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Home Arte Letras

Zoe Castell, la narrativa de los demonios humanos

by
septiembre 25, 2015
in Letras
Zoe castell

Zoe Castell

La literatura, al igual que los demás campos de las artes, busca transmitir sentimientos e ideas. La literatura busca ser disfrutada, pero también ser temida, sufrida y todo aquello que fuera el propósito inicial del autor.

Zoe Castell, una joven estudiante de México, es una cuentista en potencia; lo es porque a ella le gusta contar sobre sus demonios y los demonios de los humanos, le gusta que sus lectores caigamos en su predeterminado juego masoquista de ver a nuestros demonios de frente y contarnos como son.

Con una atractiva narrativa y un estilo de escritura suave que mantiene la atención -casi como si te contara el cuento mientras tienes sexo- ella escribió “A las plantas se les riega”, un cuento que no pretende nada pero logra mucho, que nos demuestra que el fin puede emerger de nuestra mente y nuestro espíritu hasta quebrarlos.

Sin nada más que agregar, dejo el cuento de Zoe Castell a su disposición.

Gocen y entristezcan.

Limonero - zoe castell, la narrativa de los demonios humanos

A las plantas se les riega

Cada día veíamos cómo iban extinguiendo la vida en el valle. Primero cortaron las palmeras para construir caminos, luego incineraron las huertas de mangos. La gente ya no cabía en las casas. Después de eso comenzaron a talar a las personas, desde la cabeza hasta los pies los dejaban como troncos sin ramas. La gente ya no cabía en los pantalones.

Empezó el estiaje y todo se volvió amarillo. Parecía que los cerros se nos venían encima en montones de polvo, el aire hacía remolinos levantando alboradas enteras. Por fin, se terminaba todo, pensábamos. Se respiraba una desconfianza entre los que vivíamos ahí, nadie saludaba, nadie levantaba la cabeza, ni siquiera nos veíamos a los ojos. Teníamos temor de cualquier cosa, pero tomábamos con insulso consuelo las noticias de que habían talado a otro más y que ese no era de nuestra familia.

En la casa nos dábamos cuenta de eso, unos más que otros. Mi hermano Elías aseguraba que cuando llegaran las lluvias todo iba a reverdecer. Pero las personas no reverdecen, y eso era lo que no lográbamos que entendiera. Se entercaba tanto con ese tema que sólo murmuraba: “ya verán, ya verán cuando caigan las primeras gotas”. Quiso probarnos que estábamos equivocados, que aún quedaba vida en los talados. Una tarde, en cuanto se escucharon los estruendos transitando hacia otro muerto, Elías se levantó y nadie lo pudo detener mientras corría hacia los ruidos. Agarró una de las cubetas que teníamos para almacenar la poca agua que quedaba y se la llevó.

Llegamos justo a tiempo para ver cómo mi hermano le vaciaba la cuneta al cuerpo de un inerte señor que yo veía pasar todos los días cuando iba a comprar el desayuno. Y no reverdeció. Elías juraba que algo había calculado mal: tenía que funcionar. Comenzó a decirles. Los que podía que tomaran vitaminas, que bebieran agua y se quemaran con el sol, que sintieran la tierra con los pies. Caminaba largó rato por las avenidas buscando a quién darle consejos. Se le quitaron los castigos impuestos, se le eximió de las tareas en la casa y lo dejamos sólo con sus pensamientos, esos pensamientos que ya gritaban tanto que se oían hasta nuestros oídos.

A diferencia de Elías, nosotros no pensábamos que nada viviera de nuevo. A unos los mataban, otros se morían de tristeza y algunos sólo se iban de aquí. Mi padre se negaba a que su destino estuviera encerrado en esas tres posibilidades, y por necedad mandó a instalar metros y metros de pasto verde por el jardín; además, subió las rejas que rodeaban la casa y las renató con alambre de púas. Nuestra casa envejeció muchas eras, se sentía aislada de todas las demás. Nosotros nos sentíamos aislados del mundo. Gritaba airado por los pasillos “¡Inténtelo, entren, búsquenme cabrones!”, esto lo hacia cada dos horas y con los momentos nos fuimos acostumbrado, incluso Elías parecía festejar que por fin alguien más de la familia entrara en razón.

