
«Shanith, shanith, shanith». Es la repetición de la misma palabra que significa «paz». Se reza la palabra al final de la lectura y la recitación de algunos libros budistas antiguos, evocando una emoción de libertad y tranquilidad pura. Pero también puede significar que se le está dando un final definitivo a algo, a un momento, a algo que nos dio algo y que no volverá.
Alfonso Cuarón la utilizó para finalizar su cinta Roma, de la misma forma en la que lo hizo con Children of Men. En esas cintas su uso fue acertado.
Ambas llegan después de un poderoso clímax y aparecen después de dejar a los personajes en un destino incierto. Al final de ambas no sabemos qué sucederá después. Vimos un pedazo de la historia y el resto no importa porque el cuento ha terminado. Existe paz, pero también continuación.

La misma frase puede aparecer en la cinta polaca de Paweł Pawlikowski, Zimna wojna (Guerra Fría o Cold War), pero su significado sería distinto. Aunque el efecto que provoca la cinta es similar al que tiene Roma (o en su defecto, Children of Men), el sentimiento de paz que evoca no está mezclado con la incertidumbre, sino a un final definitivo, a algo que no regresará y cuya historia puede que no continúe.

Dividida en distintos capítulos de menos de 15 minutos (separados sólo por unos cuantos segundos de silencio), Cold War sigue al director musical de una academia y a una cantante de la cual se enamora al punto de convertirse en «la mujer de su vida», tal como lo menciona en repetidas ocasiones. A través de los distintos episodios vemos cómo el contexto de la Guerra Fría en Polonia afecta a la relación impidiendo que ambos tengan la vida que creen es la ideal.
Filmada con la misma majestuosidad con la que realizó el director de fotografía Łukasz Żal en Ida, Cold War es una historia semibiográfica sobre los padres de Pawlikowski, convirtiéndose en su cinta más personal y en la que refleja un romanticismo extremo y hasta absurdo. Sin abusar del diálogo, el director recarga el trabajo en Joanna Kulig y en Tomasz Kot, cuya química se mezcla con la fotografía, dando como resultado un par de manchas brillantes que contrastan a la perfección con lo vacío y monótono que parece el mundo en el que se envuelven. Cada encuadre se encarga de mostrarnos el vínculo entre ambos, incluso convirtiéndose en un arma para ellos, quienes se dan cuenta de que nada es tan bello como creen y que están cometiendo errores por sus emociones.

Asimismo, el también guionista se mantiene personal, ignorando los hechos más importantes que definen el destino de los protagonistas, sólo mencionándolos por encima. No es una cinta histórica, sino una romántica, aclara en cada momento y también deja espacio para que la música sea el motivo que ayude a comprender lo que es importante. Siendo el arte el principal elemento que brilla además de la fotografía, a través de ella comprendemos cómo su pureza se pierde cuando entran elementos externos, afectando la relación. Ese es otro de los puntos que tiene a favor Pawlikowski, su curaduría en cada una de las secuencias nos habla mucho más que los diálogos, con canciones sobre amores prohibidos, líderes enfermos o un número de baile en el que sólo son ellos dos alejados del mundo.

Quizás el único problema de la cinta es que en parte parece demasiado fantasiosa. Mientras que Cuarón se esfuerza por hacer una cinta slice of life que nos introduzca a la vida de su protagonista, Pawlikowski sitúa todo en una visión que -aunque realista– se ve demasiado cuidada, como si fuera un pedazo de un sueño, pero esa puede que sea su intención. Similar a Wes Anderson (aunque más experimentado que él) el realizador busca explorar las emociones de las imágenes fijas y sus composiciones, dependiendo menos de la emoción básica humana. Además, unido con su mensaje de una fantasía romántica, encaja a la perfección.
Cold War es una carta de amor al romance y a los padres de Pawlikowski. Cada toma es una pintura que se mantiene eterna expresando una emoción y la película es la conexión de todas ellas, siendo así una breve aventura por una relación ajena con sus logros y fracasos. Es una ópera, un musical y un drama que habla sobre el fin de las cosas. Como Roma, termina en un silencio y podría estar acompañado de un «Shanith, shanith, shanith», ya que podemos evocar la paz, una distinta a la de la cinta de Cuarón; aquella vinculada con las conclusiones y la certeza después del desierto. Es una certidumbre trágica y quizá más hermosa que un simple “continuará…”.
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