–¡Qué sí! –repite Ella.–¡Qué no! –le dice Él.
Una feria; el día nublado. Ya hemos estado ahí, así, lloviendo de esa misma forma viendo a otra pareja discutir. Qué no, qué sí, qué sí, qué no. Ninguno de los dos tiene la razón. La Rueda detrás estará girando durante las próximas dos horas, después se tornará de noche, se prenderán las luces y finalmente dejará de girar, algo quedará arriba y algo abajo. Ellos quizá ahí seguirán, quizá se hayan ido, cada quien a sus respectivos departamentos, o al de algún amigo o un familiar… las posibles combinaciones son casi infinitas. … En efecto, siguen ahí. Detrás de Ellos el tiempo cambia. La rueda gira, la rueda para, el sol sale, el sol se mete, la luna dice, las nubes lloran, los días pasan, las noches más. En efecto, siguen ahí, viéndose a los ojos mientras se van haciendo viejos –excepto que en este mundo la vejez se representa como física juventud–. Pasan los días y Ellos se vuelven unos adolescentes, de unos cuarenta y tantos de edad, similar a lo escrito por el Señor F. Sus caras se vuelven lisas, sus cuerpos más delgados, sus labios y sus rostros se tornan más tiernos, sus cabellos largos, su condición más estable, pero atrás, la Rueda todavía gira, el arriba y el abajo se van alternando. Y el sol sale, las nubes gritan, el mar pega, la luna habla, los días pasan, su amor es puro. Son pequeños, inocentes, ingenuos, ignorantes pero se siguen mirando a los ojos, azulados, estrellados, empapados como el cielo, ya nublado, como antaño, el pasado, de adultos, de ancianos, al principio, menos sabios. Al final, como nosotros, se toman de las manos y nos dan la espalda… la Rueda para.

