La mente es capaz de hacernos creer aquello que no existe, como lo narra Ivonne Méndez en el siguiente cuento:
Hoy me he levantado antes de que el despertador timbrara, tenía miedo de despertar tarde. Hoy es un día importante. Ansiosa inicié el día sin detenerme a respirar. De prisa salí de casa, al llegar al semáforo y ver la luz parpadeante en rojo, me detuve absorta y sorprendida. Cómo he llegado hasta aquí, hay un hueco en blanco sobre los últimos minutos de mi existir. Sólo sacudí las manos mientras las empuñaba cerca de mi pecho en señal de plegaria.
Sin darme cuenta, en ese momento, había tirado con mi paso y mi abrupto freno por el semáforo en rojo, un carrito de flores que el vendedor se disponía a preparar para los conductores mañaneros. Insegura lo miré y pensé en disculparme o en sólo ignorarlo, mientras él levantaba el carrito animoso. A lo lejos, una figura extraña apareció, no le di importancia, no tenía tiempo. Vacilé en continuar, no supe si encender la radio y contagiarme un poco de energía para iniciar optimista o aceptar mi día gris. Avancé en automático cuando el armatoste que controlaba la vialidad se puso en verde. Repasaba en mi mente la presentación que debía dar, tratando de mejorar mis palabras.

Titubeante me detuve por un café. Será que deba pedir carga extra para que me ayude a despertar o lo mejor será medirme con un clásico americano. Por Dios, tantas decisiones y el día lleva pocas horas. El cajero molesto me dijo: Me ha retrasado, mi autobús se ha ido, y molesto me miró, ya sabe qué quiere. Nada —repliqué y cabizbaja salí del local. Preguntándome en silencio si sabía qué quería. Debo saberlo yo, al menos eso parece. Miré de reojo alrededor y me pareció ver, de nuevo, esa figura extraña. Aunque no le presté atención y continué.
Llegué a la oficina a buen tiempo para organizar mis citas y respirar un poco. ¡Rayos! Olvidé usar el uniforme. Sin darme cuenta, a mi lado había una cara desconocida que me sonreía. La miré indiferente sin entender qué le hacía sonreír tanto. Me dijo: Buen día, sin dejar de sonreír y agitar la mano en signo de saludo, como si creyera que no podía verla. Soy nueva, replicó. Hice un gesto y asentí con la cabeza. Bienvenida, dije. Al menos seremos dos sin uniforme, pensé. La dejé con la mano estirada cuando intentó darme la mano, y con una mueca dije: Lo siento. En el esfuerzo de estirar la mano un par de cosas cayeron de su puño. La miré y di la vuelta.

Indecisa, entré a mi oficina o la sala de juntas. Me tambaleé en la entrada, mientras tiraba los documentos de una agitada señorita que corría detrás mío. Y de nuevo una figura extraña pareció moverse por ahí, seguí sin darle importancia. La señorita hecha una maraña levantaba las hojas y se acomodaba el cabello, al tanto sus lentes se le escurrían por la cara y los detenía desesperada una y otra vez. No tuve tiempo de ayudarle, llevaba los minutos contados. Giré a mi oficina y suspiré al llegar, todo ha salido al menos, pensé.
Al mirar por mi ventana la figura extraña apareció, de nuevo no le di importancia. Dudosa traté de empezar. No sabía si iniciar mi presentación de una manera amistosa, ocurrente, hilarante o ser sensata, juiciosa y precisa. Recomencé y plantee desde el inicio mi trabajo, la ansiedad me invadió. Recibí una llamada, absorta en todas mi incertidumbre, contesté molesta sin reflexionar de lo que hablaba. Colgué furiosa. ¿Cómo es posible que no sepan a qué hora llega mi cita?, grité, mientras el teléfono se estrellaba. ¡Es imposible!, repetí. De un portazo brutal salí de mi oficina, envuelta en un cólera terrible.

Iré al roof a toda prisa, pensé. Mientras aquella figura extraña corría detrás de mí. Me detuve pensando si me serviría tomar el elevador o las escaleras. Intenté analizar las ventajas de ambas rutas, y en mi interior alguien gritaba ¡decídete!
Exhausta, me senté al borde de la escalera, rendida. Miré a mi alrededor, mi paso había tirado un perchero y quebrado un par de tazas del recibidor. Todos me miraban asombrados y la figura extraña que me había perseguido toda la mañana me dijo: La incertidumbre produce monstruos. Entonces levantó un espejo para que me pudiera mirar. Estallé en llanto llevando mis manos al rostro… la figura extraña, deforme y monstruosa era yo.
La incertidumbre produce monstruos, repetí.

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Someternos a mucho estrés puede provocarnos ansiedad y alucinaciones, pues nuestro cerebro no está procesando de la mejor manera todo lo que sucede en nuestra vida, por esta razón debes detectar a tiempo las 7 enfermedades que tu mente crea y te estar matando poco a poco…
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Silvia Grav.
