He amado a decenas de hombres. Los puedo nombrar según distintos órdenes:
por estatura
por la forma de su nariz
por su olor
por el ancho de su espalda
y por la manera en que los amé.
Los recuerdo a todos y cada uno. Memoricé la manera en la que sonreían, sus fobias, su color favorito y el modo en que me tomaban de la mano. Lo que no me acuerdo —y ahí está la desgracia— es que alguno de ellos sintiera amor por mí. Me querían, sí. También les gustaba. Pero ninguno nunca fue capaz de amarme de veras. ¿Cómo lo se? Porque ninguno está ya conmigo.
Si reconoces esa sensación y piensas que nadie te ha amado como esperabas, estos poemas dirán todo lo que no puedes decir:
_
Alejandra Pizarnik

“Exilio”
Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

“La enamorada”
ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

“Mendiga voz”
Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.
En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
_
Gabriela Mistral

“Desolación”
La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.
El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.
¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!
Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que son míos;
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.
Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.
Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la “noche larga” ahora tan sólo empieza.
Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que vine para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡siempre será su altura bajando de los cielos!
Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

“Ausencia”
Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.
¡Se te va todo, se nos va todo!
Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos, que se devanaban,
en lanzaderas, delante tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.
Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.
Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche,
como demencia de mares solos!
¡Se nos va todo, se nos va todo!
_
Rosario Castellanos

“Eclipse total”
¡Otra vez el estruendo reventando en mi oreja!
Me sacude el oleaje en que respira
como un gran animal, furioso, el mundo.
Hierven todas las cosas
consumidas por una llama hambrienta
que ya alcanzó mi calcañar y muerde.
Entré en una región donde el ala no vuela,
al dominio de un dios solitario y nocturno,
a la órbita de un astro ya eclipsado.
¡Oh vértigo de piedra que oyó un clamor de abismo!
Desde mi corazón estoy hablando.
Mi corazón de roncos metales en que suena
com un gemido lúgubre tu nombre.
En este ay me está doliendo el mundo.
Me duele en mí, criatura donde el mal
revienta como pústula.
Me duele en mí, blasfemia
lanzada ante la faz pura del día.
Mentí cuando lo dije:
“He aquí mi verdor, sobre el que brilla
igual que un astro mínimo el rocío”.
Ahora estoy diciendo la verdad:
soy la hierba deshecha
bajo un golape bárbaro.
¡Qué tremendo es el rostro del amor
cuando lo contemplamos
con los ojos sin lágrimas!
Su visión nos detruye. Sólo queda
una ceniza oscura
como la de un papel escrito por el fuego.
No fue la luz el sello de nuestro pacto.
Buscamos, como el topo, la madriguera oculta
y allí juramos: sea
este beso la losa sepulcral
para yacer bajo ella, condenados.
¿Bajo qué ley podríamos plantar un árbol nuestro
si ante tú y yo la tierra se reseca de sal
y retrocede la nube benéfica?
Nuestra heredad es sólo la sed y el desamparo
y un secreto, como una devastación, terrible,
desenvaina en el cielo su relámpago.
Nuestra patria es la muerte. Sólo allí
la hiedra reclinada sobre el árbol.
En el ruido del mundo
tu palabra y la mía no se hallaron.
Pero en aquel silencio
el diálogo.
Lo quisimos eterno.
Que viva más allá de nosotros, dijimos.
Y un día y otro día
nuestra lengua probó sabor de juramento.
Lo quisimos eterno, irrevocable.
Como el infierno.
Lengua de la mentira soy, mano del crimen.
En mí aprende
su color la vergüenza.
Como piedra colérica lanzo mi corazón,
quebrando en mil pedazos el espejo del mundo
para mirar mil veces el rostro de mi culpa.
Porque presté mi carne
para que la traición tuviera forma
y para que adquiriera volumen la vergüenza,
estoy aquí, peor que la cautiva
llevada a la presencia de su dueño
y que al mostrar los pies descalzos, llora.
Se dijo la sentencia.
En el vaso precioso de la creación corrió
como un escalofrío su resquebrajadura.
Sobre la piel del animal humea
una marca infame
y tiembla el pobre arbusto
bajo un viento brutal de taladores.
Cómplice mío, cubre tu corazón y unge
de sordera tu oreja.
Esta música espesa que es el mundo
chorrea en el vacío
mientras un ojo inexorable mira.
El viento, que sacude al árbol cuando quiere
arrancarle su fruto,
ya no se acerca a mí con manos de despojo.
En su fecha cedí al Rondador el peso
con que el amor se inclina hacia la tierra
y se asomó en los nombres
que en mí la primavera pronunciaba.
Ahora no sostengo más testimonio que éste,
cruel, de la madera desnuda en la que sólo
el hachazo penetra.
En los días dichosos esta espuma
de preguntas amargas
no subió hasta mi boca.
Bastaba estar aquí,
tocar las cosas como suspirando,
irse, dejar atrás la flor de las ciudades
y ofrecer la mejilla a un aire y a otro aire
como a dos ráfagas del mismo incendio.
Basta ser el ámbito vacío
no atravesado nunca
por un vuelo.
La fuerza oscura que nos pide muerte
trabaja en mí, me llama
con silencio de pez entre mis venas.
Cierro los ojos y se borra el mundo.
Los árboles atentos, la luz en la que amé,
la piedra que quería decir algo
con su lengua torpísima
huyen, como el reflejo huye en el agua.
Mi corazón, vestido de su otoño,
como una hoja amarillenta, cae.
Y yo abro las manos. Y consiento.