Dejó de trabajar y se dedicó a proteger lo único que le importaba: la casa y todo lo que estuviera adentro. Procuraba que siguiera todo verde y se negaba a que talaran o podaran un árbol a consecuencia de algún cable de luz atravesado. Tenían que permanecer intactos. Mi madre lo aceptó cuando comenzó a proteger las plantas, para ella las playas eran lo único que mantenía en pie la casa. Él nos mantuvo con lo que quedó de sus ahorros, y nos conformamos con lo que nos diera, al fin nunca hubo nada más. Su mal genio contagiaba hasta al perro, que cada día estaba más agresivo: babeaba y ladraba a cada momento hasta por el ruido más mínimo, comenzó a andar encorvado y siempre con los dientes pelados. Era el acompañante de mi papá en la guardias que montaba en la casa. Estaban llenos de ira, les habían quitado lo que más valoraban: su deseo de no ser molestados.

Mi otro hermano, Ezequiel, era de los que querían escapar. Le aterraba la idea de que pudiera morir de tristeza por alguien de nosotros y decidió que, antes de que eso pasara, debía irse pronto. Muchas veces lo vi haciendo maletas en su cuarto, metiendo sus calzones y playeras en una maleta azul. Decidido, se paraba en medio de la dala y comenzaba a despedirse con los ojos de cada uno de los objetos que la adornaban, los muebles y del reloj de la pared, al final las piernas le impedían moverse. Tiraba su maleta al suelo con rabia y nunca lograba irse. Mientras que yo, complacida lo veía por el filo de la ventana.

Dos de los amigos de Ezequiel habían muerto ya. A uno lo podaron todo, hecho pedazos lo aventaron al canal que conectaba con el río principal. Lleno de suciedad y aguas negras unos niños lo encontraron dentro de un costal, lo reconocieron por los lunares en las mutiladas piernas. La madre de su amigo organizo un rápido funeral, lo enterró en las orillas del panteón, donde hubo lugar. El panteón, que suponíamos alcanzaba para que todos nos muriéramos a gusto, se comenzó a llenar hasta el punto en que para conseguir un espacio donde enterrar a alguien tenían que abrir algunas tumbas que ya nadie visitaba, las comenzaron a allanar. El panteón se convirtió en la casa más grande del valle.

A ese funeral acudieron todos, de chismosos, para ver el cuerpo. Pero ya habían cerrado la caja. Ezequiel en el entierro sólo movía la cabeza de un lado a otro y hablaba para sí mismo “quedó como un tronco, pobre cabrón”.

Nadie lo pudo contradecir.

El otro de sus amigos se murió de tristeza cuando su hermana desapareció. Dicen que una noche andaba comprando la cena para llevar a la casa y ya no la volvieron a ver. Después de ella comenzaron a desaparecer más y más personas. Yo lo agradecía, ya no había tiempo para ir a más funerales y ni espacio donde ponerlos. Mejor que se fueran, que se extinguieran, que nadie supiera de ellos y así nos inventábamos historias. No estaban muertos: se fugaron, se fueron a la playa, consiguieron dinero. Para mí era mejor. Pero a Ezequiel se le estaba yendo la vida en decidir si irse o no. Comía con desgano y a cada momento nos miraba con lástima. Muchas veces lo encontrábamos de pie frente al balcón blanco de la terraza, como si estuviera esperando. Aún hoy me pregunto para dónde quería irse, no teníamos a nadie más fuera del valle y como yo veía todo esto, era mejor morirse aquí.

A él, sobre todo, le desesperaba la actitud de Elías, no podría acercársele y cuando lo veía ya tenía un dejo de asco en su cara. Nadie podía reprochárselo, todos estábamos cansados pero ninguno decía nada; aguantábamos su comportamiento sabiendo que eso nos sacaba de la monotonía de los sonidos que paralizaban el corazón en ansiedad, de la repetición de los voceadores de noticias y de la sensación de calor pegajoso que se instaló en el valle.

