Un segundo más y… sí, ahí está… el semáforo en verde para los peatones hace que la desbordante calle se estanque de autos. Mientras la gente va, personas vienen. Sobre el rayado se arrastran restos de un café, varias docenas de zapatos italianos, unos tennis y dos pares de botas.
Según el periódico de hoy, era un común jueves, septiembre 13, 2018. “Después de una recesión en la bolsa, Wall Street tuvo un alza de 4% el día anterior y existía la promesa de seguir subiendo”, anuncia The New York Times. Justamente caminaba por esa calle, ya casi llegando a la Trinity Church, para doblar en Broadway. Aunque vivo en Midtown Manhattan, me vi obligado a desplazarme hacia Brookling, en Myrtle Ave, para resolver algún problema que Chase Bank And ATM tomó la molestia de provocarme, no conforme con eso me envían a Wall Street con una agente del banco –poco sexy, por cierto, su cabello parecía un nido de cuervos, y ni hablar de su panza-, todo para decirme que cometieron una equivocación, que mis papeles en realidad están en completo orden. Sin preocuparme por el malentendido y viéndolo como una excusa para explorar por la ciudad, me despedí de la fulana agente y ahora estoy aquí. Caminaré unas cuantas calles más hasta llegar a Cafe Bravo, comer lo de siempre, tomar lo mismo, vivir la vida.
En la mesa que ya tenía mis nalgas tatuadas en la silla volví a sumergirme en el diario en busca de alguna mala noticia nueva, de esas que casi no tenía el mundo. Es que los últimos 6 años, después del tan esperado “Fin del Mundo” –que no fue más que una fiesta global de gente corriendo desnuda por las calles, saqueando, fornicando, profesando jinetes que nunca llegaron-, la raza humana sólo se ha esforzado por cada día hacer un planeta mejor. La guerra en medio oriente cesó, los conflictos políticos también; el petróleo pasó a un tercer o cuarto plano en materia energética y se impulsaron los recursos energéticos limpios; la invasión estadounidense en el Amazonas, que se inició en el 2011, terminó con una reforestación masiva; se inventaron máquinas inmensas para helar las aguas de los polos y hasta la misma naturaleza está en paz con el hombre: no hubo más terremotos después de aquel en la costa Este del pacífico en el 2013 que afectó a media América del Sur y a Australia, ni más tornados, ni lluvias torrenciales, tampoco inviernos carnívoros o veranos arrasadores. Por su parte, este otoño estaba como cada uno de ellos: Precioso.
Umi Haksami
“You can’t imagine your surprise for today”, era lo que mi horóscopo comentaba. Un sorbo más de mocaccino y pensé en aquellas cosas que me sorprenderían realmente. Tal vez hallaron al fin la cura para la afección roedora, tal como se hicieron con el VIH y la influenza C-H1: eso sí me sorprendería.
También me sorprendería que una compañía cinematográfica me ofreciera un nuevo papel, y es que mi carrera como actor de cine no ha sido muy buena desde que dejé Venezuela; por su parte me he visto haciendo papeles secundarios en los teatros de Broadway, ése es el hecho de que viva cerca de aquí. Ahora paso horas ensayando mis escenas como Raoul, en “The Phantom of the Opera”, y aunque en realidad me guste Johanna, quien interpreta a Christine, aprendí a no mezclar lo profesional con los sentimientos –pero eso no evitó que haya pasado la noche en mi habitación-. El oficio de actor no basta para pagar ese cuarto piso en Cortlandt Alley con White St. –que me ofrece una vista nada especial, pero es bastante cómodo-, así que por eso me veo en la totalmente placentera obligación de pintar sobre lienzos y venderlos en las calles. Igual, en los últimos años, el arte se valorizó por mucho y grandes artistas ahora conquistan tanto como la tecnología a las ciudades. Justamente este mes, mis creaciones ocupan media pared en una galería de The National Arts Club –es difícil conseguir acceso a él, sobre todo para alguien de 25 años-. Ahí me dirigiré luego de dar este último trago de café, morderé de nuevo el frío emparedado, éste sí será el último sorbo de café y listo.
