El Matrimonio del cielo y el infierno, de William Blake, funge como un intento de conciliación entre el bien y el mal, entre el eros y el tánatos, entre la vida y la muerte… entre el eterno juego de los opuestos, que es reforzado merced a una concepción dualista que se extendía desde el ámbito científico, cultural y social, hasta llegar a las esferas de lo artístico. La visión de Blake choca con esta postura dominante, que es la propia de la Inglaterra del siglo XVIII, más próxima a una suerte de ilustración irredenta que a los caminos de la comunión entre el aspecto racional e irracional del ser humano.
La apertura de dicho poema, que da cabida a la voz narrativa del diablo, constituye precisamente un canto a la vida, una celebración de la subversión de las cosas en la que bien y mal se funden en una sola amalgama, es el diablo no una clásica representación del mal, sino el portador de la luz, el mensajero que viene a disipar la oscuridad que se deriva de la ignorancia y la mera razón instrumental; el diablo es un portador, un mensajero que, al igual que el ángel, desempeña un papel crucial en el proceso de desarrollo del ser humano y su búsqueda de la auténtica libertad.

Recordemos que tras el prólogo, es el diablo el encargado de anunciar:
Todas las Biblias o códigos sagrados han sido la causa de los errores siguientes: .- Que el hombre posee dos principios reales de existencia: un cuerpo y un alma. . – Que la Energía, llamada Mal, no procede sino del cuerpo; y que la razón, llamada Bien, no procede sino del alma. . – Que Dios atormentará al hombre durante la Eternidad por haber seguido sus energías. Pero los siguientes contrarios son verdaderos: – El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma. Aquello que llamamos cuerpo es una porción de alma percibida por los cinco sentidos, pasajes principales del alma en esta edad. (Las bodas del cielo y el infierno)
Dicho anuncio puede interpretarse como un canto a la liberación, como una descripción no sólo provocadora para la época del poema, sino como un llamado de atención puntual sobre la noción de bien aceptado, aquí es cuando se plantea, con fuerza por parte de Blake, una reafirmación del sentido de lo humano a través de la crítica poética: el hombre es una amalgama, una mixtura en la que bien y mal, cuerpo y alma, no son entidades abstractas y separadas, sino una sola y misma cosa que da cabida al desarrollo de aquello que nos hace humanos y simultáneamente divinos.
La descripción del acto simbólico, la más explícita trasgresión sobre lo que implica el bien aceptado, se evidencia a lo largo del poema, en especial cuando Blake señala a través de los proverbios del infierno:
Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz. La Eternidad está enamorada de las producciones del tiempo. La abeja laboriosa no tiene tiempo para el dolor. El reloj mide las horas de la locura; pero ningún reloj puede contar las horas de la sabiduría. Todos los alimentos saludables son atrapados sin una red ni una trampa. Usa número, peso y medida en un año de escasez. Ningún pájaro se eleva demasiado alto si vuela con sus propias alas. Un cuerpo muerto no venga las injurias. El acto más sublime consiste en colocar otro delante de ti. Si el tonto persistiera en su locura, se volvería sabio. La locura es el manto de la canallada. La vergüenza el manto del orgullo.

Cabe añadir entonces, que el mensajero que proviene del averno es el encargado de mostrar verdades simples, eternas e incorruptibles que no son las admitidas por el establecimiento y el consenso de los hombres; es la figura del demonio la que ilustra el corazón y la mente, y no la razón en los hombres, para señalar que la comunión y el sentido religioso auténtico, descansa sobre una superación de los opuestos, sobre una conciliación de los mismos, que al final vendrá a ser la comunión de los opuestos.

