Textos por Cristina Mora
Las siguientes letras son un resultado mocho de mis días dentro de este congelador, mi oficina, mi segunda casa, donde cuando no estoy encandilándome con la luz de las pantallas, platico una locura con mis compañeros o escribo aquello que se me pegó en el cerebro y que sólo pica sin cesar: Mi pájaro carpintero. Un amor de verano que atraviesa estaciones. Inseguridad. Ebriedad. Artículos de bodas. Desempacho mi mente.
*
Una tarde me partí sobre una persona
como esa escena del episodio VIII de Star Wars
donde una nave se lanza a la velocidad de la luz
en un abrir y cerrar y más rápido
aparece en el otro punto por obra del túnel-gusano
y filosa corta todo lo que la mantenía quieta.
[sigo quieta]
Blandita y amasada por el espacio sideral,
un fuego pequeño que va a quemar un hogar,
el cual nunca debió ser
sin mí.
Una noche me partí en los ojos que leen a canto vivo,
en sus manías de ser,
un manatí con mala fama;
“mala fama que aprendí a querer,
transformemos la canción”.
Soy los ojos.
En tres rostros cenizos me partí,
para mí acantilados de “La Rumorosa”,
todo comenzó como un road trip y terminó en mí
siendo la primera roca al inicio de la caída,
pero siempre fui lo beige del fondo.

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Meses en altamar con un azul,
luces de feria en una noche de verano y una cama
que se llevó lo que yo entre los ácaros de la conciencia.
Manos entrelazadas con violencia y pájaros picando
de a poquito a poquito en mis ojos,
gotas de alcohol sobre el pacífico frío y “El Tesoro” sonando.
Viviéndola bien,
viviéndome bien,
Hasta que por accidente algo se atasca de mí,
se ahoga en mis pedazos con una desesperación utópica,
y me traga entre computadoras
y el aire acondicionado de mi oficina,
a dos días de mi otoño 26.
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A la noche no se le llama
ni al suspiro lento saliendo de la garganta,
de la gargantilla de los hedores urbanos,
donde el lenguaje se olvida y se da una salida repentina,
repentina de donde estoy,
la que atropella un remolino de polvo,
un poco el hígado
y sobre todo el hígado encebollado de mi madre
que aún me revuelve.

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Todavía cavilo
el miedo de no querer tener
y un descontento que nos visita en un camión de llevados
de gárgolas.
Tragos de saliva que saben a mi siguiente inseguridad
y para variar ahí viene
un avispón verde que atraviesa el vidrio
de ti.
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Algunos blogs con tips para bodas se infiltran en mis huesos,
hay flores que se miran como neuronas activas,
razón suficiente para que adornen los vestidos largos y blancos,
como si cuando uno amara,
se algo…
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Creo que caigo muy fácil
en los ojos, en las palabras,
caigo con mis cabellos en la cara y la nariz estrellada.
Con las gatitas de mi hermano que me juegan, ahí caigo
en las mañanas nubladas que me destrozan.
Con poemas, con ilusiones, con repeticiones ¡cómo caigo!
en el afán el “esta vez sí”,
caigo con mis ganas, con toda la fuerza de la gravedad,
y muy fácil,
en los labios, en los hilos de saliva
un rincón de Cancún que me falta visitar.
¡Pum!
Exploto en el contragolpe,
me creo todas las estrellas que yacen muertas hace siglos,
y las palabras cibernéticas que la gente da sin miedo.
¡Allá va!
Mi cuerpo al concreto de la realidad,
de mi teoría simulada universal,
con un harapo que me dejaron y con el cual caí
como niña héroe.
Envuelta en la patria inventada.
***
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