Te presentamos un cuento de Eduardo Morga:
Le escribo casi diario pero no encuentro nada, la llamo por su apellido por alguna especie de atribución ontológica. Es difícil congelarse en el espectro de los “dados de esmeralda”. He fumado por años y he buscado pornografía de rubias y señoras casadas rabiosamente; me exhibo en un perfil de Internet que no coincide con mis realidades menos afables.
Hay que ir al fondo para encontrar el túnel de la salida hacia el mundo. Es necesario inmiscuirse en el mundo para mirar el sol de frente sin quemarse las retinas. Millones de cubanos se congregan en las plazas para obtener el Internet, la entrada al mundo, creen ellos.
Me gusta escribir así, a párrafos de tres líneas para no tener que pensar demasiado en argumentaciones enredadas como ovillo de gato; soy incapaz de escribir con esa coherencia tan demandada por el mundo tecnocrático; me enferma tener que ser claro, conciso, sucinto. Desprecio el antibarroquismo; desprecio el barroco.

Desprecio la metáfora de la metáfora. ¿Cómo es escribir en libertad? ¿Cómo es no tener que leer los libros de “pe” a “pa” sin sentirse vacío? ¿Cómo es no leer con prisa y comprender algo, sentir algo? Mirar un cuadro de la exposición de Manet y no pensar en una naturaleza muerta.
No puedo escribir nada, la vida se vuelve mecánica y eso no es bueno para nadie que quiera escribir; si acaso es conveniente para los que visten de traje y corbata y trabajan de nueve a seis. Después un par de cervezas y media cajetilla de cigarrillos. Después dormir como si el traje y la corbata no se ensuciaran.
¡Benditos aquellos que están conformes con el traje y la corbata! Yo necesito cerveza, vino, vómito café, inopia de escritura, sueños relampagueantes, collages Gironella, máquinas Lettera y botellas de vidrio. La insatisfacción del mártir, la calle que es otra calle del poema de Paz. La cama de Artemio Cruz, para recordar. El hielo de García Márquez. Literatura.
Ginzburg comiéndose el queso con los gusanos reptando. Historia.
Todo me parece una locura que amo.

Me imagino cómo tomaba litros de vin rouge una mujer como Duras, cuánto fumaba Fitzgerald o cuánto bebía el periodista boxeador.
Recuerdo la fotografía de un historiador alemán que encontré con mis amigos (“falta de respeto in extremis”). Imagino a mi mujer durmiendo mientras yo escribo.
Hablando de ella:
—¿Sabes qué hora es? Ven a la cama.
Y comienzo a leerle una revista vieja. Un magazine que tiene en la portada a una gorda pintada por Botero. Creo que a Botero no le gustaba mucho esa idea de gordura —tal vez grosor, tal vez densidad—.
Recuerdo un plano hermoso de la abadía vieja de Eco, lo relaciono siempre con El gran silencio de un alemán que me ayudó a dormir muchas veces, hasta el día en que aprendí a mirar con tranquilidad verdadera, no esa tranquilidad de los que hacen yoga encima de una toalla de lujo en un resort de Polanco.
¿Qué es la espiritualidad si no una caja de cigarrillos y una botella de vino con la obscuridad de la pintura negra y las cortinas de Salman Rushdie?

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Cuando es necesario ponerse a pensar en ciertos aspectos de la vida ayudan Las 30 mejores reflexiones de Isabel Allende sobre la vida o para la distracción entérate de La última cena de Hitler, Hendrix, Cobain y otros personajes antes de morir.
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La fotografía que acompaña el texto pertenece a Rachel Baran

