Se sentó en el sofá, taza de té humeante en mano para continuar con una de sus películas preferidas. Aníbal veía las películas por parte, sentía especial predilección por el té negro, sin azúcar —no así por el café— y por cualquier filme de la Segunda Guerra Mundial. Se echó hacia atrás y mientras veía una de las mejores secuencias, comenzó a imaginar la manera en la que el mismísimo Dios describiría ese episodio:
“…Un capellán elevó una oración para tener buen clima para librar una batalla. Debo decir que no hubiera esperado que se me pidiera algo para emprender un acto al que siempre me opuse y que parecía negar por definición el propósito de aquel buen hombre en la tierra, pero luego de reflexionar un poco, accedí. Reconozco que la plegaria estuvo bien formulada. Querían ‘imponer mi justicia y sembrar la libertad entre los hombres y las naciones’; y si bien admito que sus métodos me eran contrarios, su intención era buena. El general de quien dependía el sacerdote lo condecoró, incluso. Hombre pintoresco, aquel general. Algo soberbio y malhablado, pero a fin de cuentas, y como pasa cada vez que ustedes deciden pelearse, hay quienes intentan devolver las cosas a su forma original. El estaba en ese bando. No quiero generalizar, pero en las guerras suelen ser otros los hombres, de lado y lado, que buscan algo más que paz y justicia”.

Aníbal se quedó pensando en esa contradicción mientras saboreaba su té, pero seguía sin entender. Le pareció incluso que el amor y respeto por la raza humana hubiera disminuido a niveles tan críticos que el mismo Dios llegaría a aceptar la violencia para restablecer la paz. Luego recordó lo que decía uno de los hermanos Karamazov: “si Dios no existe, todo está permitido”, y vio el gesto del capellán como el anhelo egoísta de tener la consciencia tranquila. El té comenzaba a enfriarse. Apagó la tele y releyó la novela de Dostoiesvski.

Se fue a dormir con más dudas que antes, pero sabiendo que pretender esclarecer con lógica todo acto humano sería una irremediable pérdida de tiempo. El sabor del té no lo abandonaba, ni tampoco la imagen de un soldado alemán usando un lanzallamas contra un aliado en medio de la nieve, mientras escuchaba la plegaria en “off”. El té, frío y a medio tomar, quedó en la mesa de la sala.
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