Tomo la gabardina del espaldar de mi asiento, no saldría sin ella con esta plácida pero helada brisa otoñal rondando afuera. Al poner un pie en la acera, la ciudad otra vez me consume. Camino de nuevo sobre mis pasos, y una valla en 3D de las nuevas píldoras de Coca-Cola se me mete por los ojos. Bajo hacia la estación del metro aéreo en Wall Street, que está algo calmado para ser esta hora. Me embarco en el primer aerovagón que se abre ante mí, ocupo un asiento vacío y enseguida del espaldar sale el acostumbrado brazo robótico con los auriculares y una relajante música de metro. Ya que aunque el servicio de metro aéreo fuera rápido, había tiempo para complacerme un momento: “Stop music. To reproduce the disc: Poros Abiertos-Ricardo Arjona”. Este último álbum había sido, como tantos otros suyos, una razón para darle a la memoria algo qué comer. Haber sobrevivido al cáncer, le dio más fuerzas para cantar y componer, así que cada verso era una guerra contra la muerte, la esclavitud y la soledad.
Una vez llegué a la estación en Park Avenue South, caminar dos calles hacia Gramercy Park y justo frente a él, está The National Arts Club. Hoy no era un día común, las hojas de los árboles en el parque tenían un brillo excepcional, casi intimidante. Uno que otro cuervo se veía entre el follaje naranja, mientras el viento murmuraba cosas que casi podía entender. Entré al club, saludé a Clara, la recepcionista, y fui directo a la sala de exhibición.
Estaba casi desierta, unas pocas personas dispersadas. Para mi alivio, al menos alguien se detuvo a mirar mis obras. Una mujer delgada de baja estatura que lleva falda sobre las rodillas, el abrigo entre sus brazos y la bufanda aún puesta observando de cerca el lienzo más pequeño, casi respirándolo con los ojos. Su corto cabello negro y revuelto me impidió verle el rostro cuando decidí posarme a su lado.
–Es extraño, ¿no? –le dije.
–Sí. Atrayente, misterioso, sin dejar de ser elegante –opinó sin apartar la vista de mi creación.
–Yo veo sólo un escándalo de colores y cientos de líneas deformes –repliqué.
–Tienes que verlo a través de los ojos del artista.
–Y según tú, ¿qué es lo que sintió este pintor? –le pregunté riéndome por dentro. Igual que ella, desde que llegué no había podido dejar de mirar el cuadro.
–No sé.
Al escuchar esas dos palabras en su voz, algo dentro de mí se erizó y fue regurgitando, segundo a segundo, hasta proyectar una imagen en mi cabeza. No necesitaba escuchar más. Temblando me di la vuelta, y le dije:
–Deberías saber lo que siente, ya sabes cómo es él.
Caminé hacia la salida de la galería y pude sentir su mirada recorriendo mis piernas, espalda y mi cabello atado en una cola de caballo. No pude nada más que hacer que enderezar mis gafas con mi temblorosa mano y buscar la salida lo más pronto posible. Algo detrás de mí como un “OH, Por Dios” en muy claro español me hizo suponer que la chica había leído la pequeña placa debajo de la pintura: Amorío Caótico. Óleo sobre lienzo. Norge Villalobos. Aceleré mis pasos.
Una vez salí del edificio, intenté cruzar la calle sin mirar a los lados y como era de esperarse en estos momentos cliché, un auto me arrolló, al menos era un Coupe-1937 –no había nada más glorioso que ser atropellado por un clásico–. No era nada grave, aunque sentí algunas costillas gritar retorcidas, así que me levanté de inmediato, dejé el periódico en el asfalto, escuché los gritos del chofer y corrí de nuevo, hacia el parque. Sin embargo al cabo de un minuto o dos, no pude seguir corriendo. Agitado me senté en una banca y capté la sensación de sangre manando de mi rodilla.
Era tan impresionante la precisión del destino. Dejé mi país, mi familia y amigos, por cumplir el capricho de olvidarla y ahí estaba, absorta en una obra que ella inspiró. Maldición. Cerrando los ojos conseguí un poco de calma, hasta que el miedo me atacó por sentir una suave mano tocando mi hombro. No me atrevía a mirar. De los ojos ya empezaban a brotar lágrimas.
–Mírame.
Obedecí esa orden tal vez sin querer, o queriéndolo demasiado. Observé sobre mi hombro y ahí estaba Ella… tan hermosa como siempre aún después de 5 años. Y esta vez, totalmente seguro de que era sin querer, me sentí enamorado, un segundo más.