“El ausente”
Estaba en mi memoria
-como en arca cerrada
una piedra preciosa-.
Resplandecía en lo interior, oculto,
iluminando el rostro opaco de las cosas.
Desde donde venimos lo traía,
en las entrañas de mi corazón
como adentro del fruto la semilla.
Allí, como promesa,
la eternidad, la vida.
Pero, ay, los caminos
¿adónde van si no es a la traición,
si no es al olvido?
He aquí mi mejilla sin tatuaje,
lisa como el guijarro del fondo de los ríos.
_
Margarita Michelena

“Cuando yo digo amor”
Cuando yo digo amor
identifico
sólo una pobre imagen sostenida
por gestos falsos,
porque el amor me fue desconocido.
Cuando yo digo amor
sólo te invento
a ti, que nunca has sido.
Y cuando digo amor
abro los ojos
y sé que estoy en medio
de mis brazos vacíos.
Cuando yo digo amor
sólo me afirmo
una presencia impar
como mi almohada.
Cuando yo digo amor
olvido nombres
y redoblo vacíos y distancias.
Cuando yo digo amor
en una sala
llena de rostros fútiles
y pisadas oscuras en la alfombra.
Cuando yo digo amor
crece la noche
y mis manos encuentran
para su hambre doble y prolongada
mi pobre rostro solo
repetido por todos los rincones.
Cuando yo digo amor
todo se aleja
y me asaltan mi nombre y mis cabellos
y las hondas caricias no nacidas.
Cuando yo digo amor
soy como víctima.
La inválida en salud.
El granizo y la rosa paralelos.
La dualidad del árbol y el paseante.
La sed y el parco refrigerio.
Yo soy mi propio amor
y soy mi olvido.
Cuando yo digo amor
se me desploma
la ascensión de las venas.
Sobreviene, un otoño
de fugas y caídas
en que yo soy el centro
de un espacio vacío.
Cuándo yo digo amor
estoy sin huellas.
De porvenir desnuda
e indigente de ecos y memoria.
Cuando yo digo amor
advierto inútil
la palma de mi mano ‒que es convexa‒
e increíble
ese girar soltero
del pez en su pecera.

“Como a un muerto de sed”
Hablo como quien habla
delante de sí mismo consumido.
Algo ya de mi muerte está aquí ahora.
Ya no me pertenece
la voz que está cantando a mis espaldas
y mi puro planeta está llegando
a ponerse debajo de mi planta
porque ande mi memoria entre su nieve.
Cierto es que llama fui, muy combatida
entre contrarios vientos
y no sé cuál de todos me ha apagado.
Mas desasida estoy. Y aunque me duele
el sitio en que moraba
tan dulce oscuridad, voy asomando
un paso ya del cerco de mi sombra,
Cuando me inclino a recoger mi nombre
nombre de soledad, cetro sombrío
y célibe corona,
sé que arrebato su laurel a un muerto
y me ciño la flor que no se mira,
que a otra le estoy hablando en estas voces.
Muerta la tengo en medio de mis brazos,
mi más honda, mi más amada víctima.
Me abandono a mí misma como a un muerto de sed.
Aquí me dejo. Y ya me estoy mirando sin ternura.
La casa donde amé.
La vista oscura y engañada de objeto.
Las guirnaldas de la fiesta extinguida.
Todo cuanto no era descendido
de mi más alto ramo,
de las aguas secretas y desnudas.
_
Olga Orozco

“La abuela”
Ella mira pasar desde su lejanía las vanas estaciones,
el ademán ligero que con idénticos días se despiden
dejando sólo el eco, el rumor de otros días apagados
bajo la gran marea de su corazón.
De todos los que amaron ciertas edades suyas, ciertos
gestos,
las mismas poblaciones con olor a leyenda,
no quedan más que nombres a los que a veces vuelven
como a un sueño
cuando ella interroga con sus manos el apacible polvo
de las cosas que antaño recobrara de un larguísimo olvido.
Sí. Ese siempre tan lejos como nunca,
esa memoria apenas alcanzada, en un último esfuerzo,
por la costumbre de la piel o por la enorme sabiduría
de la sangre.
Ella recorre aún la sombra de su vida,
el afán de otro tiempo, la imposible desdicha soportada;
y regresa otra vez,
otra vez todavía, desde el fondo de las profundas ruinas,
a su tierna paciencia, al cuerpo insostenible, a su vejez,
igual que a un aposento donde sólo resuenan las
pisadas de los antiguos huéspedes
que aguardan, en la noche, el último llamado de
la tierra entreabierta.
Ella nos mira ya desde la verdadera realidad de su
rostro.

“La mala suerte”
Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la
desventura.
Su tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que
caen y que caen llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones,
con ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de
la perduración, encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y
de anguilas, agujeros por los que se evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la
temperatura de mi piel, y nada valen trampas ni exorcismos, ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja.
¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro?
¿No era bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor
venenoso que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el
final de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que
me vieron.
¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi
vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una provocación que la insaciable realidad acepta,
más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano,
estoy aquí para que mi temor se cumpla.

Estas poetas rompen el corazón. Lo trastocan profundamente, nos recuerdan lo vulnerables que somos. La soledad que se instala en el alma cuando no hay nadie cerca para habitarlo. Porque no es suficiente un “te quiero” a ratos y un “para siempre” que se sabe efímero desde el momento en el que se pronuncia.
Pero también —y he ahí la razón más valiosa de estos poemas— describen a mujeres que se reparan a sí mismas; que recojan todos los pedazos esparcidos en el suelo y tienen el valor de volverse a armar.
**
Si quieres conocer más poemas, conoce estos de una mujer que le ha hablado a la muerte y si más bien quieres leer cuentos, descubre estos que no te dejarán dormir.
Imágenes: Instagram

