar… Un plan para matar al Presidente en su próxima visita a la ciudad. Ramón estaba sorprendido, preocupado y, extrañamente, excitado. Un plan para matar al presidente y él, sólo él, estaba enterado. Era la oportunidad para reivindicarse profesionalmente y enmendar sus errores del pasado. Seré un héroe deteniendo este atentado. Michael y la sensual mujer se separaron, al parecer ambos se bajaron y Ramón esperó unos minutos para salir de donde estaba resguardado. Pensó en un plan para impedir el asesinato, pensó en cómo tratar a su inquilino después de lo que había atestiguado; pensó en muchas maneras y, distrayéndose en todas éstas, al salir de su escondite se topó de frente con Michael. Ramón quedó inmóvil, sorprendido y helado. Michael lo miraba serio, fijamente y enfadado. Ramón quiso decir algo pero, apenas al intentarlo, cayó convulsionándose al recibir una descarga eléctrica que lo dejó paralizado, inconsciente en el desmayo.
—Tu familia será mi garantía.
Ramón recuperó lenta y paulatinamente la consciencia, abriendo y cerrando poco a poco sus ojos sintió que estaba amarrado de pies y manos a una silla de metal atornillada al suelo. Le costaba trabajo enfocar y todo lo percibía borroso, le dolía mucho el cuerpo y sentía que su cabeza le explotaba en una línea aguda recorriéndole el cerebro. Tosió para abrir su respiración y sentía que se ahogaba por la sequedad de su garganta. ¿Dónde estoy? Una bodega abandonada. ¿Qué fue lo que pasó? Reflexionó unos minutos y volvió a perder el conocimiento por la fuerte dosis que le habían inyectado de Clozadol.
—¡Despierta! —dijo Katia con acento ruso y echándole agua en la cara.
Ramón volvió en sí asustado y tosiendo, clarificó la visión y frente a él estaba la mujer despampanante que había estado con Michael.
—¿Quiénes son? ¡Qué quieren de mí!
Katia le platicó el plan del magnicidio, haciendo de su conocimiento hasta el más mínimo detalle para su realización. Que lo ejecutarían mediante un explosivo, que dicho artefacto ya estaba colocado en el lugar donde el presidente daría su discurso y que la detonación la activarían desde el hotel Camino Real.
—¿Y por qué me dices todo esto?
Ella contestó que requerían de alguien que supiese hasta el más mínimo detalle.
—¡Por qué!
—Usted es el chivo expiatorio —dijo luego de una pausa precedida por una risa que, aunque honesta, parecía falsa.
Ramón aún no digería la última parte del plan, que lo involucraba directamente, cuando sintió un pinchazo en la pierna. ¡Maldita! Katia le suministraba otra ampolleta de Clozadol, una dosis del tranquilizante para animales grandes, como osos y elefantes.
—Está bien, está bien, pero dejen en paz a mi familia.
Las imágenes que aparecieron en su mente retrataban la memoria de su pasado reciente, primero de sueños e ideales y luego de escepticismo y pesimismo. Pasó una hora y Katia ya se había marchado, entonces, resistiendo y luchando contra el efecto de la droga que ya recorría por completo su torrente, operando sintéticamente en sus sesos y mente, logró abrir los ojos y con fuerza zafar uno de sus brazos. Gritaba desahogándose y, con la adrenalina a tope, sacó fuerzas de su corazón para romper la otra atadura. Recuperó la visión y notó que no había nadie alrededor. Se limpió los ojos con sus manos y desató los nudos de sus piernas. Se puso de pie rápido y, mareado, caminó hacia una obertura en la que entraba luz del exterior. Estaba en una colonia a las orillas de la ciudad, una calle solitaria en la colonia Ex-Hacienda de Pitayas. Salió corriendo mientras el sol en lo alto lo deslumbraba e iluminaba como la última esperanza de la patria. Pasó al lado de un puesto de revistas y vio en todos los diarios la noticia de que al mediodía el presidente un discurso ofrecería. Auditorio Gota de Plata. Llegó a un teléfono público y llamó a su casa. Le contestó su esposa quien, luego de reclamarme por qué no había llegado a dormir, le dijo que Michael ya se había ido y despedido por la mañana. Ramón le ordenó que se fuera a casa de su madre, quien vivía en Actopan, que se llevara a los hijos y que no contestara ninguna llamada.
—¿Pues qué es lo que pasa? —preguntó ella.
—Van a matar al presidente y yo —dijo Ramón y la llamada se cortó. Su esposa nunca escuchó “voy a impedirlo”.
Miró el reloj y tenía poco tiempo, además de que estaba muy lejos para intentar llegar corriendo. Miró sus manos y se quedó observando. ¡Taxi! Le ofreció al chofer como pago su anillo matrimonial y éste lo llevó, lo más rápido que pudo, al Auditorio Gota de Plata, el cual ya estaba cercado por la Policía Federal. Pasó el primer cerco corriendo y se escabulló en los jardines, luego se ocultó tras una hilera de enormes camionetas blindadas y llegó a la parte trasera, vio la puerta de emergencia y, a punto de entrar y cruzarla, fue detenido por dos guardias presidenciales. Lo sometieron e interrogaron en una oficina móvil disfrazada de autobús turístico. Vengo a impedir el asesinato del presidente, hay una bomba a punto de explotar y tienen que creerme. Uno de los guardias llamó por radio a un superior quien, luego de conocer la versión de Ramón, llamó a su siguiente superior. Así sucedió con otros dos hasta que entró un hombre mayor de traje elegante, quien le hizo más preguntas y, luego de corroborar algunos datos con el Centro de Investigación y Seguridad Nacional, movilizó a todo sus subalternos por radio. Desalojaron y aseguraron el auditorio cuando descubrieron un maleta debajo del estrado, con un sonido rítmico de reloj de cuarzo. Todo justo antes de que el presidente subiera al tribuna. Soy un héroe. Los equipos de seguridad estaban concentrados en desactivar el explosivo, al parecer de una carga extremadamente poderosa. La comitiva presidencial no dijo nada a la prensa, sólo que las condiciones del lugar no satisfacían los requerimientos de seguridad, y se dirigió rumbo a la Biblioteca Ricardo Garibay, donde estaba el helicóptero presidencial. Redención total. El presidente, seguido de su séquito, caminó a través del mosaico “Homenaje a la Mujer del Mundo” de Byron Gálvez, en la plaza central del parque, cuando una mira telescópica apuntó con precisión a su garganta y un dedo índice tocó suavemente el gatillo de un rifle Schalke de fabricación alemana.
Una bala, de treinta milímetros, salió disparada desde un edificio en Zona Plateada.
Ramón fue aprehendido, juzgado y sentenciado a sesenta años de prisión por participar en la conspiración del homicidio del presidente de la república. Ese era el plan. Michael Bates recibió, del grupo que lo contrató, diez millones de dólares.
Una falsa alarma, pues la maleta en la tribuna no tenía nada, sólo cables de colores envolviendo una caja rellena de paja.
Al día siguiente, Michael y Katia partieron del aeropuerto de la ciudad de México rumbo a Italia, para cumplir en Roma con otra misión planeada.
Matar al Papa.

