El mito de Ícaro aborda el deseo del hombre de ir siempre más lejos, aún ante el riesgo de tener que encontrarse cara a cara con su condición de simple mortal. Este mito no parece distante ante el panorama actual, la búsqueda de la perfección genética podría llevar al hombre a un punto de riesgo inminente.

Visiones personales, expectativas y temores sobre una sociedad tecnológicamente súper avanzada, la escultora británica Lucy Glendinning creó la instalación: El niño emplumado, una metáfora que se convirtió en pregunta y temor ante un muy posible futuro: ¿será el hombre capaz de soportar las consecuencias de la manipulación genética?

El niño emplumado invita al espectador a reflexionar sobre la realidad de tales creaciones fantásticas, pero absurdas, en un mundo en el que estas posibilidades podrían convertirse en realidad. ¿Seremos capaces de resistir la alteración de nuestras capacidades físicas si tuviéramos la capacidad de cambiarlas? Por otra parte, ¿el hombre va, como Ícaro, a desafiar sus capacidades sólo para encontrarse ante una caída que terminará con él?

El niño de las plumas tiene su origen en la fascinación de Glendinning con visiones de una sociedad futura y cuestiona, ¿hasta dónde puede progresar la humanidad antes de que todo se caiga a pedazos?
Para Glendinning, egresada de la Universidad del Oeste de Inglaterra en Bristol, el arte es la principal herramienta para la investigación de temas psicológicos y filosóficos. Y encuentra en el cuerpo humano el mejor y más efectivo medio semiótico.
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