-Debiste decirme todo desde el principio. Siempre dejaste que las personas hablaran por ti y jamás las pusiste en su lugar, pero ahora estoy feliz porque parece que ya aprendiste la lección. Siempre aprendemos de la forma mala, pero el chiste de la vida es nunca dejar de aprender, ¿verdad?
Mujer ansiosa y poco agraciada físicamente; esa era Lili. Siempre podía escuchar los gritos y llantos que le dedicaba a su marido cuando llegaba del trabajo. Escuchar todo lo que ocurre en 30 metros a la redonda era una de las desventajas de vivir en los suburbios de Washington; Montgomery, Maryland, para ser más específicos. Mi madre y yo hemos sobrevivido a la tragedia gracias a los cheques de invalidez que a menudo nos proporciona el Estado. Pero esa es otra historia que probablemente algún día les contaré.
Yo era muy pequeño cuando ellos llegaron al vecindario. Al principio parecían que era unos recién casados muy normales. Hasta llegué a pensar que la falta de gracia física de Lili podía compensarse por la dulzura aparente que demostró durante los primeros años que fue nuestra vecina. Los rumores sobre el engaño del marido con una mujer más joven se hicieron presentes y fueron aumentando con el paso del tiempo y la nula aclaración del tema. Se convirtió en una plática de chuscas entre las personas del vecindario. Aquella pobre mujer se convirtió en el postre de nuestras familias a la hora de la comida.
Una tarde de verano, justo a un par de semanas de terminar las vacaciones, hubo un silencio sepulcral en la casa de los vecinos. Estábamos tan acostumbrados a los gritos de las siete, que el simple hecho de tener silencio a esa hora generaba una falsa sensación de tranquilidad en el ambiente.
Sólo había dos posibilidades: Lili estaba totalmente drogada con alprazolam para la ansiedad o estaban teniendo una “reconciliación”. Cualquier caso me parecía repugnante. No podía pensar que en cualquier momento aquella mujer podría caer en sobredosis, y en el peor de los casos, imaginarla teniendo sexo no era algo que me complaciera en lo absoluto.
Esas tardes silenciosas se extendieron por varios días más. Algo comenzaba a preocuparme. Después de todo, era mi vecina desde hacía 14 años y aunque no me cayera bien, no me había hecho nada. De cierta manera, creo que me intrigaba lo que había pasado, aunque algo en mí lo presentía. A mis 19 años creo que estoy listo para cualquier cosa, nada podría sorprenderme; después de ver cómo mataban a mi padre en un intento de secuestro lo demás es superchería.
Llamé a la puerta y nadie contestó. Tomé el pomo y éste cedió a la primera sin ninguna queja. Entré a la casa y pregunté si había alguien. Lili contestó desde la parte superior de la casa y me dijo que subiera, que estaba aseando un poco la casa. Por un momento creí que era una propuesta extraña, pero el morbo me ganó y comencé a subir las escaleras de madera que chillaban de una forma extraña. Era como escuchar un murmullo ahogado entre la humedad que hinchaba la madera. El aroma a madera rancia y barniz viejo era muy fuerte. Llegué a un pasillo con tres puertas, dos a los lados y una al fondo. Unos cuadros colgados en la pared mostraban una pareja feliz posando. Pude observar de forma rápida una foto descolorida de unos recién casados que se mostraban frente a una triste tela en color verde olivo. Mientras desviaba la mirada del cuadro sólo podía pensar en la precaria calidad del estudio fotográfico.
Alcé la voz y pregunté: -¿dónde estás?-
La voz temblorosa de Lili me dijo que cruzara la puerta del fondo. Me acerqué y con paso firme crucé el umbral. Sólo pude verla de rodillas sobre la cama limpiando una enorme mancha roja. Me saludó y me quedé callado. Sabía lo que había ocurrido en esa cama, así que sólo pregunté:
-¿Dónde está tu marido?
-Se cometen locuras por amor.
Lili repetía mientras limpiaba la sangre del colchón.

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