Georg Christoph Lichtenberg una vez dijo: “Mi hipocondría, a decir verdad, es un talento especial que consiste en esto: saber extraer de cada incidente de la vida, sea cual sea el nombre que lleve, la mayor cantidad de veneno para mi propio uso”.
Lee el cuento que viene a continuación y encontrarás la ironía.

Riesgos no calculados
Ninguna precaución es poca cuando uno está tratando de no morirse. Por lo menos así lo pensaba Juan y tomaba acciones al respecto. No conducía vehículos motorizados (autos, motos, aviones ni helicópteros) para evitar los riesgos de muerte. No subía a ascensores. En invierno salía con guantes y barbijos para prevenir contagios. Nunca compartía el mate con desconocidos… ni con conocidos. Ni tomaba en vasos de los que bebieran otras personas. Ni se le ocurría tocar el maní que venía con la cerveza si la compartía con alguien.

A la hora de saludar, evitaba hacerlo con dos besos hasta a las mujeres más hermosas. Y luego de saludar con la mano, se la lavaba con alcohol en gel, con la misma inmediatez que cuando tocaba dinero.

Siempre fue un tipo muy cuidadoso y le funcionó, era muy sano, nunca se enfermaba. Su vida era aburridísima, claro. ¡No quería ir a bailar en verano para no estar en contacto con transpiración ajena! Ni hablar de tener sexo. Siempre decía que sólo lo haría cuando inventaran un profiláctico para todo el cuerpo. O cuando encontrara una mujer dispuesta a bañarse con desinfectante bajo su supervisión.
Yo creo que hubiera sido inmortal, si no fuera porque un verano se resbaló en la ducha de su casa cuando pisó un pedacito de jabón que se le cayó sin darse cuenta. Y al caer, golpeó con fuerza la cabeza contra el borde de la bañadera.

Justo un día antes de su deceso había decidido que comenzaría a usar jabón líquido. Ya que había llegado a la conclusión de que era un opción más segura. Claramente, tenía razón.
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Lee otro relato que te revelará el sinsentido de la vida aquí.

