Es en el silencio cuando nos reconocemos y nos enfrentamos con quienes somos:
El silencio nunca es absoluto. El trafico aéreo de las 3:00 am, los autos a partir de las cuatro, las aves junto con el amanecer y la cotidianidad de la puerta principal en el edificio, cuando los vecinos van hacía sus empleos. Alguien llama a la puerta, es la narcosis que releva a tu insomnio, ahí es cuando el silencio te arropa, te anuncia al oído que durante cinco o seis horas dormirás tranquilamente para después empezar el día a las 2:00 pm, durante un ciclo de 15 días.Silencio que anhelas en el trolebús en hora pico, porque pensaste encontrarías el silencio de las casi doce de la noche de camino a casa, como hace dos noches.
Silencio en bancarrota a menos de cinco pasos, siete estaciones de metro, 25 minutos, a menos de un kilometro, a nada de quebrar el silencio en una llamada a un teléfono celular.

Silencio involuntario en tus oídos al escuchar cómo discuten tus vecinos adolescentes afuera de la ventana de tu habitación.
Silencio guardado por días con tu madre pretendiendo lograr comportarte como mayor, que ya eres, pero te rehusas cada mañana, cuando la alarma despertador irrumpe en el silencio de tus sueños. Silencio que procuras con cada paso mientras caminas detrás de un Pastor Alemán sin correa, temiendo que te ataque por la espalda, idéntico al silencio en la atmósfera de quietud tras el pinchazo de morfina, mientras suturaban su violenta mordida de hace 20 años.

Silencio de tu sombra reflejada en las fachadas de las casas mientras marcas a tu madre y cuelgas, al no poder decir algo.
Silencio que acumulas todo el tiempo porque no has logrado deducir lo complejo de ser mayor, de no poder volver el tiempo para ser niña otra vez.
**
Si quieres leer más poesía, estos 1o poetas jóvenes mexicanos te gustarán.
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Sophie Van der Perre.

