
Las cosas no siempre resultan como lo esperamos, y en una gran parte, de eso se trata vivir. Sin embargo, hay situaciones en las que incluso antes de comenzar, tenemos un presentimiento de que las cosas no van a salir del todo bien, pero ¿estaría mal intentarlo de cualquier forma? Después de todo, que no salgan del todo bien no quiere decir que necesariamente resulten mal, o que no nos puedan llegar a gustar de cierta manera. A veces el calor del infierno puede resultar plácido.
Por otro lado, podemos estar completamente conscientes de que no nos encontramos en una situación benéfica para nosotros mismos, estar decididos y tener la disposición de alejarnos, pero por alguna razón complicada de describir, no poder hacerlo; lo que nos mantiene en ese limbo paradójico entre el quiero, pero no quiero. Atrapados en el eterno “¿por qué no puedo dejarla ir?”.
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Pensándolo bien, quizá en muchos casos estas contradicciones son necesarias. Después de todo, para que exista la luz, debe haber oscuridad; no puede hacer calor sin el frío. Y para que la luna brille, necesita los rayos del sol. Los opuestos también pueden crear cosas hermosas basadas en una relación simbiótica.
Lo que al principio pueda parecer que nos daña, quizá nos está haciendo más fuertes, más resistentes; y la otra persona quizá necesita de esa paciencia y amor que le ofrecemos para eventualmente mejorar. Y de esa manera ambos poder disfrutar de los frutos. Al final, todo depende del cristal con que se mira.
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Dedica este soneto a esa persona con la que, aunque las cosas se tornen complicadas y en alguna u otra ocasión pensaron partir caminos, se han mantenido juntos.

Trece
Quise ser el sol para iluminarte,
pero solo he conseguido quemarme.
Haces el amor, por amor al arte,
yo escribo este adiós por arte de amarme.
Te conocí un viernes, pero era trece;
resurrección con augurio de muerte.
Si camino junto a ella no me escuece
pues sé que no hay vida después de verte.
Que fría es la noche si el alba se esconde.
No ves la luna sin luz que se asome.
Dije que me iba, pero nunca el dónde,
y a dieta de uñas; el ansia te come.
Me despido a medida que atardece,
un día martes, pero también es trece.

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