Cierta tarde, Max Brod recibió una carta proveniente de su gran amigo y confidente Franz Kafka. Ésta incluía las instrucciones sobre qué debía hacer cuando Kafka muriera. Para empezar, le hacía responsable de sus obras literarias, hecho que ya habían acordado en alguna de sus constantes reuniones, pero ahora estaba puesto sobre un papel. Sin embargo, había también un pequeño requerimiento que iba más allá de la carta y que dejó perplejo a Brod.
Kafka escribía con cierto aire de decepción: «Querido Max, mi último deseo: Todo lo que dejo detrás de mí… es para ser quemado sin leer». Sin saberlo, dos años después moriría el genio literario dejando ante un notario la instrucción específica de que parte de su obra pasara a ser de propiedad de Max Brod y otra parte a su viuda, Dora Diamant, a quien también le solicitó quemar su obra por completo, al menos lo que ella poseía. La mujer que le dio amor al final de sus días cumplió con la última voluntad y se deshizo de gran parte de la literatura de Kafka, a pesar de saber el gran valor histórico, social y hasta monetario que podía tener.

Lo que no logró ser destruido por ella fue confiscado por la Gestapo en 1933, incluidos cuadernos y cartas con manuscritos. En cambio, lo que estaba en manos de Brod fue publicado gradualmente, a pesar de la voluntad de su amigo, ya que estaba seguro de que éste no era capaz de notar el enorme talento que poseía, o quizás era tan astuto que no pretendía compartirlo con nadie. Lo que sea que haya pasado, Brod tuvo la buena voluntad de compartirlo con el mundo, como muchas otras conscientes personas que convencieron a los grandes genios de la literatura de no deshacerse de sus obras para que el mundo las gozara y les diera un valor sociocultural tan alto como el resto de sus creaciones.
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La Eneida (S. I a.C)
Virgilio
Antes de morir, el poeta Virgilo dejó instrucciones precisas que decían que debían quemar el último poema que escribía: La Eneida, misma que le llevó gran parte de su vida y que no pudo terminar. De hecho, esa fue una de las razones por las que no quería que fuera publicada. La dejó inconclusa por el simple hecho de que tenía aspiraciones realmente altas: hacer una síntesis del pueblo romano y las aspiraciones del mismo, pero con el aire más inspirador y halagador de la historia de Roma, en especial, luego de recibir el encargo del emperador Augusto, quien le pedía glorificar al Imperio. Se piensa que tal vez Virgilio no estaba del todo conforme con la historia que había empezado, ya que no quería darle tanto valor a Roma y su supuesto origen mítico.

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Se dice que el éxito es lo más dulce (1978)
Emily Dickinson
Antes de morir, la escritora padecía de esquizofrenia, misma que le hacía escuchar voces, gritar de vez en cuando y tener una vida poco común en la que no podía ser completamente feliz. Ante semejante situación, la autora le pidió a su hermana Lavinia que quemara todos sus papeles y se deshiciera de aquellas obras que, en realidad, no le habían dejado nada. En aquel entonces, ella sólo se había atrevido a publicar un solo poema bajo el anonimato, puesto que pensaba que no sería ni bien vista ni tampoco leída. Al fallecer, en 1890, Lavinia llevó a cabo la última voluntad de su hermana; sin embargo, guardó sus 40 cuadernos y hojas sueltas que incluían cerca de 2 mil poemas y guardó con especial cariño Se dice que el éxito es lo más dulce, la primera publicación de su hermana.

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Fanshawe (1828)
Nathaniel Hawthorne
Como si se tratara de un pecado mortal, Hawthorne se avergonzaba de su primera novela. Luego de ser publicada la leyó y se dio cuenta de que no era una gran obra. Como todo gran crítico de su propia creación, le pareció que pudo haber corregido cientos de oraciones e ideas. El odio hacia ella empezó a crecer de tal manera que luego de un tiempo decidió acabar con cada copia que existiera cerca o lejos de él, por lo que buscó e intentó destruir todas y cada una de las publicaciones. Además de los errores que encontró en ella, no fue muy comercializada por mero desinterés del público. Todas las copias que se guardaban en una bodega fueron destruidas por él mismo. No obstante, una se mantuvo a salvo y 12 años después de su muerte se reimprimió.

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Almas de violeta (1900)
Juan Ramón Jiménez
A pesar de ser uno de sus libros más importantes en el ámbito modernista, Jiménez no lo consideraba bueno, de hecho, junto a Ninfeas, los consideró una aberración para el mundo literario. Sin embargo, pronto estuvieron postrados sobre estantes de varias bibliotecas a las cuales el escritor iba para, personalmente, retirarlos de manera ilícita. No obstante, no es su única obra vergonzosa —para él—. En general, luego de un tiempo, repudiaba sus propias letras denigrándolas y humillándolas. Quizá todo era en el afán de superarse a sí mismo, de manera que poco lograba rescatar de su trabajo.

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Carrie (1974)
Stephen King
Luego de escribir algunos cuentos cortos e historias que dejaban perplejo a todo aquel que las leía, Stephen King se decidió a hacer una novela que causara terror y angustia. Sin embargo, no sabía por dónde empezar y su esposa le sugirió (o mejor dicho, retó) que hiciera una novela donde la protagonista fuera una mujer y que, sin dejar de lado el terror, lograra cautivar. King se sintió no sólo retado, sino que auguraba un buen libro con aquellos factores: miedo y mujeres. De este modo consiguió escribir tres páginas completamente limpias de una historia que se convertiría en un clásico; pero como era de esperarse, no se sintió conforme con ellas y las desechó. Su esposa las encontró en la basura y las rescató para que él cumpliera con el reto… Ya sabemos el resultado.

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Sobre héroes y tumbas (1961)
Ernesto Sabato
Acostumbrado a deshacerse de sus escritos con un cerillo y combustible, estuvo a punto de hacer los mismo con esta novela. Sin embargo, su esposa lo detuvo y trató de hacerlo entender que esa historia sí tenía futuro, no como las otras que había convertido en cenizas. Ante la persuasión de su esposa, no tuvo más remedio que aceptar; sin embargo, por más esfuerzos que hizo, no conseguía estar conforme con el relato final y mantuvo esa idea hasta el día de su muerte.

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El pez en el agua (1993)
Mario Vargas Llosa
Luego de terminarlo, o al menos casi todo, lo releyó varias veces teniendo en consideración que no era su mejor trabajo. Aun así, trató de convencerse de que estaba haciendo las cosas de manera correcta, hasta que no tuvo más remedio que resignarse a la tristeza y se terminó de convencer de que no era, ni por poco, un trabajo digno de publicar. Así que tuvo que decirle a su amigo Javier Silva Ruete que quemara una caja repleta de versos, puesto que no era un buen poeta. Silva lo tomó y, fingiendo que lo haría, los leyó uno a uno, sólo para darse cuenta de que su amigo tenía mucho más potencial del que un día se imaginó.

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A pesar de que sus autores pretendían quemarlas o eliminarlas de la faz de la tierra por no estar del todo satisfechos con ellas, estas obras se han consagrado como íconos de la literatura, pero, ¿son de verdad grandes obras o sólo le estamos dando un valor, quizá exagerado, por venir de la mente de alguien de gran valía? Quizá por ello pretendían eliminarlas de su historial, tal vez nunca se sintieron lo suficientemente seguros para poder entregar esos trabajos y, posteriormente, darle un valor mucho más significativo del que ahora le damos.
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¿Tienes más de 30? Quizá ya debiste haber leído estos 72 libros, aunque aún estás a tiempo de leer estos 35 títulos.
