Una leyenda Wixárika cuenta que cierta ocasión, los ancianos que regían la comunidad se reunieron para hablar sobre la situación que aquejaba a su pueblo: el hambre y la escasez de los alimentos. Para solucionar la tragedia de su gente, enviaron a cuatro jóvenes: agua, tierra, aire y fuego. Los cuatro emprendieron el viaje en busca de alimento y agua. Caminaron días y noches hasta hallar algo. Ante la casi fallida misión, comenzaban a decepcionarse cuando de pronto, frente a ellos, apareció un venado. Corrieron hacia él; no obstante, la falta de alimentos los tenía debilitados.
Al no alcanzarlo, el venado decidió dejarlos descasar una noche. Reanudaron la persecución al día siguiente. De pronto, sin percatarse del paso del tiempo, llegaron a Wirikuta a través de un camino que en la actualidad es la ruta sagrada que año con año recorren los huicholes. Una vez ahí, el venado parecía estar más cerca cada vez. Le lanzaron una flecha pero no era más que una figura conformada de planas de hikuri (peyote). Al verlas frescas y regordetas, decidieron llevarlas a su pueblo para alimentarlos.

Cuando los wixárikas consumieron la planta, el hambre y la sed se esfumaron. Además sus males se fueron. Desde aquel día, veneran a la planta considerándola un espíritu guía. Ante esto, los ancianos idearon una ceremonia para enaltecer el poder de la planta. Usando cantos ceremoniales y veneraciones al venado, guían a los habitantes por un camino cosmogónico al momento de consumir hikuri.
Las visiones que suelen tener son coloridas, llenas de figuras que bien podrían considerarse surrealistas. Caen lentamente en la psicodelia, casi como cualquier visión provocada por LSD. Esta droga tiene adeptos y detractores. Hay quien lo utiliza por simple curiosidad, otros por gusto y otros más por creatividad. Así como Jimmy Hendrix, The Beatles o Eric Clapton, crearon increíbles piezas luego de haber consumido una dosis de LSD o las historias que abundan en Internet que dictan que leyeron a Aldous Huxley bajo el influjo de esta droga, el poeta Héctor Hernández Montecinos explica en su obra literaria cómo es que el LSD influye en él y en sus sueños.

En un viaje de ácido, el poeta entra en un profundo sueño en el que las visiones que tiene, son relacionadas con sus más profundo miedos, placeres y deseos.
“Dios acaba de iniciar sesiónsu configuración personal es AjúnDios me ha agregado a su lista de contactos
corro por las calles para contárselo a todos
la gente al verme me pregunta de qué cuarentena huyo
yo sin ir más lejos apunto hacia la cordillera
y les pido que vean la aguja de cien mil ojos
pero todos se van y el desorden corporal doliente vuelve a mí”.

“Los Sueños Divinos” (LSD) es un diario de viajes. No de esos en los que llevas maletas y una cámara para documentar, es de esos en los que tu memoria se hace cargo de todo. Es una selección muy bien estructurada por parte del poeta que ha hecho desde 10 años ininterrumpidos.
“Mis amigos hacen música con los restos de la linda república de rodillas
Mis amigos ocupan las casas para la cultura y los persiguen
Mis amigos no escupen para el cielo porque ya no confían en él
Mis amigos hacen videos grabando la realidad
Mis amigos tienen nombres de santos pero es una graciosa coincidencia”.

Para él, sus sueños son viajes astrales, muy parecidos al ritual que los huicholes experimentan con sus cahamanes. El punto central, además de la sanación del cuerpo, es reencontrarse con sí mismo a través de una cosmovisión inducida por las drogas y el sueño, que son el camino para llegar a un punto espiritual poco explorado por él mismo.
Como parte de su obra poética, ha navegado en diversas corrientes como la dadaísta, en la que avienta palabras en el papel que le aparecen en el viaje. Uno de sus poemas más importantes es en el que los minerales que rigen la tierra están puestos caprichosamente en un orden desigual.


En una parte del libro, Hernández advierte que todo viene de su mente. Todo está en la imaginación y cada lector lo interpreta de manera distinta, pero con la prohibición de exceder el límite de la falsedad. Entonces comienza un compilado de poemas abstractos que cuestiona y pone a trabajar la mente del lector.
“Las mariposas nos parecen huesitosflotan sobre el aire como galopes de coral vemos cómo los milagros estallan delante de nuestros cantos
y los podemos contar con el dedo antes de que exploten
también podemos contar las mariposas y contar sus alas
y contar los cuerpos celestes y contar los Vientos del Norte
que son cien veces más que las mismas mariposas y mil veces
más que todas las gargantas y diez mil veces más que los ríos de sangre
donde bebemos para no morirnos y lo llamamos
el Río de los Huesos porque cruje como nuestra voz”.

Por medio de relatos hechos poemas, el artista narra la experiencia de viajar y estacionarse en un espacio que no está ni en la vida ni en la muerte, sino en medio. Hernández conoce a Dios, o eso cree, y lo platica de manera casi tan soez que causa miedo. “Los Sueños Divinos” pone a la deidad (sea cual sea) en un pedestal que no nos queda del todo claro, si es con el fin de enaltecer o de denigrar su figura. Es simplemente la visión de un hombre cuya “afición” al LSD deja mucho más que una canción progresiva o un dibujo abstracto, es un libro de poemas que funge como estimulante para viajar en una galaxia cosmogónica.
Conoce más del hikuri y descubre si es una droga o una planta sagrada, así como la relación entre el hombre y las plantas sagradas.
::
Referencias: Los Sueños Divinos
editorialpraxis.com
mexiconewsnetwork.com
