Caminábamos por las calles subterráneas de la ciudad esperando encontrar algo distinto que hiciera soportable el ambiente bochornoso y vacuo de las plazas y las avenidas externas. Nos parecía que allá abajo se estaba bien y que no hacía falta el contacto humano para ser dichosos al ver los techos gotear y observar a los perros callejeros que se hallaban, viendo siempre hacia la luz de la salida pero reconfortados de no tener que enfrentarse con el sol y la sed.
De vez en cuando, pasaba zumbando algún coche que no dejaba de escucharse hasta mucho después de que se perdiera de la vista. Sus luces desaparecían lentamente mientras nosotros explorábamos los huecos que parecían abrirse, lóbregos y misteriosos, a los costados de la calle. Pensábamos en el destino que le deparaba a aquel que se atrevía a explorar los oscuridad y en la pérdida total del contacto con el mundo que nosotros igual detestábamos. Incluso, varias veces nos miramos a los ojos —o a donde creíamos que el otro tenía los ojos— sólo para escrutar algún movimiento que anunciara algún tipo de abandono.

Nos dimos cuenta muy pronto de que, aunque estuviéramos fuera de la vista de los demás, nos seguíamos comportando como humanos, con el reflejo de lo que aprendimos de ellos. Pensé entonces que el simple hecho de haber nacido de un vientre humano, con una genética humana, le confería a mi ser una especie de determinación de la que no podía escapar. No importaba que nadie pudiera vernos u oírnos, las palabras de amor y las miradas seguían cruzándose con cautela y con recelo; los dos aprendido a ocultar los deseos y eso era lo que hacíamos, allá, lejos de la bulliciosa y espléndida ciudad cosmopolita.

Hubiéramos podido estar en una isla desierta y aún así recurrir a las divagaciones. Parecía que la humanidad era una imposición que teníamos que llevar hasta las últimas consecuencias y que no podíamos abandonar sin que pesara sobre nosotros una suerte de desesperación parecida a la locura. De hecho, yo pensaba que la locura, como muchas otras enfermedades, había sido inventada para contener a todo aquel que decidía desprenderse de esa tan proclamada humanidad que consistía en ceñirse a las reglas establecidas; el hombre entonces, incluso cuando caminaba por debajo de la tierra, abandonaba sus deseos para no abandonar su humanidad y con ello mantener una racionalidad, una mesura que no tenía que ver consigo mismo.

Pensaba mucho mientras caminábamos por ese túnel y por esos pasajes llenos de goteras y huellas de animales desconocidos cuando vi algunas ratas correr en dirección contraria a la que nosotros íbamos. La lluvia arreciaba y teníamos que seguirlas para regresar por donde habíamos venido, y no arriesgarnos a caer en algún agujero oculto por el agua que corría por los túneles. Entonces deliberé que incluso las ratas son más inteligentes que nosotros porque son capaces de determinar sus necesidades más apremiantes y lanzarse a cumplirlas sin mayores e inopinadas reflexiones.
La besé mientras el agua comenzaba a acercarse a nosotros, después corrimos desaforados y alegremente para preservar íntegra la vida. Eso es lo que hubiese hecho cualquier ser humano consciente y cualquier animal sin locura.

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Estos 16 consejos de Gabriel García Márquez te servirán si eres de aquellos que sueñan con ser escritores, pues para ser el mejor hay que seguir las recomendaciones de los grandes.
