Gioconda Belli nació en la ciudad de Managua el 9 de diciembre de 1948. La posición privilegiada de su familia le permitió cursar estudios de secundaria en España y más tarde, estudios universitarios en Estados Unidos, donde obtuvo un título universitario en Publicidad y Periodismo.

En el año 1970 se incorporó al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), donde desempeñó diversas tareas como: transportar correo clandestino, armas, recaudar fondos y divulgar la lucha en América Latina y Europa. Por su militancia fue férreamente perseguida por la dictadura somocista, lo cual la llevó a exiliarse a México y Costa Rica hasta el triunfo de la Revolución Sandinista. Ocupó posiciones importantes en el gobierno hasta 1993 cuando se alejó de manera definitiva de Daniel Ortega; a quien actualmente denuncia y combate sin tapujos ante la ola de represión que durante 2018 le ha costado la vida a cientos de nicaragüenses. Ante ello afirma con frustración: “nunca pensamos que aquello contra lo que combatimos iba a repetirse”.
Se casó en 3 oportunidades y tuvo 4 hijos, pero no permitió que el matrimonio y la maternidad la anclaran en los roles tradicionales de género; sus poemas aparecieron por primera vez en el semanario cultural La Prensa Literaria y en 1972 publicó su primer poemario Sobre la grama. A este le seguirían Línea de fuego (1978), Truenos y arco iris (1982), Amor insurrecto (1984), De la costilla de Eva (1986), Poesía reunida (1989), El ojo de la mujer (1991), Sortilegio contra el frío (1992), Apogeo (1997), Fuego soy apartado y espada puesta lejos (2006) y En la avanzada juventud (2013).

También incursionó por primera vez en la novela con La mujer habitada (1988), posteriormente publicaría Sofía de los presagios (1990), Waslala (1996), El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra (2001), El pergamino de la seducción (2005), El infinito en la palma de la mano (2008), El país de las mujeres (2010), El intenso calor de la luna (2014) y Las fiebres de la memoria (2018).
Te invitamos a leer o releer estos poemas de una mujer que no se rinde:
Las asesinadas
El pequeño pie de la mujer
Sobresale bajo la sábana
Bonito el pie, delicado.
De seguro le gustaría andar con las uñas pintadas
calzar altos zapatos elegantes.
El otro pie, todavía conserva
la sandalia del diario, de trabajo
ésa incluso tiene una pequeña plataforma.
No es difícil imaginarla contenta y dicharachera
vendiendo naranjas o verduras en el mercado
-¿qué va a querer, doñita, le doy buen precio-
Hablando con la vecina del tramo
mientras se sopla con el trapo
porque hace calor
Es de las que llegan a la casa y sientan al hijo a hacer las tareas
-estudiá muchacho, si no nunca vas a ser nadie-
y lava y plancha
y ya cuando el hijo duerme
mientras ve las noticias en el pequeño televisor
frente a la cama,
saca la lima, la acetona, se quita la pintura vieja de las uñas
y se las pinta con cuidado en lo que pasan los anuncios.
Al día siguiente.
el esposo, el amado o el descartado
llegará con los celos, la pendencia, el orgullo.
Será el grito, el manotazo
La matará hundiéndole un cuchillo en el pecho.
Todavía incrédula.
Ella caerá al suelo de espaldas
En la foto del periódico
nosotros veremos el pie delicado
asomar bajo la sábana que tapa su cadáver.
Veremos el otro pie todavía con la sandalia puesta.
Pies tristes. Ya sin dueña que les pinte las uñas.
Pies tristes. A diario.
Contando la misma historia.

Algunos poetas
Como libros abiertos,
llenos de citas,
llegan a las reuniones
dejando caer nombres, obras y fechas
como trofeos,
esgrimiendo la lógica
hasta el final de las consecuencias.
Así quieren hacernos a su modo
algunos poetas,
siguiendo la vieja tradición paternalista
tratan de adoptarnos
a falta de poder apresar
el viento, la fruta prohibida,
la misteriosa fertilidad
de nuestros poemas.

Reflexión del cavernícola
La criatura sin pene,
forastera entre los hombres
¿De dónde surgió?
¿De qué fuente emergió roma y sin aristas?
Un día apareció.
Sabía reír. Nos enseñó la risa y el fin de los gruñidos.
Su cuerpo era pequeño y endeble.
Era una especie ajena
hasta que descubrimos
que sexo contra sexo nos acoplábamos.
Podíamos movernos y gozar
alojados uno en la otra.
Ella tenía el don de copiarnos,
de hacer criaturas pequeñas que se nos parecían.
Su magia era poderosa. Le temimos
y la redujimos a la servidumbre.
Eso fue en el principio de todo.

Máxima (a Sofía Montenegro)
En verdad en verdad les digo:
No hay nada más poderoso en el mundo
que una mujer.
Por eso nos persiguen.
La verdad encarcelada
¿Cómo se oirá la lluvia en las celdas de El Chipote?
(Alguna vez fue ese el nombre del campamento de Sandino)
Imagino el sonido en el techo y a través de las ventanas,
las muchachas agradecidas por el frescor
sentadas en el suelo con la espalda contra la pared
recordando el ruido de los patios de sus casas
la voz de sus madres o sus pasos apurados
yendo a quitar la ropa de los tendederos.
Muchachas jóvenes, obligadas a los camastros
al mal olor y el apretujamiento
Amaya, Victoria, Elsa, Yaritza,
con sus rostros sin marcas ni arrugas
todavía guardan el sonido de las risas en las marchas
el cansancio de protestar, el entusiasmo de pensar
que libraban batallas para que no volvieran a morir
los muertos, los compañeros y sus nombres
los que andaban escritos en cartelones
caminando entre la multitud.
No imaginaban entonces
que en ese país donde crecieron
las arrancarían de sus casas
las enfundarían en trapos azules
les arrebatarían el sol.
Ellas no nacieron en un país donde siguieran pasando esas cosas.
Donde se repetirían las historias que les contaban de niñas
historias de masacres y cárceles y torturas.
No pensaron que podía sucederles a ellas
alumnas aplicadas
universitarias estudiosas
en los útimos años de sus carreras.
Pero allí están
oyendo la lluvia y la lista de culpas acumuladas en su contra.
Las armas en el suelo cuando las enseñaron a la prensa
y dijeron que eran ellas quienes las andaban,
armas que jamás habían visto.
Los carceleros no ponen atención a sus explicaciones,
pero ellas se las repiten en la oscuridad de las celdas.
Los argumentos de su inocencia
caen como la lluvia en los patios
agua que se pierde en las acequias
agua que el poder no recoge, ni quiere escuchar.
Nada de lo que digan será usado a su favor
porque la verdad también pasa las horas con ellas
en las celdas oscuras donde llueve.

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Las imágenes que acompañan el texto son de Florencia Cigliutti alias Verdecina.Collages

