El cuento que se presenta a continuación fue escrito por la joven autora María Augusta Albuja. Disfrútalo.
El pacto
Timbraron. No esperaba a nadie. Vi a través del cerrojo y creí que me equivocaba. Me acomodé el cabello mirándome en el espejo de la entrada y abrí.
Llevabas el mismo peinado de Rolling Stone que siempre me gustó y los lentes de Marcelo Mastroianni en Ocho y medio.
—Pasa —te dije.
Me diste un beso en la mejilla y un paquete con una botella de vino.
Saqué unas copas y el sacacorchos del aparador y la abrí. Serví unos trozos de queso y aceitunas.
Después de charlar un rato, quisiste explicar la razón por la que habías venido.

—No lo digas —te corté—, ya me imagino, varias veces te dije que iba a pasar aunque lo negaras. Salud —agregué, alzando mi copa.
Bebiste pero sin brindar.
—¿Y qué hay de ti? —preguntaste.
—¿No lo sabes? ¿No me habías dicho que siempre averiguabas con quién salía, a qué se dedicaba el sujeto y dónde lo había conocido?
Mi comentario te dio risa.
—Sé que sales con un editor, que lo conociste en el lanzamiento de un libro. Oí que hacen buena pareja.
Asentí.
—Vine porque es muy probable que no quieras verme más.
—Es lo mejor. No creo que sea buena idea.
—Sé que no pensarías meterte con alguien casado. Además, todas las veces que sucedió, no salías con nadie.
—¿Pensabas hacer algo estando casado?
—No sé, esperaría que no, pero ya me conoces… En fin, no sé, yo he sido como un interludio entre una y otra de tus relaciones.
—Noto algo de reclamo.
—No soy nadie para reclamarte, hay más cosas por las que tú me podrías… En realidad, vine por nuestro pacto aunque supongo que dirás que no.

Permanecí callada. Recordé el pacto que habíamos hecho un tiempo después de conocernos: hacer un viaje antes de que cualquiera de los dos se casara. Nunca lo acordamos por las razones que acababas de dar, tu novia permanente y mis relaciones intermitentes. Pero quizá tenías razón, era ahora o nunca. El aperitivo y el vino se iban acabando.
—No sé qué decirte. No te voy a mentir, me encantaría, pero si mi pareja se entera, lo más seguro es que me deje y tampoco soportaría que tu novia lo sepa, aunque te perdone todas tus aventuras. Sería cruel tan cerca de la boda.
—¿Qué dices si te aseguro que no se enterarán?
Me mostraste en tu teléfono un plan detallado de los lugares que visitaríamos, la lista de actividades y las excusas que daríamos para que nadie descubriera.
—No puedo creer que de verdad te hayas puesto a planear esto.
—Con riesgo de que no aceptes.
—Permanecí en silencio, me serví más vino. Pensaba en si valdría la pena, pero contigo enfrente era difícil decir que no, siempre me había costado.
—Está bien –dije finalmente.
—¿En serio?
—Sí, seguiremos tu plan y esperemos que nadie se entere.

Cuando llegó el día, compré vino, de la misma marca con la que brindamos cuando me diste la noticia y me senté a esperar las fotos de tu boda en alguna red social. Me imaginaba que hoy te peinarías muy bien y que no llevarías lentes.
Repasé en mi cabeza las imágenes del viaje que nunca fueron fotografiadas y mucho menos estarían en la web. Me interrumpió una notificación de una nueva foto en la que mi novio acababa de etiquetarme.
Cuando ya iba por la mitad de la botella, timbraron. No esperaba a nadie. Vi a través del cerrojo y creí que me equivocaba.
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Las imágenes que acompañan al texto pertenecen a Elvira Leone.
Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.
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