Que si era adicto a la masturbación. Que si estaba enamorado de Lorca. Que si tenía traumas sexuales. Que si apreciaba su semen tanto como su propia existencia. Que si era voyerista. Que si le pedía a Gala que tuviera sexo con otros hombres. Que si estaba obsesionado con los cuerpos andróginos. Que si tiene una hija. Que si golpeó a Gala hasta romperle dos costillas. Que si era adicto a los ansiolíticos. Que si sus padres le pusieron el nombre de su hermano muerto.

De Salvador Dalí existen tantos mitos que es difícil descifrar su verdadera vida. Muchos de estos supuestos podrían asombrarnos por su autenticidad, mientras que otros que creíamos con certeza son absolutamente falsos.
A pesar de ello, existe otra historia que no suena tan surreal pero aún así es capaz de perturbar a quien la escuche: Vladimir Nabokov, héroe de millones, pudo no haber escrito Lolita desde cero. Muchos han asegurado que la novela del escritor se basa en un relato alemán de 1916 con el mismo título; sin embargo, un estudio en literatura comparada realizado por Delia Ungureanu, profesora de la Universidad de Bucarest y Subdirectora del Instituto de Harvard, destaca las similitudes entre la novela del escritor ruso y un cuento del pintor catalán.

El cuento olvidado de Dalí se titula “Reverie: An Erotic Daydream” y fue publicado en 1931, casi 15 años antes que el texto de Nabokov. En su historia, un profesor no es quien se enamora de la joven, sino un pintor y el nombre de la chica no es Lolita pero es tan similar que parece absurdo: Dulita.
Según el libro Lorca-Dalí: El amor que pudo ser, las páginas del relato erótico de Dalí están dedicadas a Julia, la hija adoptiva de su amigo Pepito Pichot, de 16 años (tenía cuatro más que el pintor catalán). Dalí, obsesionado con la belleza de Julia, un día intenta tocarle los pechos, en otra ocasión le ve las bragas blancas y se excita.
En cuanto a la apetecible Julia –Julieta para la familia– reaparecerá en 1930, con el nombre apenas camuflado, de Dulita, en Rêverie, descarada fantasía masturbatoria daliniana considerada escandalosa por los puritanos del Partido Comunista Francés al darse a conocer en Le Surréalisme au Service de la Révolution, la revista de André Breton.

Lolita y Dulita son bastante similares:
Ambas eran pequeñas nínfulas provocadoras y dispuestas a seducir a los hombres mayores.
Ambas tienen una madre soltera y sola que busca desesperadamente el amor.
Ambas son seducidas por un hombre letrado, sabio y casi el mentor ideal para sus hijas.
Ese hombre vive una fantasía sexual con su nueva hija.

Una fantasía masturbatoria y ritualista en la que un hombre mayor ve con fascinación casi obsesiva a una joven mucho menor que él. De hecho, Ungureanu encuentra un homenaje claro del escritor hacia el pintor; según lo relata el Huffington Post, existe un pasaje en el que Lolita le muestra a Humbert Humbert (protagonista del la historia) una fotografía de un pintor surrealista junto un busto de la Venus del Milo sumergido a medias. En su investigación, Ungureanu encontró que esa foto podría ser de Dalí, pues existe una idéntica (con un maniquí) en una publicación de la revista LIFE de 1941.

Ante su descubrimiento, Ungureanu asegura: «Nabokov combina la trama desnuda de la vieja historia de Dulita con la emoción poética de Dalí, y esto se convierte en su Lolita. Es un acto de préstamo creativo, reutilización y reimaginación creativa».
Nabokov y Dalí pertenecían a los mismos círculos creativos y literarios, por lo que no resulta extraño que ambos hayan influido en la obra del otro, un ejemplo de esto es que, mientras Nabokov estuvo en París, imprimió en una revista llamada Mesures, misma publicación en la que participaron algunos surrealistas como André Breton y Paul Eluard. Aunque Nabokov nunca aseguró haber tomado referencias de otros escritores (o pintores), en una de sus novelas, titulada Pnin, menciona el nombre de Salvador Dalí. Hipótesis y teorías que nunca serán descubiertas si no se revive a Nabokov o se regresa en una máquina del tiempo para cuestionarlo al respecto. Lo único que nos queda es disfrutar ambas historias y pensar nuestras propias conclusiones.

