Hay hombres que viven aunque ya hayan muerto, aunque ya les haya sido arrebatado todo eso que los hacía humanos. En el siguiente cuento de Chizo, el protagonista habla de la muerte como quien habla de un viejo amigo a quien conoce tan bien como a sí mismo.

MORIR EN LUNES
Era lunes y lloviznaba, la tierra tenía un olor a humedad que se metía por los poros y se acunaba en el hipotálamo para no dejarlo escapar nunca. El reloj marcaba las cuatro de la tarde y desde que había amanecido Santiago tenía la lengua pegada al paladar. No había probado bocado, permanecía inmóvil sentado en su celda mirando hacia la diminuta ventana desde donde chispeaban unas ralas gotas de agua que le mojaban los zapatos. A las cinco le habían marcado sentencia en el pabellón de fusilamiento. Tenía una hora de vida. ¿Qué se hace en la última hora de vida?, ¿a quién se recuerda?, ¿a qué memoria nos aferramos para llevárnosla si es que es cierto eso de que hay un más allá?
De pronto, de la nada, se desembelesó y corrió hacia los barrotes de su celda desde donde le gritó al celador: “¡súbale el volumen a esa canción!”. El celador lo miró con recelo, inmóvil, en él sólo se percibía un ligero movimiento en la mirada. Santiago —en su última oportunidad de proferir buenos modales— le sentenció: “por favor, ¿es mucho pedir que ésa sea mi última voluntad”.
El celador le quitó la mirada de encima y salió del cuarto de celdas para cumplir con la encomienda recién pedida. La música aumentó su volumen y Santiago se puso a tararear mientras los ojos se le iban poniendo como el clima que hacía afuera. Se recargó en la pared y dejó caer poco a poco toda su estatura para quedar sentado en el suelo. Se concentró en la letra y la melodía de la canción y dejó esbozar una leve sonrisa.
La canción terminó y dentro de aquella celda mohosa se escuchó un sollozo. El guardia se acercó con un poco de curiosidad y otro tanto de morbo. Santiago sintió esa presencia en el umbral de la celda y levantó la mirada para contarle: “Mi hija murió un lunes como hoy, se ahogó en el río, la ahogaron, fueron tres desalmados. Cuando me enteré corrí al pie del río donde se encontraba tendida después de que la sacaron unos pescadores, tenía un espeluznante color violáceo, tenía los dientes salidos y el cabello se deshacía al tacto. Uno de los pescadores cargaba consigo un pequeño radio de pilas y refundido en el fondo de aquella lancha verde hacía sonar esta canción. La enterramos al día siguiente, no dimos parte a la policía. Dije que yo me iba a encargar y eso hice. Fui casa por casa, pueblo por pueblo hasta dar con ellos. El último, el que encontraron dentro de aquella cabaña en lo alto del cerro, se orinó antes de que le metiera el primer machetazo entre oreja y ceja”.
El guardia, asombrado ante tan cruda confesión, le respondió: “nada de lo que ha dicho está en su declaración, de haberlo hecho tal vez el juez no le hubiera dado la pena de muerte, a lo más un buen puño de años, pero no el fusilamiento”.
Santiago lo miró con ojos de quien ya no tiene nada y acto seguido le contestó: “En los últimos remiendos de vida, escupiendo sangre y con los ojos llorosos, me pidió perdón el muy hijo de la chingada. Le pidió perdón a un muerto. Y los muertos no perdonan. Así que ahí le encargo que se ponga bien atento cuando me estén fusilando, porque sólo usted va a ser testigo de cómo se puede matar a un muerto. Así que cuando llene el acta de defunción, hágame favor de poner que yo me morí un lunes, pero no este lunes, usted ya sabe”.

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Algunos grandes poetas mexicanos han escrito sobre la muerte. Si te interesa conocer sus obras, te recomendamos leer a Jaime Sabines y al joven escritor Gerardo Arana.

