El arte contemporáneo es altamente subjetivo y mucho más que un arte contemplativo, lo que lleva a que en ocasiones se necesite de un espectador altamente discursivo para comprenderlo. “Esta obra requiere un poco más del espectador”, es una frase común entre los artistas de esta era. Pero confirmar si la aseveración es correcta o no genera gran debate acerca de su validez puesto que algunos argumentan que una de las características universales del arte es la capacidad de conmover y no de ser entendido.
Además, si el arte contemporáneo exige cierto bagaje cultural y capacidad de interpretación de las personas que asisten a un museo, entonces se podría decir sin miramiento que el arte es excluyente y elitista, no apto para todos, pero también aquí, cualquiera que se lance a declarar esto, estaría pisando terreno pantanoso.

En 2015, en el museo Bolzano de Milán, una trabajadora de limpieza confundió, la instalación de una obra titulada “¿Dónde vamos a bailar esta noche?” con los restos de alguna celebración llevada a cabo en la sala, como resultado de esta confusión, resolvió recoger las botellas vacías en bolsas negras y barrer el confeti y las serpentinas del suelo.
Tal episodio deja claro que sí; hay algunas obras en las que más que técnica lo que se necesita para hacer arte es un discurso y que sin él (algunas veces, aclaro: sólo algunas veces), la obra está vacía o parece la basura de la fiesta del día anterior y no una crítica al hedonismo y la corrupción de los años 80.
Cada etapa en el arte, cada vanguardia y cada movimiento tuvo temas característicos relativos a su época. El arte contemporáneo tiene como eje la estética de los límites y lo grotesco. Los artistas buscan romper con lo establecido y dejan al descubierto las carencias y las condiciones sociales de la actualidad.
Estábamos acostumbrados a relacionar el arte con lo bello y éste es el paradigma que el arte contemporáneo quiere eliminar. Muchos artistas no sólo han descartado lo bello en sus obras, sino que además incluyen lo “feo” e incluso lo que provoca asco.
En “Lo demoníaco en el arte: su significado filosófico”, Enrico Castelli habla sobre la sensación de la náusea en el arte:
“Lo asqueroso es uno de los aspectos de lo horrible: lo asqueroso no se puede aprehender, precisamente porque es repugnante. Pero ¿y si se ofrece lo repugnante como real? ¿Y si lo asqueroso, aquello en lo que no es posible detenerse porque repugna, es lo permanente? Entonces no puede haber más que la náusea. La sola náusea, la pura náusea, la náusea absoluta, la que no conlleva otra cosa, el deshacimiento.”

Un ejemplo del arte grotesco es la obra de Jason Briggs, un artista que trabaja con porcelana y crea esculturas orgánicas que lucen como una mezcla de piel, bello, referencias sexuales y fetiches que incluso llegan a ser pornográficas. Y su objetivo, según el artista, es que las obras invoquen al espectador a sentir deseo de tocar, algo así como cuando él miró por primera vez una Playboy a los 8 años.
Al final, no nos queda más que hacer una diferencia entre el arte popular y arte para iniciados. Y efectivamente ahora el arte es más que contemplación y tenemos que esforzarnos más, no sólo captarlo con nuestros sentidos, éste es realmente el máximo aporte del arte contemporáneo.
Las obras de arte auténticas son siempre resultado de su época. Probablemente lo asqueroso de algunas obras, sólo demuestra lo repulsivos que somos como sociedad, pues el arte es síntoma de su tiempo y sólo exterioriza lo que vivimos: violencia, inseguridad, enfermedad, miedo, soledad…
Puede que muchos no estén preparados para este tipo de arte, que no tengan el estómago ni, tal vez “el contexto para comprenderlo”. Seguramente esto continúe siendo extraño y controversial pero en un futuro llegará a ser lo normal, porque así es como funcionan las cosas.
