Algunos dicen que los adioses se escriben desde el primer cruce de miradas, de manos, de sonrisas. Nada es más seguro que las despedidas, también aseguran, a pesar de que cada uno de nosotros nos aferremos a la posibilidad de un por siempre…

Besos mariposa
Me dolía no saber cuándo un beso era el último.
Marcharme o ver marchar sin la posibilidad de ese beso final.
Mis historias de amor se han cortado de tal modo
que eran pocas las veces que podía saber cuándo el beso,
ese beso,
era de adiós.
Los aeropuertos me ayudaron a resolver ese problemita; en ellos abracé tan fuerte y besé con tanta furia
que la gente no sabía sí estaban en presencia de un reencuentro o de una despedida.
Fuera del alcance de los aviones aprendí que todo es transitorio
y nunca se sabe si vamos o venimos.

Mi naturaleza es tal y siento con tanta intensidad, que por mucho tiempo resultó más sencillo
resguardarme en un lugar imaginario donde el futuro me prometiera besos eternos.
Hoy sé que ese lugar lleno de expectativas fantasiosas no existe, está vacío de contenido.
Aprendí a no perderme en un laberinto sin tiempo y en su lugar, poco a poco,
empecé a disfrutar de los afectos como cuando las hormiguitas
se pasean por mi piel.
Se desplegó ante mí el delicado velo
de sentir la presencia de quien me acompaña a cada instante:
junto a sus manos,
sus caricias,
sus esquinas,
dobleces y nudos.

Yo ofrezco mis manos,
mi cuello,
mi risa,
mis historias,
mis preguntas,
mis esquinas
y mis irregularidades
con cada respiro de vida que tengo para exhalar.
Si son los últimos o no nunca lo sabré, pero sabré que fueron sentidos profundamente.
Honestamente.
Cuando beso, beso.
Cuando amo, amo.
Si miro, miro
y veo
las vetas que surcan los colores de tus ojos,
por ejemplo.

Nosotros nos dimos nuestro último beso
escuchando Jazz en ese desayuno tan bonito y tan sentido que nos regalamos.
Esa fue la última vez que rozáramos las mejillas con las pestañas del otro.
No se les pide a las mariposas que dejen sus alas, lo sé.
Ni se puede apresurar el vuelo de nadie.
Ahora no me duele dar el último beso sin saberlo, porque cada beso es
ese beso.
El que puede elevar el alma y hacer que el corazón
quiera estallar de tristeza en la misma respiración.

Esos son los besos que escriben historias hermosas,
llenas de pequeñas erratas y borrones en el papel.
Cuando las vuelves a leer
Pones los labios en las páginas,
y cierras los ojos.

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Todos somos náufragos esperando una orilla y cuando la encontramos es normal que no queramos soltarla, pero es importante tener en cuenta que nada es para siempre, razón por la cual es mejor disfrutar de cada momento como si fuera el último.
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Las fotografías que ilustran el texto pertenecen a Laura Zalenga, y la ilustración final es obra de la autora del poema.

