“Música y pan, leche y vino, amor y sueño: gratis”.
Un poeta, Octavio Paz
1. El sueño

Junto con el tiempo echado a perder por no vernos —pese al vicio compartido de comer y beber durante días hasta hartarse—, el azar de las agendas permitió unir a un comedido grupo de diletantes aquella tarde bajo el techo ardiente de la cabaña. El olor a carbón y las luciérnagas de sus crepitaciones habían tomado la atmósfera y con ello nuestro ánimo: indescriptible es el fulgor de salivar desde la conciencia. Unas frotaban frutos y vegetales contra el chorro de agua fresca; otros cortaban pedazos de carnes para acomodarlos en ollas y sartenes, y los miembros de un último grupo —en el que me había nombrado como Descorchador Oficial de Botellas y Servidor de Copas—, distribuían diversos cacharros sobre una gran mesa de madera. Sin saber cómo, como debe suceder, se prendió un tema: las mismas comilonas grupales.
Todo comenzó bien. Gracias a las primeras burbujas de Cava, se trascendieron sin dificultades los términos de reunión y comida —fofos y antediluvianos—, y se llegó, casi unánimemente —¡hasta en esto la conjura de los necios!—, a la idea de que se trataba menos de una fragatta para la satisfacción del cuerpo que de un ritual dispuesto por el espíritu. Luego, por el efecto sideral de un par de botellas de Asti Martini, un Vino Verde, una de Veuve Clicquot Ponsardin, se determinó que, fuera del análisis de las artes y las religiones, los paraísos artificiales que uno guste y ordene, la comida por todo lo alto con los seres queridos, representaba —apenas a unos milímetros del sexo distinguieron algunos— el más grande ritual sanador que haya creado la humanidad. Nada mal. Por la quinta o sexta ronda, el enésimo plato fuerte —pasamos cual funambulistas por la cuerda floja de unos arenques en vinagre, un Marqués del Riscal, unos cortes de Prime Rib, un Maslaplana, unas tablas de quesos curados, un Matarromera, algunas buenas lonchas de jamón ibérico, un Protos, unos sesos en mantequilla, un Pesquera y otros más que aún no recuerdo—, ya la plática corría a galope y sin jinete, aspaventosamente, entre aseveraciones temerarias, licencias más que poéticas y, sobre todo, una selva infinita de pensamientos apocalípticos llenos de grasa y grandilocuencia: “Si no hacemos esto estamos muertos: los hombres de eso nos alimentamos”.

Ya era hora. Como buen Servidor de Copas surtí a discreción a cada uno de los comensales iniciando por mí: nada como dejarse arrollar por una, pensaba al derramar el vino, para calibrar la fuerza incandescente de una gran comilona colectiva. Ahí, en el centro de la mesa atiborrada de platos sucios y otros aún rebosantes, me descubrí fijando la mente en un sólo punto: el día en que todos —¡qué importa saber quiénes, en los pueblos, las ciudades, la nación entera!— saquemos las mesas a la calle, repletas de platillos suculentos, y nos sentemos con los vecinos para compartir el pan y el vino con paseantes desconocidos, como un acto libertario, jalar aire, ganar vida; mesas de risa y llanto, de juegos y cantos, de amor suelto, sin recelo, en las que nos descubriremos soñando con “El gran mantel” que soñó Neruda: “Sentémonos pronto a comer/con todos los que no han comido, / pongamos los largos manteles, / la sal en los lagos del mundo, / panaderías planetarias, / mesas con fresas en la nieve, / y un plato como la luna / en donde todos almorcemos”. El día en que nos atreveremos, por fin, mano a mano, a abrir un comedero nacional, en el que nadie nos diga qué hacer, de sol a sol, y comamos y bebamos sin importar que mañana moriremos, y seamos, rotundamente, un todo completo, hecho de almas iguales. Esto fue lo que soñé hace algunas noches. Un sueño que hacía con los pares. Por puro amor no al arte, sino a la vida misma.
2. La realidad

No importa que haya quienes piensen lo contrario —la condescendencia y el tributo nunca han sido un deporte nacional—, los cocineros son, mínimamente, creadores. Si no es que artistas, por todo lo alto. Y ganado a pulso. Expresan con sus platos un mensaje más o menos codificado, ese mensaje crea un estado de ánimo en su actualizador, un goce estético propiamente dicho —¿una dicha?—, y tal estado de gracia es una magnitud ostensible, definida de manera nítida y, todos lo sabemos, lo hemos vivido. Por ello es que buscamos una taquería y no otra, un puesto de mercado y no otro, un restaurante tal vez abierto en domingo, a una hora de camino, habiendo tantos otros abiertos a la redonda.
Comunicar, pues, y hacerlo cada vez a un mayor número de comensales su arte —seguidores, fieles amantes y hasta fanáticos—, es el trabajo gozoso, es decir el deseo, el estilo de vida elegido por un creador dado. Su reto. Ahora bien, ¿cómo asimilar, comprender a un grupo de cocineros, una cocina en la que confluye el mensaje de diversos creadores gastronómicos, artistas de lo magno culinario? ¿Y cómo hacerlo si este grupo de cocineros es uno de adoradores de la cocina en ciernes, cocineros amateurs, aficionados prácticos, adictos severamente a la experimentación y degustación de platillos como forma de poesía, entregados a reunirse con los suyos y crear de esa manera un territorio de libertad absoluta para levantar el relato colectivo? ¿No haría las veces esa reunión de museo vivo, surtidor de arte, ejercicio insuperable para la degustación no de comida, sino del otro y sus maneras, de su forma de ver la vida, un lugar, si se quiere ver así, para cometer la mejor antropofagia, engullir el alma colectiva?