Entre ellos tres se asentó la distancia, no se hablaban salvo para las cosas necesarias como que Elías le pasara la sal en la comida a Ezequiel, o que mi padre se quejará de la melancolía de Ezequiel y éste se quejara de la locura de Elías. Los tres se peleaban por las ideas de cada uno. Mi madre y yo no servíamos de mucho, entre nosotras existía una sequía más dura que la del valle.

Comenzó el día en que encontraron al segundo amigo de Ezequiel. Mi madre se propuso no dejarnos escuchar ya las noticias. Nos mantenía en una burbuja en la que nada pasaba, a pesar de que ella entendía muy bien esas cosas y se las internalizaba en lo más profundo.

Un día salí de la casa, escapé de mi padre y de la protección de mi madre. El único que lo supo fue Ezequiel, a quien desde que lo noté con ganas de irse le confié todo para que mis secretos le pesarán en las maletas y no se fuera. Recorrí las calles debajo del valle, caminé por las largas avenidas y pude ver por mí misma cómo la muerte se había quedado en este lugar. Todo se secó y se volvió duro, ya no quedaban amigos ni familiares. Regresé a la casa con la cabeza baja y el ánimo aún más bajo. Ni siquiera escuché los muchos gritos que mi madre daba y los golpes con los puños que le daba mi padre a las puertas. Ezequiel me llevó a mi cuarto y dormí dos días enteros, no tenía ganas de pensar que los siguientes que moriríamos seríamos nosotros.

Desde ese día mi madre fue mucho más cuidadosa con sus tres hijos, no nos dejaba ni al sol no a la sombra. Elías pasaba más tiempo en el jardín revolviendo la tierra, Ezequiel no tuvo momentos de soslayo para titubear si irse para siempre o no, sólo le quedo la tristeza, y a mí me mantuvo más cerca de ella como pudo, aunque en realidad estábamos lejos de comunicarnos como una madre a una hija. Dejé que la inercia de lo que pasaba me arrastrara y con eso cualquier consecuencia.

Ella se refugió en lo que consideraba lo mejor de toda la casa: las únicas plantas que sobrevivían. Pero el árbol más precioso del jardín era el limonero que estaba en la orilla de la casa, entre el balcón blanco y la barda que separaba la privacidad de mi familia con los problemas de los vecinos.

Lo plantó mi madre cuando aún el viento soplaba sin quemar. Ella, que no sabía nada de árboles, taló más de cinco ciruelos cuando llegó aquí, pensando que estaban secos y no que la primavera los preparaba dar frutos en otoño. Pensó que la mejor forma de redimir el atentado a la vida que hizo era plantando algo, un árbol, planta, una flor, lo que sea. No cualquier árbol de limón, uno pequeñito, casi endeble, pero que daba limones grandes todo el año y no tenían semilla. Mi madre lo regaba todos los días, siempre se quedaba algunos minutos más viendo hacia el valle y suspiraba entre gritos “¡La chingada con el calor!”, “¡pero que carajos con esos ruidos, no me dejan ni pensar, se les escapan cabrones, nomás sirven para hacer ruido!”. Dentro de la casa de todos nos veíamos con sonrisas burlonas y a veces con un hastío que ya se desbordaba por las ventanas. Ese era el ritual: comer, regar el árbol, gritar groserías al aire y entrar a la casa como si nada hubiera pasado. El árbol parecía crecer más por los gritos que por el agua que se le daba a diario.

Nos impuso un castigo del día y era para quien fuera a recoger limones para la comida. Si gritabas alguna grosería sin fundamento o le pegabas a tu hermano por coraje, te tocaba ir a cobrarle al árbol arrancándole uno de sus hijos. Comíamos caldo de res y le poníamos limón: todo lo aderezábamos con lo más amargo que había en el jardín y el castigo era una vez al día, una vez por persona. Después de eso mi madre salía y se quedaba al lado del árbol toda la tarde.

