Te presentamos un poema de Gamaliel González en el que el amor, a pesar de lo doloroso que resulta cuando termina, siempre vale la pena:
Lo peor del caso es que no puedo culparte de haberme roto el corazón,
fui yo quien decidió tenerlo tan frágil.
Me quedo con las sobras de un futuro que nunca existió,
y lo bonito que fue mentirle a los labios de tantos besos imaginados en la noche en que llegarías.
Sucede que le canto a la dicha de poder tener lo que necesito,
y no desear lo que nunca me hará falta.
La felicidad se dibuja apenas un centímetro por encima de un nuevo rostro y de la misma voz,
uno es responsable del suelo que pisa,

de aquel deseo que te volvió realidad, la estrella fugaz que miraste cuando niño.
Se aprende a levantar aún estando de pie y se aprende a enseñar los trazos rotos de uno y otro pasado que va quedando pitando en aquellos paisajes que nunca olvidaremos.
Quiero tener la razón,
encontrar el tiempo dentro del momento y aprender a volar caminando contigo.
Se van las ciudades,
las jornadas y las aventuras del corazón que quise tanto,
llega —si es que quiero— la fortuna,
un nuevo amor que queda fuera de la existencia,
la bendita insistencia de saberse uno completo sin necesidad de ser dos cuando se pone el sol en cualquier tarde de México.

Y se va quedando también el corazón roto en una canasta de palabras que siempre existieron y nunca quise escuchar,
me voy quedando yo para avanzar,
porque se está aquí estático en un mundo que gira,
en un universo que se expande,
se está aquí y no hay más,
sólo hacer lo que dicta la sentencia de tu corazón tan sabiamente lastimado.

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Si acabas de terminar una relación y parece que el mundo se te viene encima, los siguientes poemas te ayudarán a saber que el verdadero amor no siempre es correspondido…
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Las fotografías que acompañan al texto pertenece a Maud Chalard.