Yo creo que sí. Y esa es, entre otras, la motivación de la Gran Comilona: juntar a los cocineros con los creadores, confundirlos, y a todos ellos con los visitantes al Centro Histórico para crear una tarde entre pares, majestuosa. Pletórica. Un día en que aparezcan las mesas sobre la acera, se decoren con manteles de colores y arreglos de flores, se dispongan los platos y los cubiertos para recibir a quien quiera “arrejuntarse” a la fiesta. Un día libre de transas y ojetes, sean políticos o curitas, u otros líderes de pacotilla, en fin, toda la gentuza de quinta, hecha por gente entera, esa que procura hacer el bien sin mirar a quién o, por lo menos, no va por aplastar al otro, dispararle a lo que se mueva, metafóricamente, en la sien: sólo para gente “neta”. Quiero decir, esa gente que cuando se topa con algo que está bien, no osa en hacerle hoyos, atentar contra ello, mordisquearlo por sus complejos, sus limitaciones, sus envidias, sus odios.
Un día en que cada familia o grupo de amigos saque un plato de la historia familiar y lo ofrezca a los demás, lo que a ellos les gustaba más cuando niños —y les preparaba su papá o su mamá, el abuelo o la abuela, quien fuera que les cocinara años atrás—, una sopa o un guisado, un antojito o un tentempié para la hora de la comida, tal vez antes, quizá después. Que ese día nos platicáramos las historias en torno a las recetas en nuestra progenie o ascendencia —porque todas ellas tienen su chiste, sus mañas, sus rollos, sus meollos—, tal como si fuéramos amigos de toda la vida; ahí en una plaza pública, en el centro de la enorme concurrencia, por el simpe hecho, el grande y humilde gesto de cocinar, para invitar al otro —al jardinero, al herrero, al abarrotero, al cartero, al limosnero, al lechero, al barrendero—, por primera vez a platicar: hacer patria, crear sociedad. Cosa estética, ética, cosa fundamental. Olvidar tanta muerte, tanto malestar, tanta orfandad.
Ese día, una día, en que ya postrados ante la felicidad concreta de la abundancia —ese cuerno verdadero, concreto de la plenitud, esculpido por nosotros, sólo por estar juntos y sabernos parte de un todo, los ciudadanos comunes y corrientes, de a pie, aquellos de la famosa prole, los naturales—, todos los hijos, pues, de cara a tal eje del espíritu que es la esperanza, sucumbamos al relato más abierto, a hablar de lo que sentimos sin nada al lado que nos inquiete, de nosotros, de la vida y la muerte y, sobre todo, de lo que hay entre; rodeados de caldos humeantes, guisados ingentes, entre pescados, cerdos y reses. Tragar, pues, hasta reventar, comer y cantar, cantar y tejer, tejer y contar hasta reventar, con toda la calma del mundo, sin parar, sin vergüenza por el qué dirán.

Ese día, un día en que usted y yo, querido lector, nos conozcamos frente a una taza de café y nos demos la mano —y entre gitanos, gracias a dios, no nos la leamos—, sirvamos nuestras comida y comamos, la que nos sirven los de enfrente y ellos la que nosotros le sirvamos, un día para que levantemos al cielo el humo de los anafres, abramos el paso de las calles a puros peatones —nada de autos, méndigos cafres—, un día, es día, en que ahítos de nosotros, sitiados libremente en la epidermis del relajo, comamos y bebamos y no filosofemos, comamos con todo, ya que sabemos que algún día moriremos; un día, pues, que mandemos todo a la tiznada, mandemos todo al carajo y cocinemos por horas con los amigos, a destajo, abramos el corazón, sin fachadas, a nuestros prójimos, a nosotros y comamos y bailemos y brindemos, como si fuéramos eternos y nuestro amor infinito, a mansalva. ¿Podremos? ¿Lo hacemos?
Si deseas unirte a este evento gratuito, La Chula Foro Móvil, Hostería La Bota y Mantarraya Ediciones, te invitan a la sexta edición de uno de los festivales de poesía más importante de la ciudad: Poesía por Primavera, los días sábado 22 y domingo 23 de abril; dentro del marco del festival, se llevará a cabo la Gran Comilona, el domingo 23 de abril, de la 2 a las 5 de la tarde, en la Plaza de San Jerónimo, una de las más bellas del Centro Histórico de la capital mexicana. La entrada es absolutamente gratuita.

Los únicos requisitos para participar son: llevar comida y bebida —lo mismo platos, vasos y cubiertos—, para compartirla gratuitamente con otros comensales sentados en la gran mesa que estará desplegada, o bien —en caso de ya no haber algún lugar disponible—, en las jardineras de la plaza. Compartir los alimentos, no desperdiciarlos, y pasar una tarde pletórica entre amigos, disfrutar del entorno. El respeto, la seguridad y la limpieza, serán cosa que hagamos entre todos. Hay que hacer del Centro Histórico nuestra casa ese día. Gozarlo en paz.
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Para más información, visita:
La Chula Foro Móvil
Poesía por Primavera

