Los amores de Leonora Carrington, pasiones que liberaron a la novia del viento

Miércoles, 24 de febrero de 2016 7:45

|Julieta Sanguino
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Hay mujeres que nacen para no amar, pero Leonora, la surrealista, la mística y soñadora, siempre estuvo dispuesta a dar todo lo que tenía por las personas que más quería. Vivió tanto y tan bien que fue siempre feliz con la vida que tuvo. Esos mitos celtas que escuchaba de pequeña, la hicieron trasladarse a otros mundos y otras realidades. Siempre presentes en sus cuadros, siempre mezclado su identidad de este mundo y del viejo. 

Nunca le gustó la fama, las luces ni aparecer en público, sólo quería pintar, escribir y regalarnos sus historias de imaginación pura. Ella fue el último eslabón del surrealismo en México. No hay nada después de ella, de la mujer que nunca quiso ser mujer sino simplemente artista. 

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Gerardo Lizarraga, Chiki Weisz, Jose Horna, Leonora Carrington, Remedios Varo, Gunther Gerszo, Benjamin Peret, and Miriam Wolf

Nació en Inglaterra en 1917 y siempre tuvo una posición económica bastante cómoda. Las historias que sus padres le contaban la fascinaban y esos relatos le permitían abandonar esa realidad falsa que siempre estaba presente en sus círculos sociales para trasladarse a sus mundos imaginarios. 

Su imaginación se convirtió en su mejor compañera, fue su primer amor y de allí, su vida estuvo plasmada de amores intensos, fugaces, llenos de vida, llenos de identidad y de arraigo. El primer hombre que estuvo a su lado fue Max Ernst, quien se convirtió en su escape. Ella tenía 20 y él 47, pero eso no impidió que su amor floreciera.

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Se enamoraron de inmediato en Londres y pronto se embarcaron a París para continuar con su romance. Su amor rompía las convenciones de la época. Max tenía un pasado difícil, lleno de mujeres con una reputación de mujeriego, dos matrimonios fallidos, sin dinero: un artista. Ella era una estudiante inglesa de buena familia, con un padre adinerado, severo y dominante. 

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Leonora se involucró en el mundo surrealista que iba muy bien con su imaginación. Habitaban en París pero las constantes riñas con la exmujer de Ernst y con el grupo surrealista, los hicieron mudarse a Saint-Martin. Ella compró la casa en pagos. Su amor floreció y los dos empezaron a trabajar en sus obras. Esculpían, pintaban, escribían poesía e hicieron su propio juego de ajedrez con madera. Él la apodó la novia del viento y ella sólo vivía para amarlo.

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Ella escribía sin cesar: producía cuentos, novelas cortas y Max los ilustraba con collage. Su casa se convirtió en una galería de arte surrealista donde era posible encontrar esculturas y collage en todas las paredes y rincones. El resto de los artistas quería asistir a su hogar para ver su producción. Man Ray, Tristan Tzara, Paul Éluard, Leonor Fini, Roland Penrose querían vivir en la casa surrealista. Su hogar era una parada obligatoria. Cuando todos acudieron en una de las últimas reuniones surrealistas, su vida cambió radicalmente: la guerra comenzó y en las calles se veían avisos de que todo enemigo sería llevado a prisión.

Max fue apresado hasta que Paul Éluard logró liberarlo. Los problemas con el dinero se hicieron cada vez más frecuentes. Su relación había durado 3 años pero parecía comenzar a destrozarse. Nuevamente apresaron a Max Ernst. Leonora suplicaba y la angustia psicológica de la artista se hizo presente. Dormía poco, lloraba desconsoladamente, trabajaba sin parar: "Estoy desesperada y locamente enamorada de Max. Sigo pintando pero sólo para no volverme loca. Quiero que únicamente viva para mí y conmigo. Quiero tenerlo siempre. Quiero estar en el mismo cuerpo que él…".

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Leonora tuvo que huir, los nazis se acercaban con rapidez. Huyó a España pero antes de llegar, un brote psicótico la invadió. Tuvieron que internarla en un hospital por seis meses, mientras el conflicto bélico cesaba y Max había logrado liberarse de prisión. Ninguno de los dos sabía del otro. Ella recluida y él esperándola como un loco desesperado. Así duró años enteros. Vendió su casa y comenzó a tener éxito en su carrera artística.

