Los muros a mi alrededor desaparecieron. El techo cayó en mi rostro y mis brazos quedaron desechos. ¿Cómo pudo haberse ido así de fácil? Los días grises de pronto eran negros y todos los rostros que pasaban frente a mi se veían borrosos. Mi voz se fue con ella y mi oído también. No era más que un cascarón vagando por las calles tratando de encontrar la respuesta en el piso y nada apareció. Me tardé demasiado en darme cuenta que no luché; que probablemente sólo necesitaba un esfuerzo para traerla de vuelta.
Pensé entonces en Ángel González –poeta español y hombre con un corazón roto similar al mío–. El ganador del Príncipe de Asturias de las Letras tenía las palabras perfectas para convencerla de volver. No podía perder más tiempo.

“Me basta así” era el poema –o aún lo es–. Dentro de la carrera de Ángel Gonzalez es uno de sus mejores trabajos que dejan ver la vulnerabilidad humana con un estilo similar al que tenía Pablo Neruda. Lo había leído alguna vez en la universidad y pensé en que debí haberlo escrito antes que él. Sus palabras son tanto sencillas como próximas a los más profundos sentimientos; era lógico que sólo él pudiera crearlo. Supe entonces que tenía que encontrarlo y planear una misión de rescate –tenía que volver. Era necesario.

No hice demasiado. Escribí unas cuantas palabras propias y añadí el poema. Remarqué mi dolor y esperé lo mejor.
Este es el texto:
“Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta)”.

El mundo se detuvo –o al menos eso parecía–. Justo cuando fui a entregarle la carta junto con un cassette lleno de nuestras canciones preferidas, abrió la puerta. Me miró como si me desconociera. “Estás sucio”, dijo, mientras notaba los objetos en mi mano. “¿Qué es eso?” No pude responder ni decir nada; sólo la mire. Quitó rápidamente las envolturas, guardó la cinta en un bolsillo trasero del pantalón y comenzó a leer el poema.

Cuando terminó, arrugó la hoja en su mano. No cambió la expresión de su rostro.
“¿Creíste que nunca me iba enterar de lo de María?”
Sentí la sangre irse de mis mejillas. Mis brazos se debilitaron. Tiró la carta a un lado mío y partió.
¡Qué imbécil! Había olvidado ese pequeño detalle.
Lo merecía todo.
No soy como Ángel.

