“Nada es para siempre”, ¿cuántas veces no hemos escuchado esa frase para tratar de sanar un corazón roto? Sería más bonito pretender que todavía hay momentos que son capaces de alargarse toda una vida. Sería mucho mejor que el amor no caducara, que el deseo no se esfumara. Que fuéramos lo suficientemente románticos como para sólo querer besar una boca, hacerle el amor al mismo cuerpo y ver un rostro todas las noches, que nos colme de ganas de despertar al siguiente día y ver esos ojos en los que nos reflejamos.
He llegado a pensar que el amor en la modernidad ha sido abandonado como un juguete viejo, tirado en algún baúl o escondido abajo de una pila de artefactos que ya no dan para más. Ahora todo es tan fácil como mojarse el dedo y pasar la hoja, como si fueran piedras en la superficie de un río en donde no queremos caer, saltando de un corazón a otro, sin entregarnos completamente, sin depositar nuestros mayores miedos, las penas de la infancia, sin mostrarnos vulnerables, porque el que se desnuda pierde. Estamos confundiendo el “soltar” y “dejar ir” con soltar absolutamente todo y vivir como individuos completamente renuentes a este sentimiento.

Ya no nos importa si el que estuvo al lado de nosotros nos dedicó su último pensamiento todas las noches, si se desveló descifrando como podría volver a abrir su corazón, porque había jurado no volverse a enamorar de esa manera. Y en su ingenuidad de creer que había encontrado al amor de su vida en una persona para la que sólo era un pasatiempo, murió en el intento; La piel de su cara se acartonó, su corazón se clausuró, magullado y marchito, se convirtió en un ánima viviente, andando día a día entre la gente pero sin escuchar claramente sus voces, caminando solamente por reflejo, pero sin entrañas dentro.

Tenemos el poder de no hacernos daño entre nosotros, de irnos cuando aún no es demasiado tarde, cuando ni siquiera hemos dejado huella, de ser trasparentes por más que duela para ambas partes. Es verdad que cada uno permite hasta donde dejar entrar al amor y que de cierto modo puede llegar a ser “controlable”, sin embargo, al amor le agrada la rebeldía, a veces parece que se entierra entre los poros sin que nos demos cuenta, se mete por nuestros oídos cuando dormimos y nos deja en un estado de somnolencia, como una droga a la que es imposible renunciar.
El amor sigue vivo y seguirá, como el agua, el sol, la tierra que pisamos, y el aíre que flota ligero. Soló que al igual que un campo que ha sido invadido por imponentes construcciones y como aquel río hecho carretera, hemos querido forzarlo a que cambie su manera de ser, el amor en su forma más pura trae consigo alimento y cobijo, nada más tenemos que aprender a coexistir de nuevo en armonía y aceptarlo tal cual se presenta.

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