Te presentamos el siguiente cuento de Ivonne Méndez en el que los cuerpos se funden en un sólo ser…
Renacemos juntos
El crepúsculo parecía estar lleno de ti, hasta que los pájaros se estrellaron contra el paisaje y quebraron la tarde en pedazos de cristal anaranjado. Un albor majestuoso resplandeció.
Pronto aquel escenario que parecía ser eterno se tornó difuso. A la vez que tus palabras de amor se quedaban ahí, perseverando sobre el viento, que arrebataba del cielo aquellos matices ávidos; los colores son frágiles y sutiles. Mas tu amor persiste, es absoluto, mi sentir no falsea. Tus promesas, tu hacer. Viven en ti y en mí, en nosotros.
El sol se extingue, oculta su resplandor tras la bruma de un tono azul. Juntos apagamos los temores, abandonamos las cargas, lo que pesa se ahoga ahí.

Tus ojos brillan, mi mirada firme y poderosa junto a la tuya, relucimos ahí por ese soplo perpetuo. No titubeamos al enfrentar al ligero viento que brota, nos dejamos llevar, volamos juntos, de la mano, cuidando nuestras alas, nuestros pasos.
Dibujo tu nombre, sobre la superficie del espejo azul, de ese cielo que se nubla, dices mi nombre y todo tiene sentido.
Aves de luz iluminan tu cuerpo, mariposas de sal mi risa; risa y cuerpo, luz y sal armonizando para ser uno.
El manto que nos cubre se oscurece y bendigo las sombras que nos permiten acercarnos más. Me hechiza la noche que nos entrega más libertad, la mayor bendición.
Amo este artificio divino, disimulo un poco y te tengo entre mis brazos. Te beso y te acuno en mi pecho, tanto tiempo te esperé y al fin te encontré.
Respiro; respiro profundo. Entonces, emerge la luna de la nada, blanca y pura como un amparo grácil que deduce mi acertijo, que avala nuestra unión. Que glorifica nuestra esencia, tu naturaleza que se encuentra con la mía propagando nuestro amor.
La mirada nubla el paisaje, la palabra repentina se oscurece, los sentidos nos enmudecen y nos estremecemos juntos. Tu presencia vive en cada instante, la noche toma forma de tu cuerpo, las sombras desdibujan el mío. En ese choque mágico se disuelve, se conjuga, se funde, se confirma, se deshace, se derrite… nuestro atajo.

El crepúsculo ya se extinguió, murió en esta página para comenzar en otra. Muere para dar vida, para multiplicar ese gozo de sentir.
Tú, yo, continuamos escribiendo nuestra historia en el lienzo infinito del horizonte.
Es la hora de encender las velas, de iniciar el insomnio, las heridas son sanadas en la noche y aliviadas en la madrugada, juntos, siempre juntos. No hay más lesiones, no hay más pasado, ni futuro. Sólo hoy, sólo ahora, sólo nosotros.
Las estrellas resplandecen como farolas sobre un mar de tinieblas en calma. Fantástica vista, toda una obra de arte, digna de alabanza. Las estrellas iluminan nuestro viaje, hilvanando el siguiente sendero, procurando el encuentro en la eternidad de nuestro universo.
Oigo tu música que me acompaña, me deleito mientras me abraza y el agua de la luna nos sigue cruzando el espejo de la ilusión, somos reales. Estamos aquí, somos y seremos juntos.
La noche al igual que nosotros, se arranca la máscara y se llena de luz que nos obliga a renunciar al dolor, regresándonos al origen, a nosotros. Ciñendo nuestra oscuridad y entregándonos cada suspiro.

Un silencio enorme silencio nos encierra. Te tengo conmigo, me tienes contigo. Olvido todo, como el amanecer olvida la noche acaecida, pero conmemora y anhela volver a renovarse cada día y entregarse en el apreciado crepúsculo. No hay lugar para un “yo” o un “tú”, este mundo nos creó para converger en un “nosotros” cada día, cada crepúsculo con su noche y su amanecer.
Bajo el alba se iluminan nuestras ruinas que ahora construyen un monumento, uno al amor, a la vida, a la existencia misma.
Apareces dentro, te apagas en mi piel e indudablemente sé que somos nosotros, que vives en mí y vivo contigo. Que renacemos en cada respirar.

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El amor es inexplicable, el más hermoso de las emociones que nos enchinan la piel, y para la única forma de hacer que dure más es “Amar sólo a ratos para pretender que es eterno”.
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Las fotografías que acompaña al texto pertenecen a Maud Chalard.

