Hay objetos en el cine que no son decorado: son personajes. En Perfect Days, Wim Wenders puso en las manos de Hirayama —ese limpiador de baños públicos de Tokio que vive con una intensidad callada que muy pocos alcanzan— un libro real, de una autora real, con una historia detrás que ningún prop de utilería podría inventar. Ese libro es Tree, de Kōda Aya, y ahora, por primera vez en inglés, cualquiera puede leerlo.
Por qué importa que este libro haya esperado tanto
Kōda Aya comenzó a escribir a los 43 años, después de la muerte de su padre, el también escritor Kōda Rohan. No es un detalle menor: en la literatura japonesa del siglo XX, empezar tarde —y hacerlo desde el duelo— tiene un peso específico. No hay aquí la ambición de quien construye una carrera desde joven, sino la urgencia de quien descubre que tiene algo que decir justo cuando el tiempo empieza a sentirse distinto.
Tree reúne ensayos escritos en el formato zuihitsu, una forma literaria japonesa cuyo nombre significa literalmente «seguir el pincel». Sin estructura rígida, sin argumento que demostrar, el zuihitsu avanza por asociación, por intuición, por lo que el pensamiento encuentra en el camino. Kōda lo usa para recorrer Japón en busca de sus árboles más antiguos: cerezos, pinos, cedros que han sobrevivido siglos. Lo que parece un proyecto botánico es, en realidad, una meditación sobre la permanencia, la pérdida y lo que queda cuando las personas se van.
Que ese libro haya tardado décadas en traducirse —que Kōda haya muerto en 1990 sin verlo en otro idioma— dice algo sobre qué literaturas el mundo anglófono ha considerado «universales» y cuáles ha dejado esperar. Penguin Classics, al publicarlo ahora, no solo rescata un texto: reconoce una deuda.
Lo que Wenders vio en Kōda
La elección de Wenders no fue arbitraria ni puramente estética. Perfect Days es una película sobre la atención: sobre mirar la luz entre las hojas, sobre encontrar belleza en la repetición, sobre vivir con una presencia que la modernidad hace cada vez más difícil. Hirayama no es un personaje que habla mucho de lo que siente; lo muestra en lo que escoge leer, escuchar y fotografiar.
Poner Tree en sus manos es un gesto preciso. Kōda escribe sobre árboles que llevan siglos en el mismo lugar, que han visto pasar generaciones sin moverse. Hirayama limpia baños que nadie nota, en una ciudad que no lo ve. Los dos —el libro y el personaje— comparten una filosofía de la permanencia silenciosa. No es casualidad; es que Wenders leyó bien.
Ahora que el libro existe en inglés, la película gana una capa más. Ya no es solo un prop reconocible para quienes sabían japonés: es una puerta que se abre.
El género que no necesita argumento
El zuihitsu es uno de esos formatos que la literatura occidental no tiene del todo claro cómo clasificar. No es ensayo en el sentido montaigniano, no es diario, no es crónica. Es, quizás, la forma más honesta de escribir sobre lo que uno piensa: sin la obligación de llegar a ninguna conclusión, sin la presión de sostener una tesis.
En un momento en que la no ficción en español y en inglés tiende a estructurarse alrededor de argumentos demostrables y narrativas con arco, leer zuihitsu es un recordatorio de que el pensamiento también puede moverse como lo hace un paseo: sin destino fijo, con mucha atención a lo que aparece a los lados.
Kōda Aya encontró en esa libertad formal el espacio para escribir sobre duelo, sobre naturaleza y sobre tiempo sin tener que explicarlo todo. Eso, en sí mismo, ya es una lección.
Una autora que llegó tarde y llegó lejos
Hay algo profundamente conmovedor en la trayectoria de Kōda: empezar a escribir en la madurez, construir una obra reconocida en Japón, y luego esperar —sin saberlo, porque murió antes— a que el resto del mundo la encontrara a través de una película sobre un hombre que limpia baños y lee con devoción.
La literatura tiene esas rutas extrañas. A veces un director pone un libro en manos de un personaje y, décadas después de la muerte de su autora, una editorial decide que ya es hora. Tree llegó al inglés por Kōda, sí, pero también por Hirayama. Y ahora le toca al lector decidir si se queda solo con la película o también entra al libro.
