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Home Arte Letras

La rutina mata

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enero 23, 2023
in Letras
La rutina mata

La rutina mata

Pintura bruno para cuento. - la rutina mataPintura por Bruno Berthier

Cuando Evelio Cabezas se levanta cada lunes, encrespado, entumido y con la cara hinchada, apaga el despertador de mala gana y confundido descubre que ya se le ha hecho tarde, aún siendo muy temprano.

Inmediatamente se incorpora como aquel que no quiere la cosa, porque si se queda en cama, se le olvida el mundo e inicia nuevas vidas en sus sueños y, por ello, enseguida va directo al baño donde orina y bebe un poco del grifo de la llave, pues a él ya no le importa que el agua del D. F. esté contaminada. Después, prepara la regadera tan caliente como a él le gusta.

No más de seis minutos en la ducha, aproximadamente, y cierra el grifo antes de que el calor del agua disminuya gradualmente por la pérdida de potencia de su calentador eléctrico. Con el tiempo ya se ha vuelto un tipo serio, aunque toda su existencia parece una mentira o, al menos, él ve así las cosas y eso es lo que verdaderamente importa en este cuento. Evelio siente que en su vida nunca a luchado realmente por nada y, por ende, nunca ha ganado algo por sí mismo. Y eso lo lleva arrastrando ya desde hace algunos lustros, como el peso de un esclavo que en la juventud fue un hombre libre.

Así, antes de salir del baño por completo, toma cuidadosamente su vieja bata azul marino y la ajusta a su cuerpo, que aún desliza agua. Dando un paso fuera de la ducha, se queda parado en el tapete blanco del baño para no mojar el suelo frío. Ahí empieza a secarse rápidamente el pelo con una toalla pequeña, para después ponerse un poco de crema en su esbelto cuerpo, pero nunca en la cara.

Sale y camina desnudo hacia el armario. Se viste. Baja a la cocina en busca del desayuno que come rápidamente: una taza de té verde, un poco de yogurt griego acompañado con avena, un plátano, una manzana o alguna fruta, y un cigarrillo que él mismo se hila y se fuma con cierta calma. Después, recoge su plato, cubiertos, cenicero y taza, y se prepara mentalmente para el transcurso en auto, pues él sabe que cruzar de sur a norte la Ciudad de México a esas horas le llevará por lo menos hora y media.

Resignado, toma un libro para el tráfico y su portafolio de cuero.

Esa es su costumbre y no la hubiera quebrado en lo absoluto si no es porque ese día, antes de salir de casa, Evelio se detuvo en frente del espejo en el que se quedó más de un minuto pensando que lo que había ahí, delante de él, no era más que una vida que se acaba, que se desgasta con el paso de los días. Y así, cruzó por el marco de la puerta resignado, aún más cansado de lo que se había dormido el día anterior.

Esperando la llegada del elevador, recordó que hoy apenas era inicio de semana y que aún faltaban muchos días para la quincena, por lo que empezó a hacer cálculos mentales, pero antes de finalizar cualquier resultado, llegó el ascensor y perdió la cuenta de sus sumas, sus restas y sus divisiones de las compras con tarjeta a seis o doce meses, y ni hablar de gastos fijos –luz, agua, gas, Internet, teléfono– porque nunca figuraron en sus ecuaciones.

Se abrieron las puertas del elevador y no había nadie. Un poco de buena suerte, pensó, porque no estaba de humor para saludar con una sonrisa fingida a alguien durante esos segundos de descenso al lobby. Antes de subirse revisó si traía las llaves de su carro, que encontró fácilmente en el bolsillo interno de su saco. Y también, antes de subirse, dio un vistazo rápido por la ventana del pasillo y lo que descubrió fue al cielo en plena alba.

La vida, para él, ya ha dejado de tener sentido. La monotonía y su falta de iniciativa para reinventarse a sí mismo lo ha dejado paralizado, estancado en un momento solitario, resintiendo todo lo que nunca tuvo y sin darse cuenta que parte de la vida es aprender y construir con lo que uno tiene. –He dejando de creer en el misterio de las cosas, en las aventuras de los viajes y en mí mismo– pensó en ese medio minuto de bajada con los ojos cerrados.

En la planta baja, cuando abrió los ojos, se encontró de frente a su inquilino y su vecino, a quien saludó de forma indiferente, sin dirigirle ni siquiera una mirada.