Ese fue el momento en el que su corazón dejó de amar tan intensamente como antes. Ahí se reencontró con un amigo artista mexicano: Renato Leduc, a quien le pidió un desesperado auxilio para huir. El artista mexicano intentó desesperadamente sacarla de Europa pero no lo consigió: la única solución es casarse y así, ella se convertió en la esposa de un diplomático extranjero.

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En 1941 se casó con Renato Leduc y se trasladaron a Estados Unidos para más tarde ir a México. No conocían Nueva York y deciden comprar un vehículo viejo para llegar hasta México. Se instalan en un hotel barato mientras él busca trabajo y ella se enamora de México. El mágico, surreal, extraño, donde está todo bien aunque no esté bien, el lugar en el que Carrington se sintió más en casa que en su hogar. 

Más tarde se reencontró con Max en Nueva York, se veían a menudo pero su loco amor había terminado. Ella era otra, ya no estaba enamorada de él. Ernst le rogó, la adoraba tanto que le pedía desesperadamente que regresara a su lado pero ella nunca aceptó. En 1943 también se divorció de Renato. Su matrimonio era un convenio pero el final es duro hasta para los poetas mexicanos comprometidos en ayudar. Renato Leduc la recordaba con anhelo "Yo vivo de lo poco que aún me queda de usted. Su perfume, su acento, una lágrima suya que mitigó mi sed”.

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Parecía que Leonora sólo tendría a México como su compañero y su mejor amante hasta que más tarde conoció al fotógrafo Emérico Weisz, quien durante 61 años fue su compañero. Las guerras destruyeron su hogar, a su familia y su vida, puesto que por muchos años, sufrió un trauma  severo que le impedía hablar y salir a la calle. Fue compañero de aventuras de Robert Capa, con quien abandonó Hungría y se embarcó en diferentes regiones en guerra.

En Marruecos, donde Weisz se refugiaba de la guerra, conoció a importantes figuras surrealistas como Benjamín Peret y Remedios Varo. Capa le consiguió un permiso para llegar a México y, junto a Peret y Varo, llegó a Veracruz. En 1944 conoció a Leonora, quien vivía junto a Remedios y Peret. Ese fue el flechazo que los unió por toda su vida.

Vivieron felices y Leonora compartió su corazón con él, sus hijos y Remedios Varo, la otra pintora que llegó a México como parte del exilio y que logró una unión perfecta con Carrington. Una amistad estrecha, peculiar y surrealista. No tenían la misma misma edad, ni la misma escuela pero no la necesitaban. Varo era nueve años más grande que Leonora y las dos compartían su pasión por el surrealismo, las doctrinas esotéricas, la brujería, la alquimia y lograr descubrir el inconsciente.

Ahondaban en la autoexploración, crearon varios proyectos como obras de teatro y de divertían realizando sus obras que lograban darle al público un mundo imaginario. Inventaban recetas de cocina con ingredientes que nadie imaginaba para, según ellas, curar el alma. Las dos influenciaban sus obras. Se convirtieron en socias artísticas y mejores amigas hasta la muerte de Remedios, un hecho que devastó a Leonora.

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Junto a Emérico Weisz, Leonora tuvo dos hijos: Gabriel y Pablo. Weisz hizo su vida en México, trabajaba en importantes publicaciones y televisoras. Fue un gran padre, pues era él quien revisaba las tareas, pero cuando el tiempo le robó su edad, su vista se deterioró, dejó de ser contratado y dejó de hablar con la gente, incluso con Leonora. El fotógrafo murió, el dolor fue agobiante pero al menos la pintora tenía el consuelo de tener aún a su más grande amor: México.

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Pasó sus últimos días al lado de su mascota, sola y feliz pero tras su partida, México sufrió un terrible dolor. La máxima exponente del surrealismo se fue, el movimiento se acabó en nuestro país y todos los amantes del arte, lloramos con su adiós. 

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Así como Leonora marcó la historia del arte en México, estas otras artistas también lo hicieron, porque no todo es Frida Kahlo.
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