Cuando el tiempo cambió y cualquier cosa de comenzó a morir, el limonero pasó las pruebas de la vida y se quedo verde. Era un oasis en medio del desierto en el que se convirtió la casa y todo el valle. A mi padre le molestó que el pasto que mandó a poner se secara tan rápido y que ese limón tan frágil siguiera vivo y diera aún limones. Mi madre lo hizo el centro de sus esfuerzos, vivía para que ese limonero viviera. Cuando llegaban noticias de un nuevo muerto u otro desaparecido, ella salía y regaba el árbol; le cortaba con todo el amor posible los limones ya maduros y volvía a entrar en la casa con un temple de acero. Nada pasaba para ella mientras ese árbol siguiera en pie.

El tiempo pasaba mientras nosotros nos seguíamos arruinando en la rutina. La vida era igual y las acciones las mismas. Muertos, regar plantas, rondines de noche, desaparecidos, fugas frustradas: así se nos iban los meses. Yo, que pensé que alguno de nosotros era el siguiente, me comenzaba a desesperar. Esperaba que mis padres o alguno de mis hermanos cayeran muertos o que Ezequiel ya no regresará de sus salidas nocturnas, o Elías por fin consiguiera hacerse árbol y desapareciera. Mi madre entendía que la vida y la muerte se consiguen desde un mismo fruto, era la que menos temía de que le ocurriera la segunda, aunque sabíamos que era a la que más le afectaba la primera. La pesada vida era lo que la agotaba. Y esta que era calurosa, talada, a cada instante se estaba apoderando de ella. La estaba matando.

Su existencia estaba cerrada en la existencia del árbol, su felicidad volcaba en lo que no la podía escuchar.

Una noche, después de varios meses, por fin sucedió.

Pasó lento, muy lento. Yo lo vi todo: mi madre que regaba el limón cayó al suelo con una expresión de terror en la cara. Los sonidos que paralizaban la sangre comenzaron a sonar, anunciaban otra muerte. Mi madre ya no podría soportarlos, se quejaba a gritos de ellos. Su ruido la estaba matando y también mataba a su árbol. El desasosiego que cundía en todo el valle se instaló en su corazón y dejó de latir. Infarto masivo, nos dijeron en el hospital. Pero yo, que lo vi todo, no podría creer que simplemente su corazón dejara de funcionar, debió ser otra cosa. Esa expresión de terror en su cara indicaba el fin de la vida de todos.

Mi padre llegó a la casa justo cuando la ambulancia subía el cuerpo: “Hay que subir más las bardas” fue lo único que dijo y se fue con el cadáver de mi madre en la ambulancia. Mientras, Ezequiel cuidaba a Elías, no se enteraron hasta que llegó la noche. Mi padre se los dijo. Ezequiel quiso hace de nuevo las maletas y ante la mirada suplicante de Elías las volvió a dejar, este solo sonreía y no supimos por qué. Yo, agradecía que no fui la que murió, ya me tocaría.

La siguiente tarde fui por limón para la comida, el último que había en ese palo seco. Miré hacia el valle como lo hacía mi madre y no grité nada. Me quedé callada y todo se quedó en silencio. Entré hacia la casa y lo partí en dos. En una de las mitades estaba una semilla, pequeña, blanca y aún suave. Ese limonero sin semilla había dado una sola. Tal vez, pensé, sabía que moriría. El color amarillo de su tronco no indicaba otra cosa que la muerte inminente. Le había llegado a él. Y su último fruto, su última ambrosía fue una semilla. No todo se perdió. Elías tenía razón, la gente comenzaría a reverdecer. Plante esa semilla con el amor que mi madre le daba al árbol, la regué y la procure con el amor que me faltó con ella.

El calor no se quitó durante el estiaje ni el otoño, siguió queriéndonos asfixiar y nosotros lo dejamos. Todo de consume, cambia cuando no lo vemos a los ojos. Habitamos en este valle de muerte. Aquí estoy con una maceta, un hombre iracundo, un loco que tiene razón y un desasociado que se muere de tristeza.

Zoe Castell.


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