–Buenos días– dijo él entre dientes, saliendo torpemente del elevador.

–Buenos días– recibió como respuesta.

Él bajó la vista inmediatamente y siguió por su camino. Eduardo, su vecino e inquilino, fue quién volteó el rostro cediéndole el paso y se le quedó observando. Él pagaba en efectivo su alquiler a tiempo, no hacía mucho ruido, los fines de semana nunca estaba y Evelio siempre le había parecido el tipo más gris e introvertido que había conocido, por lo que nunca habían entablado amistad alguna aunque ya se conocían desde hace algunos años.

Ya en la calle, descubre que hace más frío que de costumbre pero no le da importancia. Metiendo la mano que no carga el portafolio a un bolsillo de su saco negro, del derecho, va hasta el automóvil donde guarda, en la cajuela, el portafolio. Después, Cabezas arranca su auto y emprende el camino a su trabajo.

El tráfico se pasa como siempre entre las lucecillas ciudadanas, la constancia de la primera y la segunda, la lectura de párrafo en párrafo en cada semáforo en rojo, la abundancia estúpida de carros y avenidas congestionadas, los vidrios hasta arriba, la radio a bajo volumen, el sonido del claxon del desesperado, los policías parados a media calle, la gente que camina entre los coches porque las banquetas son insuficientes y todo lo que uno encuentra en las calles (en su mayoría con olor a caño) llenas de vida en la capital de México. Hasta que por fin llegó a su destino.

Dejó el coche en un estacionamiento en la calle de Florencia, que da promoción por seis horas a cincuenta pesos, y caminó sin detenerse al edificio de oficinas donde la compañía para la que trabaja renta todo un piso, situado en la calle de Reforma. Y así, se pasó el día lento.

A las cuatro en punto Evelio sintió un fuerte dolor de cabeza, se salió sin avisarle a nadie del trabajo y, sin detenerse, emprendió su regreso a casa. Una vez puesto el coche en marcha recordó la falta que le hacía tener una mujer, o por lo menos sexo. También recordó a su última novia, con la que estuvo a punto de casarse y la cual ahora lo odiaba por sus infidelidades.

Su regreso fue rápido, el flujo de carros del periférico estuvo bien hasta el diez para las cinco, cuando lentamente se fue congestionando, como de costumbre, y el tumulto de carros permaneció hasta pasadas las diez de la noche. Es triste, pero su única alegría del día fue pasar por el segundo piso sin tráfico alguno y ver desde arriba, en plena tarde, la enorme ciudad y sus millones de techos impermeabilizados con ese rojo borgoña o, en algunos casos, granate.

Como era de esperarse, Evelio descubrió su departamento tal cual como lo había dejado. Así, caminó unos pasos hacia la cocina donde abrió la nevera, sacó una cerveza y, después, fue hacia el armario. Se desvistió poniendo su ropa sucia en el cesto y se puso la pijama: pants y T-shirt blanca. Una vez listo, prendió el televisor y, al ver que no hay nada de su interés, lo apagó. Se quedó inmóvil por unos momentos hasta que prendió el televisor nuevamente y terminó cambiando canales sin ver realmente nada.

Entre abrazos rotos y el olvido, entre la necesidad de algún futuro y el recuerdo del pasado, Evelio suponía que con ese amor de mala puntería nunca volvería a conocer a nadie, y terminaría solo en cama el resto de su vida. Angustiado, se paró con el control en mano y se fue directo al baño.

Ahí se vio al espejo y se vio a sí mismo transformado, peor que nunca, tan horrible fue su imagen que desencadenó en él un ligero llanto cargado de dudas y de noche. Poco menos de un minuto y Evelio, para distraer su mente, prendió otro cigarro sin percatarse que no había fumado un segundo cigarro en el día desde hacía mucho tiempo. Y así, volvió enardecido a su habitación donde, bajo de autoestima y asustado, tomó impulsivamente el arma que su padre le había dejado como parte de su herencia.

Empuñando fuertemente el mango del revolver no lo pensó dos veces, colocó el extremo del cañón en su boca. Enseguida, jaló del gatillo y terminó con su vida, olvidando que la televisión se quedaría prendida hasta que mañana, alrededor de las once a.m., la señora Guadalupe abriese el departamento y, tras encontrar su exánime cuerpo, llamase a la policía y ésta acudiera con peritos a encargarse de la escena.


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