La muerte de Adán

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La muerte de Adán

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Adán murió sin decir agua va. Un domingo se desplomó sin más, de repente, a la entrada de su casa. El cuerpo quedó tendido sobre la banqueta, exponiendo una cara amarilla al sol. Los surcos de su frente y su cabello en tonos grises evidenciaban su edad avanzada. La barba la tenía medianamente crecida y los ojos perdidos; unos ojos acuosos que otrora se vieran nostálgicos, recordando ese remoto ayer, o radiantes de alegría frente al cálido incentivo de un mezcal o de un buen trago de tequila. Adán no sabía nada de amigos y mantenía una relación seca y distante con la familia. El licor lo conoció de su padre a los doce años, y no lo soltó hasta que cumplió el último de sus días. ¿Cómo dicen? El que muere por su gusto… Y para muestra, hace falta un botón: los médicos encontraron una botella en el lugar del deceso. La botella casi no hizo ruido al caer y si lo hizo nadie pudo escucharlo. El único ahí era el propio Adán, pero ya no estaba para escuchar sonidos. Su único hijo y su esposa lo encontraron más tarde y lo arrastraron, ignorando lo sucedido, hasta el patio de su casa. Una vez ahí, se preocuparon al notar que el cuerpo no respiraba; buscaron su pulso o algún signo vital, y nada. En seguida intentaron hacerlo reaccionar. Para empezar, durante varios minutos le pidieron con piedad que despertara, pero tras fracasar por esta vía, una vez ahogadas las palabras y sin otro remedio en mente, procedieron a asestarle varios golpes en el pecho, los cuales tampoco surtieron efecto. Convencidos finalmente de lo peor, el huérfano y la viuda hicieron las ceremonias correspondientes. Avisaron del deceso a los familiares que les pareció prudente avisar, y contrataron los servicios de una funeraria. No había oscurecido aún cuando un par de doctores se presentaron en el lugar, ataviados en sus batas pálidas y pulcras, y taparon el cadáver con una sábana blanca. El post-mortem no reveló nada nuevo; paro cardiaco y asfixia, propiciadas por el abuso en la bebida.

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